La gallega que va con la vida a cuestas: se mudó hasta 17 veces en 20 años

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Alicia, con las maletas, frente a la casa en la que vive actualmente
Alicia, con las maletas, frente a la casa en la que vive actualmente Alejandro Camba

Alicia Estévez dice que odia las mudanzas, pero no descarta embarcarse en una próximamente hacia cualquier localidad. «Nunca me olvidaré del número exacto de cajas con el que me volví a mi tierra. Eran 86»

05 jun 2024 . Actualizado a las 10:16 h.

Alicia Estévez (Ourense, 1967) admite que odia las mudanzas, pero, como pasa muchas veces en la vida, no siempre se puede evitar aquello que no nos gusta. Esta ourensana, por fin asentada en la casa que fue el hogar de sus bisabuelos en Quintela de Canedo, llegó a cambiarse de vivienda 17 veces en 20 años. Sus primeras dos décadas de vida las pasó en la misma casa, en el piso de sus padres en el barrio ourensano de A Ponte. «Fue la etapa más estable», admite. «Me casé a los 20 y fue una tontería como otra cualquiera», bromea. La boda fue en agosto de 1988 y durante la Semana Santa del 89 Alicia hizo su primera mudanza. No fue corta: de Ourense a Valladolid. «Mi marido trabajaba allí. Recuerdo que me llevaron mis padres y que lloré todo el camino», dice. Su primera etapa en la capital del Pisuerga —porque aún hubo otra— duró cinco años y, en ese tiempo, Alicia y su esposo cambiaron de casa tres veces. «Nos movíamos por lo habitual: para irnos a viviendas más económicas o más grandes», cuenta.

Alicia, con algunas de las cajas de sus anteriores mudanzas
Alicia, con algunas de las cajas de sus anteriores mudanzas Alejandro Camba

Embarazada de su primer hijo decidió hacer una nueva mudanza. Esta vez de vuelta a Ourense, para parir en su tierra. «La hice con la barriga en la boca. Fui empacando todo en cajas y me vine en tren, porque ni mi marido ni yo conducíamos, de hecho él era ferroviario. Era ridículo porque viajábamos con cuarenta mil bultos», explica. Se alquiló un piso en A Ponte, al lado del de sus padres y allí se quedó un año.

«Al volver a Valladolid nos mudamos de nuevo a una casa en un barrio más céntrico y, después de cuatro años allí, nos fuimos a otra más grande», cuenta. A los quince días de que naciese su segundo hijo, en el 2001, se separó. «Y entonces, claro, me volví a mudar y esta vez lo hice todo yo solita. Desmonté una casa de 90 metros cuadrados, muebles incluidos, recién parida», confiesa. «Y en cada una de las mudanzas que tuve que hacer en mi vida siempre juré que sería la última», añade. Su padre y sus hermanos alquilaron en esta ocasión una furgoneta para ir a recogerla. «Llegaron a las seis de la madrugada a Valladolid, montamos todo en el coche, los dormitorios de mis hijos incluidos, y a mediodía ya comimos en Ourense», recuerda. Alicia y sus pequeños se quedaron en casa de sus padres. «Nunca me olvidaré del número exacto de cajas con el que me volví a mi tierra. Eran 86 y las dejé en una casita que tenía mi abuela en Quintela de Canedo», comenta. Aunque dice que con el tiempo se ha vuelto más práctica y que ya apenas acumula lo que no necesita, Alicia puede presumir de que nunca ha perdido ni ha roto nada en sus innumerables mudanzas.

Al poco tiempo de regresar a casa de sus padres, se compró un piso cerca de ellos, pero esta aventura tampoco duró mucho. «A los dos años me enamoré y me volví a Valladolid, porque este chico era de allí, y vivimos ocho años maravillosos, sorprendentemente todos en la misma vivienda», resume. Cuando se terminó el amor, Alicia ya sabía sobradamente cómo era guardar su vida en cajas. «Aquella vez hice varios viajes en coche a Ourense para traerlo todo», confiesa. Esta ourensana era peluquera y en aquel momento se lo trajo todo consigo: el lavacabezas, los tocadores, dos sillones... «Porque entonces aún peinaba y arreglaba a mi familia y a mis amigos», explica.

Se instaló en una casa familiar que fue de sus bisabuelos en Quintela de Canedo. «Estuve solo seis meses. Lo que tardé en encontrar un piso en el barrio de A Ponte, porque el que era mío estaba ya alquilado», cuenta. Pero entonces, sus padres la convencieron para instalarse definitivamente en esa vivienda familiar a las afueras de Ourense. «Me apetecía un poco de naturaleza así que acepté», afirma. Y allí sigue. «Por el camino me volví a enamorar, del que hoy es el hombre de mi vida, y esta vez sí, le hice mudarse a él», aclara, entre risas. Lleva asentada en el mismo lugar diez años. «A mí de aquí ya no me mueven si no es para irme a Torrevieja (Alicante), adonde me iré con cuatro trapos y nada más», añade. Tiene claro el destino porque lleva tiempo pensándolo. Alicia padece fibromialgia y cree que el clima de la Comunidad Valenciana puede venirle mucho mejor que la humedad que hay en Galicia. «Aun así va para largo, que estoy bien aquí tranquilita», subraya.

LA MÁS ORGANIZADA

«Odio las mudanzas, pero no me quedó otra que aprender a hacerlas y eso sí, sé organizarlas de maravilla», comenta. De hecho, admite que el traslado de su marido lo montó ella. «Lo primero es tener cajas de cartón, papel de burbujas y mucho papel de periódico», recomienda e insiste en la importancia de destacar en los bultos lo que es frágil. «También calculo muy bien el peso. No se puede meter solo libros o vajilla en la misma caja porque si se hace así, no hay quien la cargue luego», comenta.

El trasladarse tantas veces en su vida ha marcado algunos rasgos de la personalidad de Alicia. «No le doy ningún valor a lo material ni tampoco al arraigo. Si he dejado algo por el camino, ya no me acuerdo, y creo que todo lo que vas arrastrando, te va enseñando», termina.