Habrá quien piense que poco han variado las cosas desde el 2016. Nada más lejos de la realidad. Antaño nos sorprenderían gestos que hoy son de lo más normal. Como diría Presuntos Implicados, «Ay, cómo hemos cambiado»...
26 dic 2025 . Actualizado a las 10:21 h.Un decenio atrás, algunas de las cosas que hoy consideramos de lo más normal podían parecernos ajenas, imposibles o directamente inmorales. Ni ligábamos igual, tampoco comprábamos de la misma forma y las posibilidades de pago eran bastante más limitadas que las que tenemos hoy en día.
Las cajas de autocobro
La mismísima NASA parecía encontrarse detrás de las primeras cajas de autocobro que comenzaron a poblar a cuentagotas nuestros supermercados. Había quien incluso había decidido declararles la guerra por la destrucción de empleo que suponían. Pero eso de cobrarse a uno mismo es cada vez más habitual. Hasta el punto de que ya no solo pasamos los artículos por la máquina, también hemos aprendido a quitarles la alarma como auténticos profesionales y, últimamente, hasta empezamos a gestionar nosotros mismos nuestras propias devoluciones.
Bizum
«Te hago un bízum». La auténtica revolución de los pagos se empezó a popularizar hace un puñado de años y, desde entonces, nuestra forma de pagar nada tiene que ver con lo que había antes. Llevar suelto en el monedero es una rara avis —con lo que ello supuso en momentos como los del apagón—, pero la realidad es que, sin esta aplicación, la vida de muchos se detendría en seco. Eso sí, ni la tecnología ha podido imponerse a los gorrones y a los que siempre se escaquean de pagar las deudas a los amigos.
Ligar a través de aplicaciones
Cuando aterrizaron en España proyectos como el de Badoo o Meetic, lo de conocer a gente a través de las redes sociales era visto como una actividad para frikis o desesperados. En el 2012, Tinder llegó a nuestro país no sin cierto halo de polémica por su famoso «swipeo» para descartar o no a una persona. Ahora, el mercado no solo goza de buena prensa y salud sino que, además, vive sus mejores tiempos. Cada año sale una nueva aplicación de citas pensada para un determinado nicho de mercado y no es raro encontrar en todo grupo de amigos que se precie una pareja que ha unido sus caminos gracias a uno de estos programas. Hay quien dice que fue la pandemia, otros la vida acelerada a la que nos hemos encaramado, pero lo cierto es que lo de ligar por aplicaciones forma parte ya de nuestro día a día.
El móvil lo tiene todo
Es el auténtico ganador de la partida. El rey. El que se ha llevado el gato al agua en estos diez años. Porque el móvil ya era una parte importante de nuestra vida allá por el 2016. Pero cada vez copa un lugar mayor y en esa pequeña pantalla cada vez guardamos más cosas. Pagar con este cacharro se ha convertido en un gesto habitual, pero no es el único. Gestionamos nuestras citas médicas, nos identificamos a través del DNI o del pasaporte, tenemos los papeles de la propiedad de casa o incluso jugamos a la lotería. El móvil es un apéndice de nuestra vida. Y, como no podía ser de otra forma, cuanto más imprescindible se vuelve, más sube el precio. Atrás quedan aquellos 300 euros por los que podías comprarte un smartphone de los de gama bastante elevada.
Streaming
Netflix llegó a España el 20 de octubre del 2015 y hubo quien se atrevió a vaticinar que, mientras siguiera funcionando la cultura pirata, era un proyecto abocado a hacer aguas. Bendito fracaso. Hoy en día no solo pagamos por esta plataforma, sino que es común contar con un par de suscripciones más. Los programas que antaño poblaron las parrillas de la tele tradicional migran con celeridad a estos catálogos de pago y hay incluso grandes proyectos audiovisuales que se saltan la cartelera de los cines para extender la alfombra roja directamente en la pequeña pantalla.
Recoger paquetes
Si hay un fenómeno que ha experimentado un crecimiento brutal ese es el comercio digital. Millones de paquetes viajan de una punta a otra de España cada día para toparse, más de una vez, con que el receptor no se encuentra en su domicilio preparado para acoger el bulto. Pero ya no queremos recibir nuestros envíos en casa, ahora preferimos recogerlos de una de esas pequeñas taquillas inteligentes que cada vez conquistan más hueco en lugares como gasolineras o centros comerciales. Hay quien incluso ya habla de la auténtica fiebre de los lockers.
Entradas dos años antes
Si algo caracterizaba a los españoles de hace un decenio era ese gusto especial por dejar las cosas para el último momento. Y los eventos culturales no eran precisamente una excepción. Lo habitual era toparse con entradas para escuchar los artistas más punteros que se compraban incluso con un puñado de días de antelación. ¿Quién nos iba a decir que tendríamos que hacer colas kilométricas en una plataforma digital para poder adquirir las entradas de un concierto que disfrutaríamos dos o incluso tres años después?
Pisos turísticos
El turismo también se ha acompasado a los nuevos tiempos y los hoteles más tradicionales ahora se reparten la tarta con los pisos turísticos. De hecho, son los segundos los que cada vez se llevan una porción más grande del pastel. No está esto exento de polémica, porque los centros de las ciudades cada vez se alejan más de la vida de barrio para dar paso a una gentrificación complicada de gestionar y que aboca a muchas familias a tener que buscarse la vida en las afueras de las urbes incapaces de pagar un alquiler por un pequeño apartamento.