Laura, 42 años, de jefa en una gran empresa a recorrer 50 países: «Dejé un buen trabajo y un sueldo estable para hacer el gran viaje de mi vida»
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De ser una ejecutiva de éxito a la trotamundos operada de menisco, «con la rodilla como un melón», que emprende el vuelo con un billete solo de ida hay más de 10.000 pasos, y un clic. Laura Vendrell tenía un puesto en una multinacional que facturaba millones... y salió de la «jaula de oro» con un billete al Caribe colombiano solo de ida
28 dic 2025 . Actualizado a las 13:20 h.La crisis de los 30 nos pilla a todos, solo que muchas veces con años de retraso. «Al que no le llega a los 30, le llega a los 40 o en torno a los 50», afirma Laura Vendrell, que renunció a la estabilidad y el confort de un estatus y un buen sueldo como responsable de márketing de una multinacional para atreverse a cumplir un sueño. Atreverse no es fácil de conjugar en la práctica. «En mi caso, la crisis, o el clic, fue precoz. Tenía 29 años, era el 2013, trabajaba en la empresa Sony y había ido siempre por el carril. Había sido ‘‘la niña buena”. Sácate una carrera, trabaja en una buena empresa, pórtate bien para que te asciendan... Y así me encontré con 29 años, a punto de cumplir los 30, con que había alcanzado lo que tanto tiempo llevaba buscando, el pack estrella del trabajo estable, socialmente reconocido, con un equipo, con responsabilidades, y siendo bien valorada. ‘‘¿Y ahora qué’’?, dije, y empezaron a caer preguntas». En un instante esta digna protagonista de una comedia ambientada en Wall Street echó la cuenta de los años y pensó con vértigo en los diez siguientes. Siempre le habían ido diciendo lo que tocaba hacer. Padres, profesores, jefes. Y no se había parado a pensar en otras posibilidades.
Con una agenda laboral y social deslumbrante, como un Tetris con todas las piezas en su sitio, Laura sintió que tras 14 años de carrera le empezaba a faltar aire. Quizá le sobraban cosas. «Necesitaba un parón. Pedí una excedencia y me fui a Colombia con un billete solo de ida». A Santa Marta, en el Caribe colombiano, llegó en ese primer vuelo que la llevó a estar ocho meses en Sudamérica, de las Torres del Paine a la Patagonia argentina.
Dar el gran paso costó, hacer que el pie acompañara la inquietud de la cabeza: «Un día me dio por ver qué hacía una profesora de la Universidad, la que me dio mis primeras lecciones de márketing. La busqué en Google y me salió que había fallecido. Murió de cáncer a los 42 años y fue un impacto muy grande para mí, fue la gota que colmó el vaso. Con el volcán interior que yo tenía en ese momento fue ‘‘esta vida se acaba, ¿qué quiero hacer con mi vida?’’».
Si paras, te haces preguntas, asegura Laura, «y si no tienes las respuestas a esas preguntas se te remueven cosas por dentro, y hay que tomar decisiones». Si no paras, no hay problema. «Puedes seguir en el túnel sin darte cuenta, en piloto automático, vas tirando. Pero cuando por algún motivo, sea el que sea, paras, aparece ese cuestionamiento», considera la mujer que cerró de un viaje 14 años de experiencia en márketing en grandes empresas.
El éxito y confort laboral que tenía Laura fue un lastre para tomar la decisión que le pedía el cuerpo. La familia no ayudaba a abrir las alas y emprender el vuelo. «No se trata de lo que la familia dice o pide, sino de lo que tú crees a veces que ellos esperan de ti. Crecemos queriendo la aprobación de papá y mamá. Ellos buscan nuestra seguridad y nosotros buscamos su estima, el pertenecer a esa tribu. Cuando te planteas hacer algo que suponga salir de la tribu, te ves como la ‘‘oveja negra’’, tienes miedos. Miedo de que no te entiendan, de que no te apoyen, de que te den la espalda», manifiesta esta trotamundos volcada en el coaching, que comparte su experiencia y conocimiento en el libro Necesito un Aireo.
La aprobación familiar puedes tenerla, «pero no te dicen ‘‘¡vete, arriesga!’’. No suele ser así, «aunque ahora hay familias muy modernas. Hace 20 o 30 años los padres pensaban de otra manera; habían sido educados en buscar la estabilidad, un trabajo para toda la vida y, si es de funcionario, mejor».
GENERACIÓN SÁNDWICH
La expresión «generación sándwich» Laura la utiliza en un sentido diferente al que designa ese momento de la vida en que nos vemos cuidando a nuestros padres a la vez que a nuestros hijos. «Somos esa generación que, por un lado, compramos el discurso de las nuevas generaciones que suben: ‘‘Cumple tus sueños’’, ‘‘concilia”, ‘‘prioriza tu salud mental, tu bienestar’’. Obviamente, decimos sí a todo, pero nuestra cabeza está amueblada con una educación en la estabilidad, la seguridad, el cuidado, el ‘‘hace frío ahí fuera’’... Queremos, por un lado, el ‘‘persigue tus sueños, que la vida es corta’’; y por el otro, nuestras creencias nos atan a la seguridad. Creo que los cuarentones y cincuentones estamos hoy completamente atrapados en este dilema», opina.
La renuncia es inevitable cuando se toma una decisión. «Pero siempre digo que no es blanco o negro, que puedes hacer cambios en tu vida en paralelo al trabajo que tienes. Yo no soy del discurso ‘‘déjalo todo, lánzate al vacío, quema las naves’’. El que sea conservador tiene otras opciones», dice Laura, que pidió una excedencia para ese primer viaje que cambió su punto de vista.
A la experiencia de un paso de gigante le siguieron más de 50 países conocidos. Con esa mochila, Laura Vendrell lidera un movimiento de profesionales «que no se conforman con un trabajo pagafacturas». Su método se llama Aireo y se dirige a los que quieren desbloquear su situación profesional en cinco semanas. Su Programa PRP contempla tres meses de acompañamiento personalizado a través de sesiones de coaching y mentoría para los más decididos a reinventarse por completo.
El autonoconocimiento es clave en el proceso, dice la profesional. Como saber cuáles son tus talentos, «esto es imprescindible», añade quien advierte que sin ese primer paso es muy difícil salir de esa jaula invisible, a veces de oro, en la que, si paras, te ves. «Antes de actualizar el LinkedIn, mira dentro. Es incómodo, pero ¿qué hay más importante que saber qué quieres?», sitúa.
¿El PARAÍSO ES BOIPEBA?
Un billete solo de ida a Santa Marta le dio la vuelta a la tortilla. El viaje que comenzó en el Caribe colombiano siguió en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y se completó con un voluntariado de mes y medio en Colombia. «En el periplo de este viaje me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que quería. Estaba muy desconectada de mí misma», revela. Seis o siete años Laura los pasó «dando tumbos, gastando energía». Tras esa odisea en un mar rizado de dudas, llegaron viajes y respuestas. Y la vocación de crear un método «para ayudar a otras personas que se sintieran perdidas» como ella, «para que en unos meses puedan encontrar esa claridad y saber cómo activar el cambio en su carrera». Tal que así nació Aireo.
Más de cien profesionales lo han seguido ya, señala, «y no va de edades ni sectores». Ha tenido como clientes profesores, enfermeras, diplomáticos... «De todo, de 30 a 55 años», resume Laura. «Si tienes 55 años, te quedan en el mejor de los casos diez para la jubilación. ¿Cómo quieres pasar esos años?», invita a pensar, y recuerda que, según el estudio más reciente de la consultora de referencia Hays, el 56 % de los profesionales españoles están desmotivados.
Un viaje transformador no es una moda, despeja. «No me preguntes por el local de moda, pregúntame por las personas que conocí, por lo que vivimos allí. Son las personas las que dejan huella», estima Laura, que de su primer gran viaje al Caribe colombiano, al que llegó operada del menisco «y con la rodilla hecha un melón», recuerda con devoción la casa de una pareja de abuelos de 80 años. «Estuvimos allí 12 días. Esos momentos de después de cenar en el patio, escuchándoles contar sus batallitas, me dejó una huella imborrable».
En Brasil también le dio Laura varios mordiscos a la felicidad. Allá fue a la isla remota de Boipeba, a conocer el proyecto de tres bungalós de otra ejecutiva española que dejó su empresa para montar el minihotel de sus sueños. «Esa mujer fue el empuje que me hizo irme sola, en la pandemia, tres meses a Brasil», concluye Laura, que allí encontró el paraíso, en Algodoes para más señas, tras sobrevivir antes al «saigai» en pareja en Japón, que es la palabra japonesa que le da un sonido poético a lo que viene a ser, llanamente, un desastre.