A la playa en coche fúnebre: «Unas vecinas me dijeron que cuando aparcaba allí, se moría alguien en el barrio»

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ANA GARCÍA

Un vehículo que antes transportaba cadaleitos es la nueva adquisición de este surfista que se pasea por la Costa da Morte de esta guisa: «Es ideal para transportar tablas»

03 dic 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Su presencia no pasa desapercibida. Todo lo contrario. Llama la atención a su paso. Cierto es que no es muy normal ver cómo llega un coche fúnebre a la playa y sale un chico con su tabla para coger unas cuantas olas o se queda a dormir en el vehículo que sirvió, en algún momento, para transportar cadaleitos. Pero la verdad es que Víctor González ha encontrado en este coche fúnebre el transporte perfecto para sus necesidades, que nada tienen que ver con asuntos de ultratumba, sino con cuestiones mucho más mortales, como vivir el presente al máximo. «Yo tenía un coche que me venía bastante mal para llevar la vida que llevo ahora, que es dormir en playas con mis colegas, que tienen furgo. Además, yo también tengo una fábrica de tablas de surf con dos socios y necesitaba un coche para poder llevarlas dentro. Estuve viendo furgonetas, pero me parecían carísimas. Y como mi marca se llama Maldita, con la t invertida, pues se me ocurrió lo del coche. Además me gusta jugar con los tabúes», comenta. Así surgió la idea de comprarse un vehículo que transporta al más allá a quien va en su maletero. Pero este pensamiento no se quedó solo en una idea. Lo materializó. «Empecé a buscar y la idea cada vez me gustaba más porque pegaba muy bien con el nombre de la marca. La verdad es que la experiencia está siendo mucho mejor de lo que pensaba. Levanta odios y pasiones al mismo tiempo y yo disfruto con las dos cosas. Hay gente a la que le gusta un montón y flipa y otra, a la que no le gusta nada. Me lo estoy pasando en grande», confiesa este provocador nato.

No es difícil imaginarse que Víctor acumula en apenas un mes anécdotas para levantar a un muerto. O dos. Porque ese es, más o menos, el tiempo que lleva paseando su vehículo por la Costa da Morte. El nombre del litoral también le viene que ni pintado. «Hay gente que me dice que tengo un montón de sitio dentro y les flipa. Incluso muchas personas comentan que están pensando en pillarse uno. A ver si ahora Malpica se va a llenar de coches fúnebres», bromea. «Hay un grupo de abuelos en el puerto que se partían de la risa. Son unos cachondos. Y en cuanto me vieron, ya me pararon, y uno me dijo que se iba a comprar otro para llevar a todos los demás», continúa. Pero también provoca el efecto contrario: «Me han parado para decirme que no le gustaba nada, y que daba muy mal fario. También en A Coruña, en un paseo, las vecinas salieron a llamarme la atención porque decían que cada vez que aparcaba yo allí se moría alguien en el barrio. La verdad es que hay mil historias», confiesa. «Otra señora mayor que también me dijo que no le gustaba nada mi coche. Y yo le dije: ‘Bueno, mujer, en algún momento tendrás que subir'. Todavía le gustó menos mi respuesta. Y se fue sin decirme nada», dice consciente de que él ya tiene el transporte garantizado al camposanto. «¡Claro! Yo ahorro en costes y a los colegas, les hago precio», bromea.

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DE SERIE

Víctor no ha querido modificar ni un ápice de la estética de este vehículo tan luctuoso. «Es todo de serie. No le quiero tocar nada. La gente me dice que lo puedo camperizar, pero mi idea es que siga siendo lo que es porque también es bueno para la imagen de la marca. Cuadra perfectamente bien así. Me gusta que Maldita juegue con el tabú de la muerte. Y romper un poco con lo que está bien y está mal, con las estructuras sociales. Realmente no tiene ningún sentido pensar que llevar este tipo de coche va a hacer que te mueras antes», añade, mientras confiesa que tardó en poder dormir dentro de él. Pero no porque le diera impresión, sino por la lluvia: «Desde que me lo compré, no sé si fue casualidad, pero cayó la mayor tromba de agua que he visto en Galicia en estos dos años que llevo viviendo aquí. Nunca había visto llover tanto tiempo».

Además, él se mueve por impulsos. Fue así cómo cambió de vida de un día para otro. «Lo tenía todo. Tenía curro, tenía pareja, tenía estabilidad, pero lo dejé todo porque no me sentía bien. Me aburría la vida que tenía. Ya había surfeado en el País Vasco, en Asturias, en Andalucía, en Portugal... Pensé adónde ir, pero como esa decisión la había tomado para sentirme mejor, decidí ir al sitio donde me habían tratado mejor y me había sentido más querido», cuenta. «Yo siempre veraneaba en Galicia desde que la descubrí cuando empecé a surfear. Venía todos los años en agosto y estaba enamoradísimo de la Costa da Morte y vine por eso, porque era el sitio donde mejor me sentía», reconoce. Él tenía un buen trabajo en una conocida fábrica de coches. «He sido toda la vida mecánico, chapista, he tenido varios oficios... Salí de la escuela en el 2010, en plena crisis, y como todos los de mi generación, tuvimos que ir evolucionando y ser muchas cosas. Así he ido saltando de curro en curro hasta que estuve en la fábrica de coches», explica. «Con 26 años descubrí el surf e hice un curso de fabricación de tablas de una semana en Barcelona. Y la idea me moló un montón. Así que cuando estaba hasta las narices de lo que estaba haciendo, dejé el curro, a mi novia y todo, me vine para Galicia a probar suerte con los ahorros de mi vida. Luego fue cuando conocía a Jonathan y Toni Varela, que ellos ya tenían su propia marca de tablas y fundé la mía. Abrimos un taller conjunto y aquí llevo dos años», aclara.

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AHORRO CONSIDERABLE

Sobre cuánto le costó el coche fúnebre, Víctor no tiene reparos en decirlo. La verdad es que fue casi un regalo. «Partes de la base de que nadie quiere este tipo de vehículos. Y es complicado encontrar a alguien como yo que quiera adquirir uno. Las furgonetas están de moda, todo el mundo las compra y hay una burbuja perfecta para sacarte el dinero. Te puedes gastar unos 6.000 euros en una furgo que está reventada y del año catapún», dice. «A mí el coche me costó 300 euros porque venía con unos fallos en la caja de cambios y en el motor que yo, al ser mecánico, pude arreglar. Y ahora va perfecto. Lo hablaba con el comercial, que era tan barato porque nadie quiere un coche fúnebre. Entonces tienes que bajar el precio, porque si no, no hay clientes. Pero este coche ahora lo podría vender por 2.600 o 2.700 euros. Y me ahorré fácil unos 4.000 euros», cuenta. Está claro que la jugada le ha salido mortal.