Jaime Covas, de Europa a Asia en bici: «Recorrí más de 2.500 kilómetros con un objetivo, pero aún no lo cumplí»

Carlos Peralta
C. Peralta REDACCIÓN / LA VOZ

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Jaime Covas, cicloviajero que va desde Barcelona hasta Myanmar.
Jaime Covas, cicloviajero que va desde Barcelona hasta Myanmar. CEDIDA

El intrépido ciclista Jaime Covas ha pedaleado desde Barcelona hasta Birmania: «Es como una clase de historia en movimiento»

20 may 2024 . Actualizado a las 17:20 h.

A Jaime Covas va a costarle acostumbrarse a una vida más sedentaria. Durante más de diez meses, su rutina se ha basado en desmontar su tienda de campaña, pedalear todo el día y volver a asentar su campamento improvisado. Este joven mallorquín ha recorrido en su bicicleta más de 2.500 kilómetros desde Barcelona. Su destino era Myanmar, pero el recrudecimiento de la guerra civil que sufre el país birmano le obligó a cambiar de planes. El nuevo destino de Jaime es la ciudad de Chiang Mai, al noroeste de Tailandia y cerca de la frontera con Myanmar. El intrépido viajero ha cruzado Francia, Italia, los Balcanes, Irán, Pakistán y la India, su penúltimo destino. Después de diez meses de aventuras, se considera en cierto modo, testigo de la historia.

De Armenia, por ejemplo, no podrá olvidar la dificultad que supuso superar sus montañas y la diferencia entre el norte y el sur, donde el conflicto de Nagorno-Karabaj (entre el país armenio y Azerbaiyán) se palpaba en el ambiente. Tampoco las enormes zetas pintadas en diferentes lugares de Serbia. «Es un símbolo prorruso. Hay serbios que tienen esos ideales», remarca Jaime, impresionado por los rocosos sentimientos nacionalistas que observó en los Balcanes. «Mi viaje ha sido una clase de historia en movimiento. Es impresionante, la verdad», añade.

Jaime, eso sí, no ha realizado todo el viaje en bicicleta. Pero solo por seguridad. El joven balear relata que recorrió escoltado más de 1.000 kilómetros en Pakistán. «Te escoltan para no ser secuestrado por estos grupos islámicos. Unas 600 personas pasan cada año por esa frontera, lo cual habla del riesgo que hay. La policía te escoltaba de comisaría a comisaría», recuerda. Ya antes de acceder al país, todavía en Irán, notó claramente el contraste. «El Beluchistán [región que comprende parte iraní y parte pakistaní] es como Mad Max. Está todo desierto, con los pueblos repletos de barriles de diésel», explica Jaime, sobre una etapa de su viaje que duró hasta «el verdor» del valle del Indo. «Pakistán fue un país muy intenso. Sus montañas son una maravilla», remarca Jaime, que añade que el cansancio acumulado que le obligó a descansar en Goa tiene su origen en el tramo pakistaní de su recorrido.

Jaime emprendió el viaje solo, pero en muchas ocasiones estuvo acompañado. Cruzó parte de Albania con un cicloturista alemán, y en Italia tuvo a un viajero nativo como el mejor anfitrión posible. Incluso llegó a hacer una promesa arriesgada con un ciudadano georgiano que conoció en Croacia: «El 1 de julio me dijo que el 12 de septiembre tenía que estar en un bar de Georgia porque era su cumpleaños. Y allí estuve». También hubo semanas de una soledad casi completa. «En Turquía estuve tres semanas solo. Fue una locura, solo interactuaba con otro ser humano para comprar cualquier tontería».

Los últimos meses de su viaje los hizo con tres compañeros a los que conoció por casualidad en Irán. Estaba hablando con un conductor en el sur del país persa, cuando una chica le preguntó de dónde era. «Al contestar que era español, aparecieron tres cabezas». Este grupo estaba adaptado al país: habían hecho parte del trayecto con iraníes e incluso se atrevían con el idioma. Los tres hacían autoestop y Jaime les seguía con su bicicleta.

UNA NUEVA ETAPA

«Procesar todo esto es una locura. Son muchas emociones», confiesa el intrépido viajero. Ahora tendrá que buscar su sueño: asentarse en el país birmano como cooperante. Es su tercer viaje al sudeste asiático, pero espera que, esta vez, pueda asentarse allí definitivamente.

Todo empezó hace siete años. Su idea era irse a Australia, pero cambió de idea leyendo una mención a la antigua Birmania en 1984, la obra más emblemática de George Orwell. «Me vino un petardazo de inspiración y dije: ‘Me voy para allá'». Su segunda etapa fue más convulsa. Llegó en diciembre del 2019, poco antes de la irrupción del covid y, posteriormente, del golpe de Estado que desencadenó el conflicto actual.

«He contactado con tres oenegés, una es española. Para ser voluntario no hay problema, pero yo ya pasé esa etapa. Quiero llevar una vida que me permita ser ese puente entre Myanmar y España», afirma. Por ahora, no podrá entrar en el país. Pero Jaime tiene la determinación de que podrá volver al lugar que le marcó para siempre en el 2016, cuando llegó por primera vez. «Mi intuición es que el cambio se aproximará en algún momento y existirá la posibilidad de volver», señala. Jaime tiene experiencia como profesor, tanto de idiomas como de gimnasia u otras asignaturas, en el país. Nunca olvidará las clases que les dio a 13 niños en un monasterio en las montañas birmanas. En una clase, les mostró un balón de fútbol y otro de baloncesto. Les preguntó qué deporte querían practicar. Todos escogieron el balompié, pero él decretó que jugarían al baloncesto. Era su forma de enseñarles la diferencia entre dictadura y democracia. «Pensaba que les estaba enseñando algo del pasado, pero desgraciadamente era el futuro».

Jaime quedó encandilado del país birmano desde el primer día. De su vasta naturaleza, de la sencillez de sus habitantes y del budismo y sus valores. «Ese Jaime que no podía estar más de 20 minutos sentado, ahora se pasaba todas las mañanas leyendo y meditando. Sentía que una parte de mí se desarrollaba mucho más rápido que en cualquier otro lugar», recuerda.

SIN PREPARACIÓN FÍSICA

El joven balear no tuvo ningún entrenamiento previo a su salida desde Barcelona. «Preparación física... la verdad que poca, pero en dos semanas ya estaba acostumbrado. Pensé más en comer toda la comida que luego me iba a faltar», confiesa. Eso sí, repite un consejo que tienen marcado a fuego tanto los cicloviajeros como cualquier peregrino del Camino de Santiago: «Comprar y llevar lo básico. Hay mucha gente que lleva demasiadas cosas que luego no les funcionan». Añade la importancia del clima: «Recomendaría pensar en el invierno y dónde le va a pillar a cada uno. En esta estación la bicicleta se hace mucho más pesada». Y, como última advertencia, recupera el refrán de que lo barato sale caro: «Es importante tener unos buenos neumáticos y revisar y mantener la cadena todos los días. Te previene de llevarte un buen chasco». «¡Y poco más!», concluye el joven mallorquín, que insiste en la sencillez de un viaje en bicicleta.

El curioso ciclista bautizó su trayecto con un sinónimo que viene al caso: el Periplo. Un proyecto en el que ha relatado sus aventuras en redes sociales y que le ha servido para difundir sus vivencias y su pasión por Myanmar. También ha puesto en marcha un sistema de micromecenazgo con el que ha recaudado dinero, aunque el grueso de su ahorros los amasó durante meses de trabajo en una cadena hotelera. El balear intentó gastar lo justo para esta nuemomento la bicicleta.

«Ojalá abra una etapa para ayudar al resto de personas», dice Jaime de forma ambiciosa. Él tiene claro que, si ninguna de las organizaciones con las que ha contactado le ofrece un trabajo estable, tratará de emprender un nuevo proyecto propio. Experiencia, a pesar de tener solo 27 años, desde luego no le falta.