Así es una travesía en patera: «Nos daban una botella pequeña de agua al día para tres personas»

YES

ANGEL MANSO

Este joven senegalés relata la odisea que vivió en alta mar a bordo del cayuco con el que llegó hace tres meses a Tenerife: «Estuvimos tres días perdidos. Creía que me iba a morir»

20 feb 2024 . Actualizado a las 11:07 h.

El nombre ficticio que ha escogido para este reportaje este senegalés de 27 años dice ya mucho de una de sus pasiones. Él también prefiere mantenerse en el anonimato y quiere que lo llamemos Isco. No es por casualidad. Le apasiona el fútbol. Solo hay que verlo disfrutar con un balón en los pies. Le gusta tanto que cuenta que en su país tenía una escuela para entrenar a los chavales de la zona donde vivía y él era el entrenador. Pero todos esos sueños se quedaron aparcados. Los dejó a más de 3.000 kilómetros, en su país natal para poder vivir dignamente y, sobre todo, ayudar a sus hermanos y a su madre. Eso es lo que lo ha movido a jugarse la vida.

«Mi padre vivía en Barcelona y me había invitado a venir. Cuando estaba realizando los trámites, enfermó y se murió», cuenta este joven al que se le nota que todavía le afecta la pérdida. Esa muerte, además de dejar desolada a la familia, fue un duro golpe para todos. Se deduce de sus palabras que su padre les prestaba la ayuda económica que tanto necesitaban los que se habían quedado en Senegal. Y esa fue la principal motivación de Isco para montarse en un cayuco: ayudar a su familia y convertirse en el cabeza de familia. «Vivo en Senegal con mi madre y mis hermanos. Ellos trabajan muy duro, pero no tienen dinero. No tienen un salario suficiente que les permita vivir bien. Entonces, decidí venir a España», cuenta este hombre, que en su país se dedicaba a poner suelos.

La idea originaria era la de partir con su hermano rumbo a España. Pero le salió un trabajo en una obra de construcción que no podía rechazar: «Con el primer salario que le dieron, me dio dinero para venir. Me dijo que luego ya vendría él». También lo ayudaron sus otros hermanos, y así pudo recaudar los 500 euros al cambio que le costó el viaje.

Fue así como este joven se embarcó en una patera sin más seguridad que la de que saldría al mar un día del pasado mes de octubre, sin tener muy claro si podría llegar a su destino. «Una semana antes de partir, mi amigo íntimo, el más cercano, se murió en un cayuco. Fue muy difícil asimilarlo porque era mi amigo del alma. Estábamos juntos siempre. Y yo llegaría una semana después. La idea era reencontrarnos aquí para no estar solos. Estábamos hablando cómo lo íbamos a hacer».

Siete días de travesía

La travesía duró siete días. Isco va contando poco a poco el horror que vivió en alta mar. «Tuve muchas dudas a la hora de embarcar. Sabía que todo podía pasar. Podía morir como mi amigo, pero era un riesgo que tenía que asumir», explica con una entereza que impresiona. Fue así cómo se embarcó en un viaje que pudo haber tenido un trágico final. Porque, para empezar, iban a bordo muchas más personas de las que la embarcación podía soportar: «El cayuco era grande, pero íbamos 155 personas. Hay mucha gente que se entera que va a salir un cayuco de noche y se van colando», comenta este joven, que reconoce que estuvo durante todo el viaje muy preocupado. No las tenía todas consigo de que la patera pudiera aguantar tanto peso. Pero ese no fue el único problema. Había otro más grave. No tenían gasolina suficiente para llegar a su destino. Una circunstancia de la que no se dieron cuenta al partir, fue a medida que pasaban los días. Por si esto fuera poco, al día siguiente de embarcarse, los cogió un temporal en medio del océano: «Estuvimos tres días en el mar perdidos. Pensaba que me iba a pasar lo mismo que a mi amigo. Que me iba a morir».

Isco estaba completamente abatido. Desesperado. Y esperando, literalmente, que otro contratiempo provocara un fatal desenlace. El desánimo hizo mella en él. «No lloré porque en Senegal la gente cree que los hombres no tienen que llorar, pero estaba muy triste», dice. El tema de la comida y la bebida fue también un capítulo aparte. «Teníamos una botella pequeña de agua al día para compartir entre tres personas. Para comer, nos daban una galleta por la mañana y otra por la tarde, aunque a mí solo me daban una al día», y desconoce quién podía quedarse la que le correspondía o si, simplemente, no había para todos. «También se repartía una taza de café entre diez personas y solo podías beber una vez, pero yo nunca tenía café. Creía que me iba a morir de hambre. Hubo un día que no tenía ni comida ni bebida», aclara.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Un milagro

Con esas circunstancias, fue casi un milagro que pudieran alcanzar la costa española. Pero lo lograron. Y llegaron a Tenerife. Cuenta Isco que allí estuvieron siete días y que luego los trasladaron a Barcelona. Al no tener a su padre en la ciudad condal, decidió venirse a A Coruña porque aquí, al menos, tenía a gente conocida. Y ahora, en Ecodesarrollo Gaia se esfuerza por aprender español. Es consciente de las condiciones en las que está viviendo su familia, pero no puede hacer otra cosa por el momento. Sabe que el primer paso es aprender español y dejarse aconsejar por la oenegé, que le ayudará y le orientará para realizar cursos de formación y regularizar su situación: «Aún no les he podido enviar nada de dinero a mi familia. Por ahora, no lo están esperando porque saben que necesito tiempo. Pero soy consciente de que ellos están aguantando y aunque lo entienden, tienen una situación muy difícil». También confiesa que es ahora, tres meses después de llegar a España, cuando está empezando a equilibrarse psicológicamente. Quién no se refugiaría dentro de uno mismo tras vivir una situación tan traumática como echarse al mar con 155 personas en una embarcación precaria, sufrir un temporal, perderse en el océano durante tres días y quedarse sin gasolina en mitad del trayecto, además de no disponer de agua ni comida suficiente para todos. En esta orilla del mundo, repleta de comodidades, no seríamos capaces ni de aguantar el primer embate. En cambio, él convive con la resiliencia a diario. Solo puede sobrevivir. No tiene otra opción.

Aun así, Isco tiene las ideas muy claras y confiesa que una vez que reúna el dinero necesario para mantener a su familia y vivir, le gustaría regresar a su país. «Quiero volver para impulsar mi escuela de fútbol», asegura. Ojalá lo consiga. Mientras tanto, él juega con el balón como si fuera uno de los críos a los que entrena. En sus ojos se ve la ilusión y en sus manos las ganas de trabajar. Los sueños son lo único que nadie le puede arrebatar.