Eugenio Linares, exportero de discoteca: «Un Fin de Año le quité las llaves del coche a un chico que luego se mató»

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CARLOS CORTÉS

Ahora es escultor, pero trabajó durante más de 20 años en el ocio nocturno y en muchísimas Nocheviejas: «Una vez entró en la pista de la discoteca un tío que siempre salía esa noche a caballo. La gente lo veía normal»

31 dic 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Muchas Nocheviejas —más de 20— ha estado Eugenio Linares de portero de discoteca y, aunque desde la pandemia, ha cambiado la noche por la escultura con motosierra, los recuerdos se le agolpan en una profesión que él defiende a capa y espada. «Cuando era chaval, en lugar de tomarme las uvas e irme de fiesta, pues me iba a trabajar. No era un sacrificio muy grande, porque te pagaban bien. Pero cuando ya tienes familia, pues eso cambia radicalmente. Tenía que cenar a toda pastilla. Darle un beso a mi hijo y a mi mujer e irme a trabajar, en lugar de quedarme con la familia. Al final ya me pesaba bastante», asegura este vecino de Tuiriz (Pantón, Lugo), al que se le ve desde el primer momento su profesionalidad en este trabajo que es, a veces, desagradecido.

De todos esos años tiene anécdotas de todo tipo. Algunas son muy divertidas. «Un año estaba recogiendo los vasos de la entrada y, de vez en cuando, tenía que entrar a dejarlos en una oficina que tenía la discoteca. Y, de repente, subió un chico que me dijo que necesitaban un recogedor y una escoba porque se había cagado un caballo», cuenta. Eugenio estaba perplejo: «Bajé, y resulta que había un tío montado a caballo dentro de la discoteca. Era en un pueblo, en el que todo el mundo se conocía, y al parecer era una tradición. El tío siempre salía a caballo esa noche y a los demás le hacía gracia. Le dije que tenía que sacar el caballo, pero la gente me decía que no hacía falta. Lo dejé un rato más y, luego, cuando quiso salir, el caballo no podía subir las escaleras y tuvimos que abrirle la puerta de servicio».

Pero también tiene algún recuerdo muy triste de estas fiestas. Otra Nochevieja vio a un chico que conocía en la entrada del local en el que estaba. A su modo de ver, iba bastante perjudicado: «Le pedí que me dejara ver el llavero del coche. Era uno de esos automáticos, que empezaban a salir. Cuando me lo enseñó, me lo guardé y le dije que no se lo daba, que se fuera con un colega a casa y que luego yo, al día siguiente, se lo devolvía. Él se enfadó mucho conmigo, pero no pudo hacer nada». Después llegó un amigo y le pidió las llaves a Eugenio. Alegó que ya lo acercaba él a casa y que así no tendría que desplazarse al día siguiente: «Le dije que vale, y le di las llaves tan tranquilo. A los diez minutos vi pasar el chico al que yo le había quitado las llaves y me las enseñó. Se las había dado su amigo. Y cuando estábamos cerrando la discoteca, al amanecer ya, nos llamó la Policía por si habíamos visto salir a ese chico, porque había tenido un accidente y se había matado. Quería saber si iba alguien más en el coche. No me quiero imaginar el pesar que tendría su amigo... Fue muy duro».

Eugenio cuenta todo esto porque quiere dar un consejo, sobre todo, a la gente joven en esta noche tan especial. «No se puede beber y conducir. No es ninguna broma. Y quitarle las llaves a un amigo, te puede costar un disgusto o un enfado, pero seguramente a la semana siguiente se le pasa. Hago un llamamiento a la gente para que esa noche no haga ninguna tontería, porque luego no hay remedio», dice.