Francesc Miralles, coautor del método Ikigai para una vida feliz: «El bienestar también se entrena por contagio»
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«A mitad de la vida, las personas mínimamente inquietas miran atrás y se preguntan: ¿así quiero vivir lo que me queda?», plantea el coautor del método Ikigai para una vida feliz, que apunta un «revival» espiritual que aflora en la película «Los domingos» o el disco de Rosalía
27 ene 2026 . Actualizado a las 23:19 h.Hablar con Dios parece más difícil por smartphone que desde unos de esos viejos teléfonos de rueda en los que el dedo tardaba lo suyo en llegar al número 9. No sé si recuerdas que desde uno de estos aparatos llamaba Dios a la Academia de El Club de los Poetas Muertos: «Dios dice que debería haber chicas en Welton, señor...» en una escena divina. Dios llama a algunos y algunas, ¿pero quién tiene su número? Un personaje de El teléfono de Dios, el nuevo libro del experto en bienestar y tendencias de crecimiento personal Francesc Miralles, coautor de Método Ikigai junto a Héctor García, que dan las claves para una vida larga y feliz como la que llevan los habitantes de Okinawa, la isla más longeva del mundo. Por el método Ikigai hay que preguntarte siempre... «¡O no! Me han preguntado por él en miles de entrevistas», despeja.
—«El teléfono de Dios», más que una propuesta cristiana, nos lleva al concepto de propósito de vida, a revisar nuestras relaciones y a ese momento de crisis que vive Teo, un hombre al filo de los 40 que bascula entre la depresión y el tedio. ¿Quién es?
—Teo encarna a ese tipo anodino que todos nos hemos sentido alguna vez. Estás como en la rueda del hámster, sintiendo que cada día haces lo mismo que el anterior, las relaciones que tienes no te satisfacen o, directamente, no las tienes... Hay personas que se sienten solas y no ven escapatoria. Entonces, te conformas con la monotonía del aburrimiento. Y entonces, por un suceso accidental se abre una ventana, que lleva a poder hablar con alguien que puedes ver como el gran coach del universo.
—Lo accidental tiene un peso. Hay quien dice, como David Trueba, que algunas de las mejores cosas de la vida suceden por accidente. ¿Es así?
—Me gusta. Sí que es verdad que es así, porque si, por ejemplo, le preguntamos a la gente que está felizmente emparejada o casada, en la gran mayoría de los casos, nos dirían que el primer encuentro fue accidental, que uno se quedó en un ascensor y apareció el otro... Los accidentes, el azar, forman parte de la vida. La gente que explora las causalidades y las casualidades nos dice que cuando algo sucede por accidente es significativo. El encuentro que tiene Teo con la chica homeless en el libro tiene un porqué. Lo mejor de la vida sucede por accidente, pero solo te beneficia si estás atento. Si estás con pensamientos en bucle o surfeando por el móvil, ese azar lo vas a pasar por alto.
—¿Por qué has traído a Dios al título en este momento en que la gente parece dar la espalda a lo espiritual?
—Al contrario... Cuando empecé El teléfono de Dios hace dos o tres años no había una película como Los domingos ni el Lux de Rosalía, con referencias místicas. No diría yo que la sociedad está dando la espalda a lo espiritual, sino todo lo contrario. Hay un revival de eso. Ante el caos que es el mundo, y lo impredecible, muchas personas miran para dentro e intentan recogerse.
—¿FarmLab, esa especie de paraíso en mitad del bosque, existe, es real?
—No solo existe FarmLab, también Marc Vives, que vive en esa casa del siglo XIII en medio del bosque. Rodeado de animales, hasta el punto de que para poder vivir en la casa ha tenido que declarar el lugar como zoológico.
—¿Tu historia tiene que ver con la de este cuarentón abatido que es Teo?
—En algún momento de mi vida sí he tenido algo que ver, solo que yo siempre he sido sensible al aburrimiento. Cuando veía que una actividad o un trabajo se me hacía repetitivo, y me estaba amargando, he tenido la valentía de cambiar. Mi padre era como Teo, un hombre que estuvo 40 años en la misma empresa que quizá no le gustó ni el primer día. Él era un hombre de letras y la empresa se dedicaba a la química.
—¿La generación de nuestros padres veía el trabajo de manera muy distinta a cómo se enfoca ahora?
—Sí. La generación de nuestros padres o abuelos veía que el trabajo era para pagar tu vida, que no trabajabas para pasártelo bien. Para pasarlo bien eran el sábado y el domingo, fuera del trabajo. A partir de los millennials, ya no piensan así. Piensan: «Voy al trabajo y me pagan, pero quiero ser feliz, también quiero realizarme, que este trabajo tenga un impacto en la sociedad».
—Pero la preocupación por la felicidad es acuciante ahora... No creo que mis abuelos le dieran mucha cancha a la idea de felicidad.
—Se conformaban. Era la idea de «esto es lo que hay»... La típica frase de un abuelo es «hay que trabajar porque hay que trabajar». A partir de ahora, esos trabajos como el de oficinista, que hace Teo, los van a hacer las máquinas. Ante las IA el único recurso válido que tenemos es ver dónde está nuestra genialidad, nuestra parte más humana, y tratar de vivir de eso. Esos trabajos de calentar asiento horas se han acabado.
—La pregunta del millón. ¿Qué dirías que es la felicidad y cómo saber qué nos hace felices a cada uno?
—La felicidad es una tendencia. Hay momentos de ansiedad, de tristeza, cuando se produce la muerte de un familiar o vivimos una situación difícil, cuando ves las noticias con personas sufriendo... no puedes ser feliz. Pero puedes ver cuál es el clima habitual en tu estado de ánimo a lo largo del día. Hay personas naturalmente alegres y otras que lo ven todo a través de un prisma gris, que solo se fijan en la parte más negativa de la realidad y de las personas. Las personas felices no es que lo sean todo el tiempo, pero sí ven la parte buena de las cosas y de las personas.
«Nadie puede ser feliz todo el tiempo, de lo que se trata es de no vivir amargado todo el tiempo»
—¿Se puede entrenar este bienestar?
—Sí, se puede entrenar. Por contagio. Si te rodeas de personas pesimistas y agoreras acabas pensando y sintiendo como ellas. Si te despegas de ese ambiente vas a pensar y vivir de otra forma. Nadie puede ser feliz todo el tiempo; de lo que se trata es de no vivir amargado todo el tiempo. ¿Dónde está la medida? Es una receta personal, cada persona necesita algo distinto. Una persona que sufre una enfermedad ve la felicidad en superarla, la que está sola en tener un compañero de vida... Identificamos la felicidad con lo que nos falta. Pero siempre va a haber algo que nos falta. El que tiene salud no tiene dinero, el que lo tiene está aburrido de su trabajo y querría otro... Los seres humanos somos insatisfechos por naturaleza, y es esa insatisfacción lo que hace avanzar la ciencia, la tecnología, la sociedad.
—¿Cómo se acierta?
—Sobre la marcha. Puedes pensar que si estudias la carrera de psicólogo y abres una consulta eres feliz, pero igual lo haces y no te sientes cómodo, y te das cuenta de que no es parte de tu carácter. Cualquier cosa que creamos que nos puede hacer felices, hay que contrastarla con la realidad.
—¿Idealizamos demasiado?
—Sí, pero siempre ha sido así. Pensemos en la frase de «cuando estoy en el campo quiero estar en Roma, cuando en Roma quiero estar en el campo».
—¿Cierta insatisfacción da la felicidad? Lo conseguido no es deseo.
—Da creatividad. La insatisfacción te lleva a la mejora. Cuando uno se supera siente una cierta euforia. Es importante preguntarse qué nos hace felices a nosotros, para vivir nuestra propia vida, no la de otros. Lo primero es mirarse a uno mismo y contestar a la pregunta «¿qué es lo que quiero?». Uno quiere tiempo para estar con su familia, a otro le pone progresar en el trabajo...
—¿El gran secreto de las relaciones duraderas?
—Tomarlas como algo temporal, porque en cuanto sale el «para siempre» generas estrés. Nadie sabe qué va a pasar de aquí a diez años. Así que vamos a preocuparnos de este día, a respetarnos, pasarlo bien y día a día construir algo bonito. Pero cuando ya empezamos una relación con esas frases de sentimentalismo tóxico, como el «sin ti no soy nada», estamos en el chantaje, no en una relación que se basa en el respeto y el acuerdo. Una relación basada en el respeto es el giro completo de lo que dicen los boleros.
—¿Hay edades propensas a las crisis?
—Antes se hablaba de la crisis de los 30. A medida que fue aumentando la esperanza de vida, se convirtió en la de los 40, y hablaremos cada vez más de la crisis de los 50. A mitad de la vida las personas mínimamente inquietas miran para atrás y se preguntan: ¿es así como quiero vivir lo que me queda? A partir de una edad somos más conscientes del valor del tiempo.
—Una de las referencias en el libro es Marco Aurelio. ¿Qué tienen sus «Meditaciones» para ser superventas hoy?
—Sentido práctico, un análisis muy realista de lo que son los problemas de las personas. Lo difícil que es empezar una cosa y lo fácil que es continuar. El miedo a la muerte, que en realidad enmascara el miedo a no haber vivido. La filosofía se ha hecho siempre las mismas preguntas y las respuestas han ido cambiando un poco con el tiempo. En la época de Marco Aurelio no había multitasking por las redes, pero sí el estar distraído o la dificultad para tratar con personas que nos resultan difíciles.
—¿Está bien hacer una «checklist» para elegir amigos o pareja?
—Es un ejercicio divertido... Hay gente que quiere pareja, pero no sabe qué está buscando. ¿Cómo vas a encontrar algo si no sabes qué es? Haz un retrato robot, cómo imaginas tú a alguien con quien te sientes cómoda: ¿una persona discutidora, con paciencia, estricta, exigente? Con la edad queremos de manera distinta. Para elegir bien, tienes que conocerte bien a ti misma. Si no sabes quién eres, difícilmente vas a poder saber qué necesitas, qué te va bien.