Ángela Sannuti: «Seguimos siendo niños, dependientes y asustados, disfrazados de adultos»

YES

Propone un viaje interior hacia nuestra esencia para liberarlos del dolor que nos atrapa y nos enferma. «Detrás de nuestro niño herido, está nuestro niño esencia, la persona íntegra que fuimos y que no perdimos», dice

10 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Ángela Sannuti nos acerca al niño que hemos sido y que nunca deberíamos haber dejado de ser. Nos lleva a nuestro lado más inocente y más puro, para volver a conectar con nosotros mismos. Con su libro La última vez que fuimos niños, nos enseña la importancia de encontrar ese niño al que siempre le damos la espalda y nunca queremos oír lo que nos dice. Hacemos un viaje a la infancia, pero a la vez a nuestro yo interior, a nuestra esencia, para recuperar esa libertad perdida y volver a creer en nosotros mismos.

—¿Cuándo debería ser la última vez que fuimos niños: ayer, antes de ayer o hace 20 años?

—Cuando éramos niños, estábamos muy conectados con nuestra esencia. Con nuestra alma o nuestro espíritu. Hay una creencia muy arraigada, aún vigente después de tantos siglos de historia, que el niño es un recipiente vacío que hay que llenar, que hay que formatear, cuando en realidad, cada uno de nosotros ya traemos un montón de dones al nacer y de semillas que hay que hacer germinar en el juego de la vida.

—¿Y por qué no lo logramos siempre?

—Un niño hasta los 2 o 3 años es pura vitalidad, alegría, espontaneidad, curiosidad, una entrega sin límites.... pero cuando se convierte en adolescente está desorientado, inestable... y cuando es adulto sigue estando más desorientado, más vacío de contenido, con una mirada sombría... Entonces, la pregunta es qué sucedió en el medio.

—¿Y qué sucedió?

—Pues que hay una educación basada en el miedo. Todavía se sigue educando así. Y donde hay miedo, las semillas no germinan. De la mano del miedo va la culpa y la infravaloración. Por eso, seguimos siendo niños dependientes, asustados, infravalorados y disfrazados de adultos. Ese niño todavía tiene que venir a mostrarnos los dones que tenemos y ayudarnos a descubrir el potencial gigantesco que tenemos.

—¿Qué cualidades son inherentes y esenciales al ser humano?

—El amor es una cualidad de nuestra esencia. No es una cuestión sentimental ni emocional transitoria. Es un estado de vida. También la paz, entendida como ausencia de sufrimiento. Todos esos son dones que tenemos. Y la pregunta es por qué no los desarrollamos, por qué tenemos tanto sufrimiento y tantos obstáculos. Porque el miedo está muy arraigado y nunca va a ser pedagógico. Lo único pedagógico es el amor.

—Entonces, ¿todos somos lo que somos debido a una mala educación?

—Exacto. La educación es la mirada que se le da a un niño. Y entiendo por educación, lo que empieza de puertas para adentro, que se llama crianza, y que después se perpetúa de puertas afuera, que sería la educación convencional. Porque los que educan de puertas adentro son los mismos que educan de puertas afuera. No hay diferencia. Todos nos educamos entre todos. Y no lo hacemos con discursos moralizantes ni religiosos, sino a través del miedo. Por eso la educación es la mirada. Y tenemos una mirada muy estrecha de lo que es nuestra humanidad. El desafío es descubrir la bienaventuranza de los seres humanos.

—¿Por qué?

—Decimos muchas veces que somos humanos como si fuera un defecto, y todo es producto de una mirada en la educación que no nos permite crecer y desplegar nuestros potenciales. Por ignorancia, la gente identifica el malestar de una persona con su identidad. Seguro que has oído hablar de alguien que es fóbico o depresivo. Pero esos son devenires temporales. Son la respuesta de nuestra esencia, de nuestra alma. Toda enfermedad son gritos del alma ante una sociedad muy estrecha, limitada y llena de miedo.

—¿Siempre hay una enfermedad del alma detrás de un trastorno psicológico?

—Todos tenemos mucho dolor acumulado. Siempre hay una historia de dolor que necesita ser contada y comprendida. Y las respuestas que da una estructura social y educativa estrecha y limitante, no nos permite crecer en libertad.

—¿Qué tenemos que hacer para liberarnos de ese miedo y de esa mirada en la que nos hemos educado?

—Tenemos que recuperar ese niño que se quedó en nuestro cuarto oscuro, y ese sería nuestro inconsciente. Hoy se habla mucho del niño herido, del niño que sufrió heridas de abandono, de rechazo, de injusticia, de traición y de humillación, que son las cinco heridas básicas y que todos tenemos una mezcla de ellas, pero detrás de ese niño herido está nuestro niño esencia. El niño íntegro que fuimos y que no lo perdimos.

—¿Y cómo conectamos con nuestra esencia?

—Pues tomando en serio nuestras emociones y nuestros sentimientos, nuestros malestares, todo lo que nos produce dolor, nuestros fracasos, nuestras equivocaciones... y que nos desvían de nuestro camino de crecimiento. Son aspectos de nuestro dolor que necesitan ser escuchados. Los miedos que sentimos son todos miedos de nuestra infancia. Son los miedos que no tuvieron cabida ni pudieron ser expresados. Porque los sentimientos están para ser vividos, no se domestican. Y lo que tenemos que hacer es abrazar nuestros sentimientos. Lo que sana es vivir auténticamente lo que sentimos. La ira, por ejemplo, tiene muy mala prensa. La ira y sus ramificaciones, como la rabia. Es decir, se te permite estar triste, pero la ira está muy sancionada en cambio. Cuando, en realidad, la primera forma de estar en este mundo es sentir. Y sentimos a través de las emociones y de los sentimientos.

—Entiendo...

—La palabra «no» es la que más escucha un niño. Entonces, todos esos sentimientos y emociones, que no pudieron ser expresados libremente y legitimados, son los que se van acumulando en nuestro inconsciente, en nuestro cuartito oscuro. Y luego, cuando vamos creciendo, nos basta con tener un simple estímulo para sentir un miedo o una rabia desmedida. Pero viene de esa acumulación que tenemos de sentimientos y emociones dolorosas, que no nos enseñan a vivirlas con conciencia. Un sentimiento nace, se desarrolla y muere, como el ciclo de la vida. Y lo único que tenemos que hacer es permitirnos en nuestra intimidad que se exprese. Vivimos muy de cara hacia el exterior y siempre complaciendo a los demás o buscando su aprobación, pero tenemos que aprender a estar con nosotros mismos en nuestra intimidad. Aprender a estar a gusto, sobre todo, cuando vienen esas emociones y sentimientos que nos descolocan. Tenemos que darle ese abrazo amoroso a ese niño que nos sostiene. Habitar en nuestra intimidad. No se trata de amordazarnos ni de dejarnos arrastrar ni tampoco de descargar con el que tenemos al lado. Es un proceso íntimo. Y ese es el desafío.

—Los adultos seguimos comportándonos como niños egoístas y caprichosos...

—Faltan adultos, porque viven de cara al exterior, como niños que todavía siguen buscando la aprobación de los demás. Cuando, en realidad, dentro de nosotros tenemos los recursos para levantarnos. Y hasta que no hagamos ese trabajo íntimo, vamos a seguir en una actitud de victimismo, de dependencia. Porque no le hacemos caso a nuestra esencia, a nuestro niño interior. Y aunque llame a la puerta, intentamos silenciarlo.

—¿Tenemos los adultos un problema de inmadurez?

—Sí, claro. Por ejemplo, no hay padres buenos y malos. Hay padres maduros e inmaduros. Y así en todas las áreas. El problema de la salud mental es un problema de madurez. Hay una ley inscrita a fuego en nuestro corazón que es que debemos seguir completando cada etapa de la vida. Tenemos que terminar la niñez, la adolescencia y la etapa adulta para así llegar a la vejez completos, sin habernos saltado ninguna etapa. Pero nosotros ni siquiera completamos nuestra niñez. Y te pongo dos ejemplos, la adolescencia y la vejez. Asumimos que un adolescente es una persona desorientada, inestable emocionalmente, confundida... Lo que no decimos es que este tipo de adolescencia es producto de un tipo de educación, porque la adolescencia debería ser una explosión de vida y creatividad.

—¿Y la vejez?

—La vejez está asociada a pobreza afectiva, a soledad, a tristeza... cuando en realidad la vejez tiene que ser un manantial de sabiduría. Por supuesto, las funciones van mermando, pero lo importante está dentro de ti y si tú cultivaste tu vida interior, la vejez es un gozo de sabiduría y no de depresión. Deberíamos preguntarnos qué tipo de adultos somos: maduros o inmaduros. Y cómo estamos educando a nuestros niños y adolescentes. Y la sobreprotección es la cara opuesta del abandono. Es una agresión porque no respeta el proceso del crecimiento del ser humano. Es una gran interferencia. Ahora, habrá que preguntarles a esos padres a quién están sobreprotegiendo, a su hijo o a ese niño que llevan dentro y que se siente desprotegido. Le dan lo que ellos no tuvieron. Y eso es un grave error, porque estás invalidando a tu hijo. Los adultos recrean en los hijos todas las relaciones que han vivido. El inconsciente está todo el rato saliendo borbotones.