Marina, madre que denuncia actitudes niñofóbicas en Galicia: «Una señora que iba con su perro suelto por el parque dijo: Oye, a ver si agarras a tu hijo»

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La coruñesa asegura que su hija no puede jugar por el césped ante el aluvión de canes sin correa y denuncia la falta de higiene e infraestructuras, así como el apropiamiento público de las terrazas en la ciudad: «Vas a tomar algo y resulta que molestas»

24 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Marina no quiere dar la cara porque está cansada de hacerlo por la calle. «Y de llevar malas contestaciones», dice. Madre de una niña de 7 años, asegura que A Coruña, donde reside, «se ha convertido en una ciudad hostil, mucho, para los niños». La pandemia supuso para ella un golpe de realidad en este sentido: «Yo no concebía cómo era posible que se pudiese sacar a pasear a los perros, mientras que los niños y niñas no pudieran salir a tomar el aire. Me pareció brutal, inconcebible».

Los parques infantiles, indica, son cada vez menos infantiles. «No tengo nada en contra de los animales, eso que vaya por delante. Pero yo lo que he detectado, y si eso no es niñofobia, se le parece, es que los niños están condenados a jugar en el espacio estándar que se les delimita. En el columpio, en el tobogán y las dos o tres cosas que les pongan. Ahora bien, como el niño o la niña salgan de ese espacio, la fastidias. No pueden andar por el césped, experimentar, subirse a los árboles…».

Marina, que es usuaria de los parques de Oza y San Diego, alude como reflejo de la situación a los datos del Rexistro Galego de Identificación de Animais de Compañía (Regiac), que desvela que los perros registrados en A Coruña son actualmente 31.156, mientras que, de acuerdo con los últimos datos del IGE, la cifra de niños censados es de 28.758. «Es algo que hablo con otras madres y padres. No podemos disfrutar del césped como lo hacen los perros, porque tienes que ir sorteando cagadas y meadas. Y los dueños se agrupan, dejando sueltos a diez o quince perros, que creo que no se puede. Y que me perdonen, pero eso de ‘el perro no hace nada, el perro no hace nada…’. No, mira, no te hace nada a ti. Pero es un animal, y a mi hija ya se le han tirado dos veces dos perros’».

Marina ha tenido perros toda la vida en casa, ha crecido con ellos. Actualmente no, porque vive en un piso de pequeñas dimensiones que no ve adecuado para ellos. Aun siendo amante de los animales, considera que la sociedad se ha volcado en las mascotas mientras se muestra cada vez menos tolerante con los niños. «El otro día, una señora que iba, por cierto, con su perro suelto, llegó a decir en el parque: ‘Oye, a ver si agarras a tu hijo’. Se nos ha ido de las manos el tema. La gente compara a un perro con un niño, y no se puede», indica la coruñesa, que es de formación socióloga y condena el edadismo que se ha instalado en el mundo que nos rodea. «Nunca les damos pie a que opinen, los pobres son unos mandadiños que tienen que jugar en el espacio que tienen, que cada vez es menos. Por supuesto que hay niñofobia», zanja.

Otro plan, en principio tan cotidiano como tomarse algo en una terraza, termina a veces, asegura Marina, en enfrentamiento. «Vas a una calle peatonal como la de A Gaiteira a tomar algo con otros padres y madres en una terraza, aprovechando que no pasan los coches y que los niños pueden jugar un poco, y resulta que molestas. Ya nos han llamado la atención. Ellos tienen a los perros allí sentados a su lado en la terraza, porque tú a un perro le dices que se esté quieto y, si lo tienes educado, se queda. Pero un niño no, porque va contra su naturaleza», apunta.

RECHAZO EN LAS TERRAZAS

Esta madre califica de usurpación al hábitat el hecho de que el espacio público «se venda de esta manera al espacio privado en la ciudad. Es terrible que no puedas disfrutar de un espacio público, si no es sentándote en una terraza a consumir». Hasta las aceras, mantiene, parecen no estar pensadas para circular por ellas con niños pequeños o cochecitos de bebé. «Para ir al colegio con mi hija, tengo que ir por la calle esquivando las cacas, pero también los patinetes y las bicicletas, que, aunque no pueden ir por la acera, circulan igual, y encima en dirección prohibida», denuncia Marina, que se pregunta cómo puede educar a su hija en seguridad vial si los adultos son los primeros que no cumplen las normas. «Muchas veces, cuando salimos a andar en bici, le voy diciendo a la niña: ‘Para cruzar en el paso de peatones te tienes que bajar de la bicicleta’, o ‘cuando llegues aquí la prioridad es del peatón y tienes que frenar’. Pero ya me ha pasado de ir explicándoselo, y pasar un señor, cruzar por donde no debe y, además, llamarnos la atención».

Tampoco el transporte público se libra de las reclamaciones de esta madre que echa en falta asientos para niños pequeños en los autobuses urbanos: «Por ciudad no ando en coche, me muevo en autobús. Y si vas con un niño pequeño de pie, porque no hay asientos para ellos y nadie te cede el suyo, si el bus da un frenazo, un niño de 15 o 20 kilos sale disparado». Si tuviese que escoger un término para describir la sensación que tiene al moverse con su niña por la ciudad, Marina elegiría impotencia. «No me extraña que no se quieran tener hijos», zanja.