Las siete vidas de Patricia Neal, la ganadora del Óscar más desgraciada

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Patricia Neal tiene una de las historias más tristes de todo Hollywood.
Patricia Neal tiene una de las historias más tristes de todo Hollywood.

El día 20, la actriz Patricia Neal habría cumplido 100 años. Ganadora de un Tony y un Óscar, fue amante de Gary Cooper y mujer del escritor Roald Dahl. Su historia personal fue como un guion retorcido de pruebas y tragedia a las que sobrevivió porque, como ella decía: «Soy terca»

03 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Dos veces tuvo que aprender a hablar y caminar la actriz Patricia Neal. De niña, como todo el mundo, y con 39 años, tras sufrir tres infartos cerebrales que casi acaban con su vida. Estaba rodando Siete mujeres, con John Ford, y justo un año antes, en 1964, había ganado su único Óscar por Hud, donde daba la réplica a Paul Newman. La vida cambió radicalmente para ella tras estos ataques. Cómo logró recuperarse, cómo nació sin problemas su hija Lucy, y cómo retomó su carrera apenas dos años después son algunos de los muchos hitos que fueron marcando su vida. Ya en mayo de 1965 La Voz de Galicia publicó tres columnas bajo el titular «Patricia Neal, una vida llena de obstáculos». Ilustraba aquella crónica de Rubén San Julián una fotografía de la actriz con John Wayne en Primera victoria. Y es que recuperarse de aquello fue un triunfo, vital y laboral, pero no fue el primer ataque sin piedad que sufriría en sus múltiples vidas. Siete, como los gatos, como mínimo.

Su carrera como actriz había comenzado con el apoyo del dramaturgo Eugene O’Neill, el primero en ver el potencial de aquella chica jovencísima de voz ronca. Con solo 20 años, su papel en Another Part of The Forest, de Lillian Hellman, le valió un premio Tony a la mejor actriz, y la atención de la Warner. Debutó en el cine en 1949 con Ronald Reagan en Conflicto de amor, y ese mismo año llegó uno de sus grandes éxitos, que encubría el primer drama de su vida. En El manantial, de King Vidor, Gary Cooper interpretaba a un arquitecto, y Neal, a una columnista. Ella tenía 21 años, él, 48, y el galán consagrado y la recién llegada se enamoraron. Cooper estaba casado, los estudios de Hollywood tenían cláusulas de moralidad, y aquel romance (que duró varios años) terminó con un aborto del que Neal se arrepintió toda la vida. En sus memorias, tituladas As I Am, la actriz aseguraba que Cooper fue el único hombre al que amó apasionadamente, «pero el vínculo de su matrimonio era más fuerte que nuestra pasión», escribió.

Y ENTONCES LLEGÓ DAHL

Curiosamente, Lillian Hellman es una figura clave para entender la vida personal y laboral de Patricia. No solo porque suya era la obra de su primer éxito en Broadway, sino porque después de su ruptura con Cooper, de su mano volvió a las tablas, en Nueva York, en la obra La calumnia (la misma que luego llevó al cine William Wyler con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine). Y en una fiesta en casa de Hellman, durante la producción, conoció al escritor Roald Dahl. Mucho antes de convertirse en uno de los mejores autores de literatura infantil, el padre de Charlie, Matilda y Las brujas trabajaba como guionista para series de televisión como Alfred Hitchcock presenta. Se casaron un año después, en 1953. Decía Neal que estuvieron a punto de separarse a los seis meses, y que ella nunca fue la típica ama de casa. Él era un hombre tremendamente complicado y, sin embargo, Patricia afirmó: «Si no me hubiera casado con Roald Dahl, habría perdido a mis hijos, incluso mi vida, porque realmente él me salvó y le estaré siempre agradecida por ello». Estuvieron casados treinta años, y tuvieron cinco hijos. Cómo sobrevivieron juntos, en medio de tantos dramas, es difícil de entender. Porque algunas de aquellas tragedias contribuyeron a unirlos más, pero otras abrieron brechas imposibles de cerrar.

OLIVIA Y THEO

Su primera hija Olivia (a la izquierda, con un perro) falleció con solo siete años. Theo, el bebé del carrito, tuvo un accidente que le causó graves daños. Y Patricia sufrió tres infartos cerebrales embarazada de la pequeña Lucy (abajo).
Su primera hija Olivia (a la izquierda, con un perro) falleció con solo siete años. Theo, el bebé del carrito, tuvo un accidente que le causó graves daños. Y Patricia sufrió tres infartos cerebrales embarazada de la pequeña Lucy (abajo).

Olivia fue su primera hija. Nació en 1955, y de ella decía su padre que era despierta, muy inteligente. Tessa, cuya vida daría para un par de páginas más, nació dos años más tarde. Y después llegó Theo. Cuando el pequeño solo tenía cuatro meses, sufrió un terrible accidente en las calles de Nueva York: su cochecito fue arrollado por un taxi y sufrió gravísimas lesiones cerebrales y una hidrocefalia. Le pusieron una válvula cerebral y volvió a casa, pero pronto empeoró, con una ceguera temporal. Esto volvió a ocurrir y su padre acabó desarrollando, junto con el neurocirujano y un ingeniero, una nueva válvula que mejoró la vida no solo de Theo, sino de miles de niños. La pareja volvió al Reino Unido para la recuperación del pequeño. Fue allí cuando de nuevo la tragedia los golpeó: Olivia, la primogénita, volvió a casa del colegio con sarampión. Aún no había vacuna (se aprobó solo un año después). La enfermedad derivó en una rara encefalitis y la pequeña falleció. Tenía solo 7 años. Patricia se volcó en el trabajo. Un año antes había sido la amante madura (ojo, con 35 años) de George Peppard en Desayuno con diamantes. Y un año después, todo el dolor del duelo por su hija se trasladó de alguna manera a uno de sus mejores papeles: el de Alma en Hud (Martin Ritt), otra mujer madura, en este caso frente a Paul Newman. Aquella interpretación le valió un Óscar. Pero la vida tenía preparado otro giro de guion.

VOLVER A NACER

El 17 de febrero de 1965, cuando su penúltima hija, Ophelia, aún no había cumplido un año, Patricia sufrió tres infartos cerebrales. Fue necesaria una operación, y los médicos no creían que sobreviviría. Estuvo tres semanas en coma, su lado derecho quedó paralizado, tenía doble visión en el ojo izquierdo, no podía hablar... y estaba embarazada de cuatro meses. Volvió a casa y su marido se embarcó en su recuperación con ayuda de su vecina, Valerie Griffith. Su hija Lucy nació, completamente sana, en agosto de aquel año. Pero el proceso fue durísimo. Una cosa era volver a hablar, a caminar, recuperar el control de su cuerpo, y otra poder actuar de nuevo. Dos años después de los ataques, Dahl decidió que Patricia podía dar un discurso. Ella lo llamaba «Roald el podrido, el bastardo con su azote implacable», y se sentía presionada, aterrorizada. En 1967 presentó un Óscar, y se llevó una ovación de nueve minutos. Volvió al cine contra su voluntad. Acababa de rechazar ser la señora Robinson en El graduado porque no se sentía preparada, pero de nuevo fue su marido quien la empujó a rodar Una historia de tres extraños (Ulu Grosbard). Patricia afirmaba que odiada la idea, pero lo hizo. Es más, fue nominada al Óscar por su papel.

ONCE AÑOS DE MENTIRAS

El último golpe se lo dio su marido: después de tres décadas de matrimonio, Patricia descubrió que Roald llevaba once años engañándola con una de sus amigas, Felicity. Aquello acabó en divorcio, y Neal volvió a Estados Unidos. En los setenta rodó con Borau Hay que matar a B, y participó en las siguientes décadas en algunas series de televisión como Se ha escrito un crimen. Robert Altman le regaló su último papel de peso en Cookie’s Fortune. Fumadora empedernida, murió en el 2010 a los 84 años. Su nieta Sophie, escritora y modelo, escribió con motivo del centenario de Dahl: «Mi familia es tan complicada como cualquiera. Tenemos nuestras alegrías y nuestras tragedias, y soportamos ambas con un humor negro que está en nuestros genes».