Juan Mariñas, el editor que trabaja como mozo de almacén: «Fregué platos en Irlanda y fui mensajero 18 años. A los 54 años me vi en paro, divorciado y con dos hijas. Hoy hago carga y descarga rodeado de héroes invisibles»

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Juan Mariñas es editor, escritor y mozo de almacén.
Juan Mariñas es editor, escritor y mozo de almacén. MARCOS MÍGUEZ

Empezó de 0 a los 55 años sin renunciar a su pasión por la literatura y el teatro. «Fregué platos en un hotel de Irlanda. En Paraguay fui Bienvenido Mr. Marsall. Hoy, tras atravesar un desierto, siento que estoy mejor que nunca», cuenta quien le echa humor al contratiempo con una frase de su tío Jose Luis, amante del boxeo: «A los puntos ganamos... ¡Pero llevamos unas hostias!»

20 ene 2026 . Actualizado a las 18:38 h.

Más de una vez dio el gran salto Juan Mariñas (A Coruña, 1970), una sonrisa andante, un apasionado de los libros que nunca ha dejado de cultivar su pasión. La suya es una vida de novela, con una mochila de historias que él lleva de aquí para allá, de un lado a otro de A Coruña y que hoy se detienen en La Granera, donde Pardo Bazán supo ver e iluminar la fuerza de las cigarreras. «Lo mío con los libros fue casualidad. Hace muchos años asistí a un curso con Espido Freire. Febrero del 2006. Como era mi cumpleaños, mi madre me dio un poco de dinero, yo tenía otro poco y pagué el curso», empieza recordando este hijo de pescadera y mecánico de barcos, diplomado en relaciones laborales, que se curtió 18 años trabajando como mensajero en su ciudad.

La literatura fue el primer amor. Le gusta desde niño. De sus 15 conserva una máquina del tiempo, «unos diarios literariamente de 0,5, pero emocionalmente brutales». De Espido Freire siguió Juan el camino de las letras en otro curso impartido por Pedro Ramos, «que consiguió que el Ayuntamiento subvencionase un libro de relatos en torno a la torre de Hércules». Uno de esos relatos era de Juan, y fue publicado por el sello Inéditor. A cada vivencia le exprime el jugo literario Juan, que se apuró en crecer y volar. En octubre del 2001 se casó y en marzo del 2002 estaba ya viviendo en Irlanda con la que hoy es su exmujer. En Dingle, en el condado de Kerry, probó suerte este coruñés con «pésimo nivel de inglés» y grandes esperanzas.

A los 31 le surgió la oportunidad de mudarse a Irlanda por un amigo que le dijo: «Si te vas, tienes trabajo». «Se lo comenté a la que fue mi mujer, apasionada de los idiomas, y dijo: ‘‘Nos casamos y nos vamos’’», recuerda.

En Dingle les recibió «el típico irlandés, una maravilla de persona, Owen», que les dijo que tendrían empleo «en dos días». Hecho. «A los dos días, nos llamó y nos llevó a un hotel. Yo fui a trabajar al sótano, en lavandería. Y estuvo bien, porque tenía mucho tiempo para escuchar a todos los del hotel que venían abajo a charlar», piensa.

Entender Juan entendía lo justo, pero poniendo el oído, con la radio «todo el día» y su diccionario de inglés iba progresando adecuadamente. De la lavandería pasó a fregar los platos, en lo que su tío Jose Luis le precedió en experiencia: «En los 80 mi tío fue, como decía él, ‘‘pinchadiscos’’ en Londres, así se refería a lavar los platos [hace un gesto de DJ con la mano]. Un fenómeno mi tío, un loco del boxeo que solía decir: ‘‘Creo que a los puntos ganamos, pero estamos llevando unas hostias...’’. Así hablaba de la vida».

Tras fregar platos, Juan pasó a servicio de habitaciones. Su novela En un lugar de Irlanda está salpicada de esa peripecia, del periplo de un Juan que empezaba la treintena estrenando país, trabajo y matrimonio. El personaje es otro, pero la esencia es la del autor de Detective Naveira y Piel de salitre, novela (parte de una trilogía que completan Migas de pan y El olor de su silencio) de este autor que se hizo editor para mejorar las condiciones del creativo.

«Una de las cosas que aprendí en Irlanda, y me quedó grabada en el corazón, es que allí eres ‘‘el escritor que lava platos’’... Aquí eres ‘‘el mensajero que escribe”», no olvida quien concilia el hacer libros con otros empleos y la paternidad de dos hijas.

La vocación de escribir manda. Le ha llevado siempre a ganarse la vida con trabajos que le den tiempo, tiempo para dedicarse a diario a la literatura. «Estuve trabajando en un almacén en Espíritu Santo (Bergondo). Entraba a las siete de la mañana y salía a las tres de la tarde. A partir de las tres, me olvidaba hasta el día siguiente. Mi prioridad es mi pasión: tener tiempo para escribir. Cuando llevas algo dentro, no te cuesta», manifiesta.

Publicar con otros hizo al editor; favoreció que Juan tomara conciencia de la realidad de ese 10 % que recibe el escritor por cada ejemplar. «Un editor tiene que ser de confianza; enséñame lo que se publica y cuánto vale mi libro. Yo a mis autores les doy lo que vale su libro en imprenta, que lo sepan».

Él tiene sus propias reglas: «Cuando doy ese salto, la diferencia para el autor es inmensa; ¡imagina pasar de ganar 0,90 a 5 o 6 euros por libro!».

Su editorial nace también de sus dos hijas. La combinación de sus nombres, Laura y Aitana, dio Lautana, un proyecto editorial con estos pilares: «El autor tiene que recibir, mínimo, el porcentaje que se llevan las librerías, en torno al 30 %. La cesión de derechos de autor se reduce a dos años, renovable a decisión del autor».

En Argentina y en Paraguay te reciben los embajadores, «es importante el prestigio cultural, es otro mundo». «Yo en Paraguay, ¡bienvenido Mr. Marshall!», expone el autor de Terapia matrimonial, que edita unos siete libros al año, uno a uno. Hablar con el autor, para él, es condición sine qua non. «Y la voz del autor tiene que emocionarme. Voz propia», revela este editor que domina las distancias cortas.

MARCOS MÍGUEZ

«VIVO EN EL PARAÍSO»

Hijas y libros mandan en su cabeza. Esta es la historia. «Cuando presenté En un lugar de Irlanda en Madrid, mi mujer estaba embarazada de mi hija Laura. Y después, con mi hija Aitana, tenía una presentación para dos días antes del parto», reseña. «Con las niñas y el trabajo, lo que hice fue robarle tiempo al sueño. Escribo de noche, monto la compañía de teatro, sigo de mensajero por Coruña, ¡cosa que me encanta! Porque vivo en el estómago de la ciudad...», recuerda.

Tras un divorcio «durísimo», Juan es hoy un padre pluriempleado entregado a sus hijas, que tienen 16 y 12 años y viven «en el paraíso». ¿Y eso dónde queda? «En una aldeíta de la zona de A Laracha con siete casas, literalmente. Una casa, un jardín, una huerta y un monte. Me quedé con todo lo bueno de nuestra casiña. Para las niñas era fundamental; la casa es el anclaje emocional», señala.

Tras 18 años trabajando en la misma firma de mensajería, se fue tras un acuerdo con la empresa y su vida dio otro vuelco. Hoy se cuenta «feliz, emocionalmente mejor que nunca». Con trabajo y con calma. «Nadie es perfecto. El rencor no vale para nada», receta quien desborda devoción por sus niñas. «¡Lo que hicieron esas niñas...! Cuando veo que son felices, me emociono. Porque a veces adelantas la pena. Atravesé un desierto. Al principio, la semana que mis hijas no estaban en casa [tiene custodia compartida], tenía que cerrar la puerta de su habitación, para no verla vacía. Aún me duermo cogiéndole la mano a Aitaniña», revela.

Más de una vez pidió una señal este hombre con historia que cree en un Dios que él no ve como lo pintan. Más de una vez la tuvo. Así, encontró, en medio del monte que rodea su casa, clavado en su bota de trekking el tornillo diminuto que dio por perdido.

Tras el divorcio de su pareja y de su trabajo como mensajero, fue repartidor año y medio. «Y me quedé en paro, divorciado y con dos hijas. Me puse con la editorial a cañón, pero cuando pagaba todo lo del mes me podían quedar 4, 24 euros... o estar en rojo», cuenta.

La primavera pasada llegó la oportunidad de ser mozo de almacén, de la mano de una amiga. «Hay un trabajo, es duro. De 8.00 a 16.00 de lunes a jueves, y los viernes, de 7.00 a 14.00, dijo». El horario lo encajó de «maravilla», porque le deja las tardes y el fin de semana para las niñas, los libros y el teatro. El trabajo, de carga y descarga, es más duro que el horario. Con todo, a sus 55, la suerte, piensa Juan, le sonríe. «En esta empresa he encontrado héroes invisibles, gente auténtica, de la vida, que no solemos ver... Con esos chavales de Millasur me quito el sombrero. Medalla de oro a la paciencia», asegura este hombre con una máxima: «Siempre lo mejor que puedas, siempre lo mejor que sepas». Son las tablas de una pasión.

 

ADRIÁN BAÚLDE

Anxo Corbillón: «A los 48 llegué al límite, no podía seguir en el banco. Lo intenté todo y lo tenía todo, pero yo no estaba bien»

Este directivo de banca dio un giro radical tras tener un sueño revelador. «Con mis amigos de la facultad llegué a tener mi momento Escarlata O'Hara de ''a Dios pongo por testigo... ¡que si algo tengo claro es que nunca trabajaré para la banca!''... Al final, estuve 26 años trabajando en la banca», revela. Estudió Psicología y hoy ofrece terapia, yoga y meditación en Loto Pontevedra

 

La comentada despedida de Xabi Alonso del Real Madrid tiene algo que ver con Cortázar. Con esa frase del autor de Rayuela que te invita a saltar fuera del cuadro: «Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo». Y esa frase es un espejo de la decisión que tomó Anxo Corbillón (Pontevedra, 1967) a los 48 años. La experiencia es grado, y posgrado. Él tenía carrera, hijos, un buen puesto y buena consideración en el banco en el que trabajaba y probó a hacer de todo.

Anxo se vio en el centro de una vida confortable y eficientemente montada, pero sintió una punzada, tuvo un sueño y pensó que si moría mañana estaría fatal... No por morirse, sino por no haber vivido esa vida a la que no se atrevió. «Me vi en la cama de mayor, como si me hubiera jubilado en el banco, con una cara de tristeza profunda. ‘‘Sabías que no era ahí y dejaste pasar la vida’’», relata. Qué bello es vivir.

El estado del malestar es una forma de vida relativamente común. Cuesta salir, pero merece la pena elegir, si no otros eligen por ti. Así lo sintió Anxo, que dice que «la clave para los que acabamos cambiando es que tenemos la sensación de que algo no va bien y no siempre nos atrevemos a dar el paso. A veces la vida no te lo permite, hay que tener algo de suerte también». A él le «picó el bicho» de preguntarse por el sentido. Nunca son a medida los muebles de un vacío interior. «Yo he estado siempre preguntándome cómo hacer para cumplir las expectativas que había sobre mí», revela este emprendedor, hoy psicólogo, terapeuta Gestalt (tipo de terapia en que se acompaña un proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal) y profesor de yoga en Loto Pontevedra, que de adolescente brillaba en el expediente escolar. Anxo siempre tuvo buenas calificaciones, lo que le dio la idea de hacer Medicina y Psiquiatría, «para entender y ayudar».

Esa «parte perezosa» que hay en él le borró esa idea. «A los 18, pensé en hacer algo que pudiera permitirme vivir bien. Dije: ‘‘Voy a ser honesto, a buscar algo que tenga que ver con el dinero’’» y se decidió por Económicas en Santiago. Tomó la práctica decisión de cortar por lo sano con sus deseos, de desatender lo que él consideraba «caprichos» y tomar el camino más económico. «Después haría Psicología. Tanto Económicas como Psicología son dos carreras digamos mentirosas, porque en las dos la parte científica es de aquella manera... Es difícil aplicarles el proceso científico, porque todo tiene causas y condiciones, que dicen los budistas, y hay que entenderlo desde un punto de vista holístico», considera.

¿Crisis de los 40? A los 17 años tuvo ya la primera crisis el profesional que hoy acompaña a «gente que siente que tiene la responsabilidad y la capacidad de tomar las riendas de su vida». Entre sus clientes se cuenta gente de 25 que «se ve ante la rueda del hámster». «Me emociona eso, digo: ‘‘Qué suerte, pararse a los 25, verse y decidir’’. A los 17 yo tuve la primera crisis, tenía una vinculación con el cristianismo, con la idea de que las cosas tenían que ser de una manera. Me pasó cuando me iba a confirmar y sentí un vacío muy grande al perder la fe en eso que me sostenía espiritualmente». Ese sentimiento enlazó después con el descubrimiento del yoga en el 2016 y con el budismo. «Los 20 o los 25 son clave. Ahí el sistema te va a decir: ‘‘O entras o serás un inadaptado’’», resume Anxo, que acompaña hoy como terapeuta a gente que, en su mayoría, tiene en torno a los 45. «A los treinta y pico aún crees en que te faltan retoques, que debes hacer mejor lo que haces, tienes hijos, hay que decorar el salón, poner muebles... A los 45 o 50 tus hijos ya son mayores y te dices: ‘‘¡Ostras, me queda otro tanto! ¿Qué hago del resto de mi vida?’’», despliega.

EL EJERCICIO DE LA PIRÁMIDE 

Cambiar por cambiar no es su filosofía. Sí el escucharse, prestar atención, si lo sientes, al malestar enquistado, al día a día bajo el chaparrón de la queja y a ese enfado con el mundo que él mismo vivió. «No hay una forma de estar bien única —advierte—. Uno puede estar bien siendo ebanista y llegar el siguiente cliente y decirte que no es feliz de ebanista. El problema es ceder soberanía emocional a cambio de seguridad. Porque quedamos enganchados a la necesidad de una seguridad subcontratada, que es falsa. Si estuviéramos seguros, no tendríamos ansiedad. Nuestro sistema nervioso está completamente alterado si vivimos en precario».

¿La salida? Atención. «Atender a ese adolescente que tenía una ilusión». Él, en consulta, hace el ejercicio de la pirámide invertida: «Exploramos primero la fantasía, después la ilusión, para llegar al deseo y poder ponerlo en marcha. La materia del deseo es la fantasía, y tiene que ser una fantasía propia (ojo, no de otros)».

Tocar fondo es una manera de volver a empezar, sopesa. «A veces lo es, porque da la oportunidad de decirse: ‘‘No quiero vivir así más’’», manifiesta. Difícil distinguir entre una suerte grande y las suertes pequeñas. En ese inicio de su vida de adultez en la facultad de Económicas Anxo tuvo «la buena o mala suerte» de ver un anuncio «de que una caja de ahorros iba a iniciar una expansión grande». «Llegué a tener mi momento Escarlata O’Hara de ‘‘a Dios pongo por testigo... ¡que si algo tengo claro es que nunca trabajaré para la banca!’’». Las palabras cayeron a plomo sobre la realidad: «¡Al final, estuve 26 años trabajando en la banca, 26 años de traición emocional! No era un banco, era una caja de ahorros. Y pagaban genial nada más empezar». Empezó de cine, en la caja, a los 22, antes incluso de acabar la carrera de Económicas. Comenzó a tener un dinero y se iba «tempranito a Vigo cada mañana para no pagar la autopista». Madrugón a las 6.00 con la radio-despertador y el programa El primero de la mañana de Antonio Herrero. «Lo recuerdo, verme sentado en la cama como un niño al que los pies le colgaban sin llegarle al suelo. Un día pensé: ‘‘¿Toda la vida de adulto va a ser así?’’, y me eché a llorar. Y lloré y lloré y lloré... Y me fui a trabajar», cuenta. No acabó ahí.

«Al principio me dio vergüenza contar en Facebook que ese hombre dedicado teóricamente a ‘cosas serias’ se había pasado al yoga y a la meditación»

En cuanto le hicieron un contrato fijo pidió una excedencia, «pensando en que nunca iba a volver al banco». En ese período se convirtió en agente de la propiedad inmobiliaria. La excedencia expiró y le dejaron volver «relativamente cerca». Tenía entonces un bebé y decidió replegarse, volver al banco.

A su regreso a la caja de ahorros hizo «de todo», lo intentó «todo» para quedarse. Desde directivo de oficina, subdirector y director, a formador en un «proyecto increíble» de recursos humanos, fue presidente del comité de empresa... «Intenté hacer todo lo que se podía hacer para no irme. Y llegué al límite», comparte. Hacía números al tiempo que se dedicaba al balonmano. «Cuando mejor estaba en el banco, es decir, más cómodo..., no pude seguir. No fue culpa de nadie. Estoy muy agradecido al banco y a mi familia. El asunto era mi propia insatisfacción». Marcharse fue costoso. De valor.

Llegó a un acuerdo con la empresa y empezó con el yoga para «estar en paz». «No tenía trabajo y no sabía qué iba a hacer...», abunda. El yoga tibetano y su maestro lo ayudaron a enfilar un camino propio. Hoy, como psicólogo y terapeuta experto en meditación, Anxo trata de ayudar a otros a superar el miedo y el pudor. «Me dio vergüenza salir del armario, ese primer mensaje en Facebook diciendo que ese hombre al que todo el mundo había conocido haciendo cosas teóricamente serias ahora se había convertido en un tipo raro, dedicado a cosas medio esotéricas. Ahora que lo pienso, que recuerdo, me parece que fue otra vida».

Hay días malos, crece cansancio («¡me jubilaría ahora en un sitio de calor!), y la vida contemplativa, más suave, está en su lista de propósitos para hacer espacioso el Año Nuevo.

El show de Truman terminó. La vida buena es otra película.