El caso Villamanín nos ha servido para demostrar que detrás de un buen billete de lotería premiado se agazapan todas las miserias que nos hacen humanos. Por resumir, unos chavales compran un número, lo dividen en participaciones, venden por error más papeletas de las que en realidad tenían, el número resulta premiado y al realizar las comprobaciones pertinentes detectan que faltan 4 millones.
En el cuento de Navidad el lío se hubiese resuelto con un arrebato colectivo de comprensión y sentido común que habría inyectado pegamento del bueno en la comunidad pero lo que en realidad ha sucedido es que el despiste de unos críos ha prendido una mecha de odio, rencores y desconfianza en una pequeña localidad de mil habitantes, destapando viejas rencillas y elevando la tensión ambiental hasta un extremo que refleja como ningún otro este titular: en el supermercado casi hubo hostias.
En la leonesa Villamanín se concentran como en un laboratorio todos los elementos que ocultan el soniquete de los niños de San Ildefonso, la empalagosa sobredosis de felicidad y la impostada indicación de humanidad que cada 22 de diciembre proyecta el sorteo de la lotería y que siempre oculta historias de decepción, miserias humanas y engaño, encendidas por la mecha siempre eficaz que representa el dinero cuando hay que repartirlo.
Hay algún histórico de renglones torcidos con la lotería, como el de un inefable concejal del Ayuntamiento de Madrid de los primeros noventa que rociaba con zotal las esquinas para ahuyentar a las prostitutas y que tenía olfato sobresaliente para comprar números de lotería que resultaban premiados. De esta misma estirpe, el exconcejal de Urbanismo de Marbella que colgaba Picassos en el retrete, José Antonio Roca, ganó cincuenta grandes premios en un tramo de 15 años. Su extraordinaria fortuna fue su principal argumento de defensa cuando tuvo que explicarle al juez el origen de su patrimonio. Por ahí anduvo también el expresidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, tan magnético para la suerte que se embolsó más de dos millones de euros en premios acertados durante una década. Confiaba tanto en su ojo clínico que llegó a declarar, elegante: «Si me toca, me sacaré la pirula y mearé en la sede de Izquierda Unida».
Esto, por la parte de los personajes populares, pero cada sorteo de lotería afecta a una legión de anónimos que dejan de hablarse con sus amigos porque estaba claro el reparto de la suerte antes de que apareciese la guita pero dejó de estarlo cuando asomó la pasta. Pienso en esos trabajadores de Bimba y Lola que no compraron ni una sola participación. Qué pensarán ellos de la lotería.