Beatriz, profesora de baja por el acoso de otros profesores: «Me humillaron delante de los alumnos y a solas en los despachos, pero lo que más me dolió fue el silencio»
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Beatriz Sarrión, de 34 años, es profesora interina de Latín y Griego, conjuga la pasión por enseñar y aprender con el humor docente y afrontó un tipo de acoso poco visible, del que quiere concienciar: el que se ejerce entre profesores. Existe, lo cuenta
11 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El error más común del español no se le escapa a esta profesora de Latín y Griego que enfoca grosso modo con amor y humor su profesión. Enseñar y aprender son vocación para Beatriz Sarrión (Valencia, 1991), una vocación herida por una experiencia de la que no se habla. El foco está en el bullying entre adolescentes, no en ese otro acoso que existe y suele esconderse en el silencio del claustro de profesores. «Muchos lo sufren, como yo, pero no lo cuentan por miedo al qué dirán o por temor a perder sus trabajos o la estabilidad profesional», comienza esta apasionada de las culturas clásicas que trabaja en un instituto público de Castellón, en el que actualmente no puede acudir a dar clase por la situación de baja médica a la que la han llevado las secuelas de lo que sufrió del 2023 al verano del 2025.
«El acoso entre profesores existe», recalca. Los episodios de acoso que Beatriz vivió dos cursos procedían «del equipo directivo» del instituto en el que dio clase cuatro años, hasta el verano pasado. Cuando llegó a ser consciente de lo que estaba viviendo —le costó un tiempo—, esta profesora interina de 34 años contactó con sindicatos para tratar de pedir ayuda. «Y lo primero que te dicen es que recurras al equipo directivo del centro. Pero la violencia a veces está justo en este entorno», dice.
Beatriz está hoy a la espera de que se abra el protocolo de acoso laboral en la Consejería de Educación de la Comunidad Valenciana. «Parece que el proceso es lento», considera.
Beatriz afrontó dos cursos que le dejaron secuelas como «ataques de ansiedad, vértigos, vómitos y pérdidas de audición». El problema nunca fue para ella la relación con los alumnos adolescentes. El problema venía de algunos adultos. Lo que en principio le parecían «malentendidos desafortunados» empezaron a revelarse para ella como hechos no puntuales, no aislados. «El momento clave fue ese en el que empezaron a llegarme comunicaciones formales de faltas que no habían ocurrido. En julio del 2025 me atribuyeron faltas injustificadas del día 1 al 4, días que yo asistí, pero me dijeron que si no firmaba esas faltas existía la posibilidad de no cobrase los meses de julio y agosto», cuenta. El calvario empezó el curso anterior: «Me humillaron delante de los alumnos, delante de otros compañeros y, sobre todo, y eso fue lo que más me afectó, empezaron también a humillarme a solas en los despachos. Me decían que no trabajo bien, que tengo problemas mentales... Y eso tuvo consecuencias», cuenta Beatriz, que antes de tomar plena conciencia de lo que le sucedía llegó a pensar que el problema podía ser ella.
Desde el 2018 trabaja con adolescentes, con alumnos de bachillerato. Y la relación con ellos «siempre ha sido muy buena». «Mientras sufrí acoso laboral por parte de otros profesores, las ganas de seguir yendo a trabajar me las daba precisamente el dar clase a mis alumnos. Sin ellos me venía abajo», comparte quien recuerda entre las situaciones que más le afectaron los comentarios falsos que «les decían a los alumnos» sobre ella para desacreditarla. Cuando llegaba a clase, ver el distanciamiento que esos comentarios provocaban en los alumnos la abatía. «Tanto que lloraba en clase», revela.
Las notas de sus alumnos en selectividad fueron buenas los primeros tres años, pero ese último curso que Beatriz ejerció en el centro —«ese último curso fue terrible»— bajaron.
Una persona fue la que lideró el acoso laboral sobre Beatriz, «pero hubo tres más, y de esas tres los rumores iban circulando por el centro», haciendo que, al final, ella se sintiera completamente aislada. ¿Ni un apoyo entre los compañeros docentes? «Mi error fue que no contacté con otro profesor interino. Me fui a profesores definitivos. Con algunos me he llevado bien, pero, en cuanto a alguno le he contado alguna de esas humillaciones, la respuesta era el silencio», cuenta esta profesora con más de 45.000 seguidores en Instagram. Beatriz percibía que, de algún modo, esos comentarios despectivos y violentos y las descalificaciones que a ella le hacían saltar las alarmas estaban «normalizados» en aquel contexto. «Yo lo sentía así». «Esta situación es real, este acoso laboral entre profesores existe. Si queremos prevenir el acoso entre alumnos se debe visibilizar el que existe entre adultos. Muchos docentes viven situaciones similares a las que pasé», asegura. Otra cosa es que se hagan públicas. Asignatura pendiente.
Esos adultos que lideran o secundan el abuso sobre otros compañeros suelen tener una superioridad no solo de cargo, sino de años de experiencia profesional en el centro escolar, donde en muchas ocasiones estas actitudes que extrañan al recién llegado son vividas con normalidad por los de siempre.
Cuesta romper el silencio, admite esta profesora. «Al principio si hablaba me sentía desprotegida. El silencio era para mí una protección... Pero en realidad no era así; el silencio fue lo que más me dolió, solo alargaba el daño», explica.
«Un profesor que educa con empatía enseña respeto. Un profesor no solo enseña, educa. Hay profesores que humillan a los alumnos. Esos que humillan son profesores que están maleducando»
«NO USES WHATSAPP»
La buena relación que Beatriz refiere con sus alumnos no fue un punto a favor en el claustro escolar. Su manera de dar clase y su manejo de las redes tampoco parecieron sumar, al contrario. ¿Quizá esa conexión con los estudiantes levantó suspicacias? «Posiblemente. Yo necesito tener esa cercanía con los alumnos, pero no se recomienda tener grupo de WhatsApp con ellos, por ser menores. Yo lo utilizaba por si tenían dudas para el examen del día siguiente. Respondía por la noche si hacía falta... Y una de las cosas que me decían desde el equipo directivo era que debía quitarme el WhatsApp», detalla.
Otra de las novedades que esta maestra llevó al aula fue dar algunas clases en directo, a las que los alumnos se conectaban. «Y era algo que molestaba mucho también», revela.
La vocación no siempre está entre las cualidades prioritarias de la enseñanza, entre las favoritas del aula...
La vocación de Beatriz tuvo castigo. «La primera profesión en la que yo pensé fue maestra. Lo primero, maestra, y lo segundo, profesora. Quería dedicarme a algo que me permitiera transmitir conocimiento y aprender; porque cuando enseñas aprendes. Lo que no supe en principio era qué asignaturas dar... Pero ahora la vocación por enseñar en un instituto público no la tengo. No puedo estar», revela, lastrada por las secuelas que la doctora que la trata achaca al estrés infligido.
«Un profesor que educa con empatía enseña respeto. Un profesor no solo enseña, educa. Hay profesores que humillan a los alumnos. Esos que humillan son profesores que están maleducando», manifiesta.
La fascinación por conocer, y por compartir con otros, el origen de las palabras, la llevó a decantarse por el magisterio de Latín y Griego, y priorizar esta formación sobre su pasión por la filosofía. «Si entiendes las cultura antiguas, puedes entender las actuales», asegura quien advierte que «todo lo que hablamos viene de esas lenguas, todo se origina ahí y nos ayuda a analizar el lenguaje», sostiene quien examina «con visible satisfacción todo cuanto me rodea».
Diez minutos más lejos le queda de su casa a Beatriz el nuevo instituto en el que es profesora, en Benicarló. El paso definitivo, de tomar conciencia a actuar, lo dio gracias a su doctora. «Ella fue la que me abrió los ojos a lo que estaba pasando. Me abrieron los ojos ella y mi pareja, que también es profesor de Latín y Griego, en un instituto de Valencia». «Latin lovers», unidos ante un acoso del que tenemos que hablar.