Odile Rodríguez de la Fuente, bióloga, hija de Félix Rodríguez de la Fuente: «Muchos problemas de los niños y adolescentes se deben a la pérdida de la aldea y del vivir despacio»

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Odile Rodríguez de la Fuente publica «La historia más fascinante del mundo», un baño de humildad para visiones antropocéntricas.
Odile Rodríguez de la Fuente publica «La historia más fascinante del mundo», un baño de humildad para visiones antropocéntricas.

Como el amigo de los lobos recordamos al gran naturalista Félix Rodríguez de la Fuente. «Murió cuando yo tenía 7 años, pero ya me había transmitido lo que es ser una persona feliz, alguien que cree en lo que hace. Le recuerdo más preguntándome cosas que hablando él, diciéndome: ¡Pero qué lista eres, qué vista de lince!», cuenta Odile, que amplía el intenso aullido de su padre en defensa de la naturaleza

27 jun 2024 . Actualizado a las 22:00 h.

Quien creció con Félix Rodríguez de la Fuente sabe que los lobos no merecen la fama que les dan los cuentos, que ese aullido suyo tiene un papel en la selección natural y también en la expresión de nuestra libertad como personas. Odile fue una de esas niñas que aprendieron naturaleza a través de los ojos y la voz de Félix, y de las que crecieron más cerca del hombre que nos descubrió el paraíso de las aves, la isla de los alcatraces y a los Yanomamis del Amazonas. La escuela Odile la tenía en casa. Hoy, la niña que aprendió de su padre la importancia del águila imperial es una bióloga y divulgadora científica en pie frente a la emergencia climática. «Mi padre murió cuando yo tenía 7 años, pero me transmitió lo que es ser una persona feliz, que cree en lo que hace», revela Odile Rodríguez de la Fuente, la pequeña de las tres hijas de Félix, que daba ejemplo con naturalidad y amor, «con esa seguridad que transmite un padre con el que te entusiasma estar». El asombro, subraya Odile, era el motor de su padre. «Y una de las cosas que más le asombraban de sus hijas era saber cómo veíamos el mundo. Recuerdo a mi padre más preguntándonos cosas a nosotras que hablando. Le recuerdo haciéndome preguntas. Y respondía como era él: ‘¡Coño, pero qué niña más lista, pero qué vista de lince!’ Él admiraba todo el universo infantil», revela Odile.

—¿Cómo surgió la idea de condensar 4.600 millones de años en un reloj de 24 horas, en «La historia más fascinante del mundo»?

—Responde a una inquietud que he tenido siempre. Descubrí hace tiempo que alguien utilizaba un reloj para comprimir esa larguísima historia y a mí me la hizo accesible y didáctico.

—¿Un alumno de primaria nos superaría a la mayoría de los adultos en un examen de ciencia?

—Seguro. Por eso he querido que este no fuera un libro solo para niños. Lo interesante es llegar a todos. Mi padre, con El hombre y la tierra, llegó a todo el público, de todas las edades. Enganchó a los niños sin hacer uso de un lenguaje infantil.

—¿Qué suelen preguntarte a ti los niños en las charlas que das en los coles?

—Me gusta más hacerles preguntas a ellos [ha salido a su padre]. Yo les saco el reloj de la historia del mundo y pregunto: «¿A qué hora pensáis que apareció la vida?». Les encanta, se establece un diálogo con ellos y es una maravilla. Los niños son más intuitivos de lo que imaginamos. No sabes la cantidad de niños que aciertan. Con lo que se quedan alucinados es de cuándo aparece el ser humano... Somos muy antropocéntricos. Parece que los seres humanos hemos estado aquí toda la vida, nos creemos el centro del universo. Conocer la historia del planeta es un baño de humildad.

—¿Qué suele fascinarles más?

—Se quedan alucinados con los dinosaurios, algo muy reciente en el reloj... Otra cosa que les llama la atención es que durante casi el 75 % de la historia del planeta hubiera solo seres microscópicos.

—¿Qué le digo a mi hija si dice que las serpientes no pintan nada en el mundo?

—Todo está conectado a todo lo demás y todo tiene su función. La naturaleza no solo es la biosfera. Hay un vínculo entre la biosfera, la hidrosfera, la atmósfera. En realidad, todo es un flujo constante de energía, de materia y de información. Todo tiene una función, ¡hasta las avispas! Son importantes para la prevención de plagas. Se comen desde el pulgón a muchos tipos de plagas de las plantas. ¿Las serpientes? Mantienen a raya poblaciones de ratones o de insectos. Es importante el papel de los depredadores. El lobo, tema candente. Si tienes una zona donde no hay lobos (pasó en el parque de Yellowstone), empieza a crecer el número de herbívoros de forma exponencial; el impacto de un depredador como un lobo puede llevar a un efecto en cascada que termine por cambiar el curso de los ríos. ¡Imagínate!

—Antes mandaban los reptiles, ¿y ahora? ¿Quién manda hoy aquí, en la tierra?

—¡Ay, hija! Hemos pasado a una era en la que mandan los mamíferos. Sobre todo, uno, el que ha conquistado la capacidad del pensamiento abstracto, del lenguaje. La fuerza de la naturaleza que manda sobre todas las demás en el sistema vivo planetario es el ser humano.

—¿Qué deberíamos aprender hoy con urgencia de los animales?

—Muchísimo. De la naturaleza en su totalidad. Hay que mirar a la naturaleza. No en vano la economía circular imita a la naturaleza, donde no hay basura, todo es circular. La naturaleza, que ha sido capaz de reinventarse tras extinciones masivas, es algo a imitar. Por ejemplo, la ecolocalización, que usan los murciélagos o las ballenas, que ven a través de los oídos. Es lo que usan los submarinos. ¡La naturaleza es que es una biblioteca de Alejandría elevada a la enésima potencia!

—Hay expertos que dicen que la acción individual es insignificante en el desastre climático. ¿Lo ves así?

—No, no estoy de acuerdo. Hay muchos estudios que señalan que para que se dé un cambio colectivo hay que llegar a un punto de inflexión de personas con un cambio de conciencia. Es como hervir el agua, hasta alcanzar los 100 grados no hierve... A partir del momento en que hierve es más fácil. Para llegar a eso, es importante empezar de forma individual. Hay que ir sembrando. Tiene que haber una conciencia y que uno sea coherente en su vida. Por ejemplo: «Prefiero vivir en un entorno rural porque la vida es más que meter diez horas todos los días para trabajar y entrar en una carrera de acumular que no me lleva a ningún sitio». Esto te lleva a cambiar tus relaciones con los demás, contigo mismo y con el entorno. Tú influyes en la gente de tu alrededor. Creo que los individuos marcan la diferencia. Los grandes cambios de la historia se han dado de abajo arriba, la gente va cambiando el chip y exige otra forma de vivir, y eso permea y llega a los estamentos que toman las decisiones.

—¿Cómo valoras la gestión pública que se está haciendo de la crisis climática?

—Lo puedes ver como un vaso medio lleno o medio vacío. Caben los dos puntos de vista. Uno es positivo: hay mucha más conciencia. No en vano tenemos una vicepresidencia de Transición Ecológica, ¡cuando en tiempos de mi padre ni había un ministerio de Medio Ambiente! Hay un propósito mundial. Este es el vaso medio lleno. El medio vacío es que nos perdemos en los detalles: hay excesiva burocracia, y esto la hace poco accesible a la ciudadanía. Los humanos somos seres que hace nada nos sentábamos alrededor de un fuego y nos contábamos historias. Las historias son muy importantes para dotarnos de identidad. Lo que nos falta es que aterricemos en qué es el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

—En dos generaciones muchos perdimos la aldea. Hoy o idealizamos o ignoramos la naturaleza. ¿Tenemos déficit de vitamina N y de contacto con la naturaleza? ¿Se ve en las dolencias de salud mental, hoy en aumento?

—Sí. Muchas de esas cosas son interesantes. El impacto en la salud mental, y en la salud física. Muchos de los problemas de niños y adolescentes (obesidad, estrés, ansiedad, emocionales) tienen que ver con la desnaturalización, con el déficit de la naturaleza, con la pérdida de la aldea y de los valores que tienen que ver con vivir más despacio y de acuerdo con los ciclos de la vida y de la naturaleza. La desnaturalización nos afecta en lo más profundo de nuestra esencia como humanos. Y esto tiene repercusiones económicas: más gente enferma, más gasto, y costes laborales. La naturaleza es todo, nos define. No se trata de poner parches para no sentirnos mal por cargarnos el medio. Se trata de cómo nos replanteamos la forma de relacionarnos con nuestra esencia natural. Son preguntas profundas que piden un cambio de paradigma.

 «Es un falso mito la idea de libertad como hacer lo que te da la gana. He tenido la oportunidad de codearme con gente que tiene lo que se considera éxito, con gente muy popular y con muchísimo dinero, y puedo garantizar que algunos son de las personas más infelices que he conocido» 

—Hay libertades individuales que lastran ese esfuerzo colectivo. El «hago lo que me da la gana» no puede ser...

—Es que eso no te hace feliz. Todo lo que hemos logrado ha sido de forma colectiva. Un ser humano aislado no puede ser feliz. Es un falso mito la idea de libertad como hacer lo que te da la gana. He tenido la oportunidad de codearme con gente que tiene lo que se considera éxito, con gente muy popular y con muchísimo dinero, y te puedo garantizar que algunos son de las personas más infelices que he conocido. Llegar a esa enorme popularidad les deja enormemente aislados. La única satisfacción que sienten es a través de la percepción de que son queridos, pero no lo son de verdad, no tienen esa proximidad. He conocido a ganaderos en Asturias con una vida tan plena que me hacían pensar: «Nos hemos confundido». Estamos en conseguir más y más a costa de perder nuestra esencia. Mucha gente tiene ansiedad y ecoansiedad. Pero quizá hay que tocar fondo para darnos cuenta. Es un rito de pasaje a la madurez. En ese camino que llamo «de vuelta a casa», el mapa es la naturaleza.

—¿Una lección que no olvidas de tu padre, nuestro amigo Félix?

—Mi padre murió cuando yo tenía 7 años, pero me transmitió en ese tiempo lo que es ser una persona feliz, que cree en lo que hace. ¿Una lección? Que todos tenemos el derecho y la obligación de cuestionárnoslo todo. 

—¿Qué países o lugares son hoy un ejemplo de gestión medioambiental?

—Un ejemplo es Costa Rica, que ha tenido la capacidad de ver que su gran valor añadido es la naturaleza. Los Países Nórdicos, que se están replanteando el sistema educativo, y luego hay pequeñas iniciativas que van desde agricultura regenerativa a comunidades que son completamente eficientes energéticamente, iniciativas y empresas que están salpicadas por todo el mundo.