Las Vegas, algo más que juego y resacones

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The Strip. La calle principal donde están los grandes casinos-resort. Se puede entrar libremente para jugar, ir de compras o ver su decoración.
The Strip. La calle principal donde están los grandes casinos-resort. Se puede entrar libremente para jugar, ir de compras o ver su decoración.

Nos hacemos un  «tour» por el desierto de Mojave, el Gran Cañón y los pueblos del oeste que rodean a la ciudad del juego, donde podemos casarnos como Elvis, hacer saltar la banca o pasear en góndola

24 feb 2026 . Actualizado a las 11:25 h.

La ciudad del pecado, hortera, kitsch, excesiva. La capital mundial del juego —con permiso de Macao—, de la juerga y los resacones tras noches y días non stop en casinos que están abiertos las veinticuatro horas para apostar, comprar, comer y beber en sus cientos de tiendas y restaurantes, o para asistir a espectáculos de estrellas presentes y prehistóricas, de Bruno Mars a David Copperfield, del Circo del Sol a los Eagles. Las Vegas recibe cada año a casi 40 millones de visitantes ansiosos por hacer la turistada: sentarse frente una tragaperras —aunque ya no se oiga el tintineo de las monedas porque la mayoría funcionan con tarjetas y tiques de papel— y fotografiarse con los edificios que imitan las maravillas de los cinco continentes. Hay más mármol en esta ciudad que en todo el Vaticano, aunque en el fondo parezca un escenario de cartón piedra.

Y sin embargo, Las Vegas tiene una visita. No vamos cruzar el charco solo para ver este parque de atracciones —como esas familias que van una semana a Eurodisney y no pisan París—, pero si nos pilla «de paso» es todo un experimento sociológico. Y si somos capaces de salir del Strip, el bulevar de casi siete kilómetros que concentra los mayores hoteles del mundo, encontraremos más argumentos para recomendar el viaje.

Una buena opción es contratar alguno de los más de ochenta tours y excursiones que la plataforma Civitatis organiza en Las Vegas y sus alrededores. Probablemente, la que más éxito tiene es la excursión al Gran Cañón, que está a solo dos horas en coche, en el vecino estado de Arizona. El periplo comienza a las seis de la mañana, cuando el minibús recoge a los participantes en la puerta de su alojamiento. El conductor, que también es el guía, pone rumbo a la parte oeste del desfiladero más famoso del planeta, excavado por el río Colorado durante millones de años. Por el camino hace alguna parada para desayunar o contemplar el Wee Thump Joshua Tree, un bosque con algunos de los ejemplares más antiguos del árbol de Josué. A través de la ventanilla vemos parajes del desierto de Mojave que parecen sacados de la película Cars y pueblos fantasma como Dolan Springs —no se ve un alma, aunque están habitados— donde hay más iglesias que viviendas y los hermanos Coen podrían rodar una secuela de Fargo.

PASEO SOBRE EL ABISMO

La excursión incluye la entrada al parque nacional, que está dentro del territorio gestionado por la tribu india Hualapai, y un paseo por el Skywalk, una pasarela con suelo de cristal sobre el abismo de 1.300 metros del Gran Cañón. Opcionalmente también podemos hacer un descenso en helicóptero o surcar el río en barco. En los miradores de Guano Point y Eagle Point sacaremos fotos increíbles y aprovecharemos para conocer algo más de la historia de los indígenas nativos americanos.

Tras el almuerzo, el viaje de vuelta se detiene en la presa Hoover, una de las obras de ingeniería más famosas del siglo XX, con una altura de 220 metros. Construida durante la Gran Depresión, supuso un esfuerzo titánico que costó la vida a 112 trabajadores. Es de estilo art déco y desde 1981 figura en el Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos. Curiosamente, se encuentra en la frontera entre Nevada y Arizona, que tienen una hora de diferencia, por lo que si caminamos de un lado a otro de la presa tendremos que adelantar o atrasar los relojes. Para levantar este monstruo se necesitaron 3,3 millones de metros cúbicos de hormigón, con una base 200 metros de grosor y tan solo 15 metros de coronación. Fue escenario de películas como Transformers o Supermán, donde Christopher Reeve sudó kryptonita para bloquearla y evitar una inundación después de que un terremoto provocado por Lex Luthor rompiese la pared. Precisamente, antes de que se hiciese la presa Hoover el río Colorado se desbordaba cuando se derretía la nieve de las montañas Rocosas, poniendo en peligro las comunidades agrícolas. Ahora, el lago Mead —el mayor embalse artificial de EE.UU.—, formado por el agua recogida, sacia la sed de gran parte de Nevada y el sur de California.

Ya de vuelta en Las Vegas, por la tarde-noche nos embarcamos en otro tour que recorre los lugares más destacados de esta ciudad que nunca duerme. La primera parada es el famoso cartel de «Welcome to Fabulous Las Vegas», donde nos hacemos la foto de rigor. Después, el chófer recorre el Strip al completo, deteniéndose para visitar algunos de los hoteles más famosos, como el Luxor, una pirámide de cristal de 107 metros con su correspondiente esfinge a la entrada; el Bellagio, conocido por el espectáculo de sus fuentes; y el Venetian, quizá el más bonito, con un campanile del mismo tamaño que el de San Marcos, fachadas que remedan los palacios italianos y, en su interior, un canal que recorre toda la zona comercial y donde los turistas pueden montar en góndola, escuchando barcarolas y atravesando puentes bajo un cielo de trampantojo en el que siempre luce el sol.

Luego, la ruta se adentra en el Downtown, el antiguo centro histórico —Las Vegas se fundó en 1905—, camino del cual pasamos por algunas capillas de boda como la Graceland Wedding Chapel, la primera que ofertó ceremonias con temática de Elvis Presley (se ofician en siete idiomas, incluyendo español y rumano). La famosa calle Fremont concentra los casinos originales que convirtieron Las Vegas en la ciudad de los neones, el juego y el placer —Binion's Horseshoe, Eldorado Club, Fremont Hotel, Golden Nugget, Four Queens...—. Para revitalizar un poco su ambiente decadente, un tramo de 400 metros ha sido peatonalizada y cubierto por una bóveda de cañón con pantalla led que durante las noches presenta espectáculos de imagen y sonido. En este paseo hay música en directo, puestos de comida callejera, showgirls y hombres luciendo músculos que piden dinero a cambio de hacerles fotos y, en general, una atmósfera bizarra que contrasta con el lujo del Strip.

¿Qué no se puede hacer en Las Vegas? Hay gente que viene solo para asistir a un concierto de los Backstreet Boys en The Sphere, el nuevo auditorio con forma de bola y capacidad para 20.000 personas, que proyecta imágenes envolventes. Algunos se van al desierto a hacer prácticas de tiro y otros se acercan al cercano monte Charleston (3.611 metros) para esquiar. Y mientras, se sigue construyendo: en el 2024 cerró el mítico The Mirage y el espacio que ocupaba fue adquirido por la cadena Hard Rock, que está levantando un descomunal hotel casino que empieza a tomar forma: un gran guitarra eléctrica con el mástil truncado y rayos láser como cuerdas iluminando el cielo.