Alejandro Álvarez: «Me daba miedo el agua, pero aprendí a nadar a los 30 para hacer triatlón»

ALEJANDRA CEBALLOS LÓPEZ / S.F

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MARCOS MÍGUEZ

Ha sido deportista toda la vida, pero nunca fue muy amigo del mar o las piscinas. «Me daba un poco de vergüenza vivir en una ciudad rodeada de agua y no saber nadar», confiesa este coruñés que un día se armó de valor y se enfrentó a la piscina, con churros, claro

27 feb 2023 . Actualizado a las 21:52 h.

Alejandro Álvarez Rodríguez (1984) es coruñés, vigilante de seguridad y deportista. Hasta hace siete años no sabía nadar.

Álex, como lo conocen, ha practicado judo y jiu-jitsu toda su vida. Su círculo social más cercano está relacionado con el deporte hasta el punto de hacer que coincidan las vacaciones con algunas de las competiciones deportivas anuales que se propone con sus amigos. Pero un día no los pudo seguir más, empezaron a hacer triatlón y como él no sabía nadar, no los pudo acompañar.

«Yo corría, ya había hecho maratones, y en bicicleta sí que montaba, muy tranquilo: una bici de montaña por el paseo marítimo, pero lo que me apetecía era poder hacer triatlón con los colegas. Así que me apunté al curso de iniciación de natación un poco por obligación», cuenta.

Antes, dominar el agua y las corrientes no había sido una prioridad para Álex. «A todo el mundo le extrañaba que en una ciudad rodeada por el océano no supiera nadar, pero yo lo tenía muy claro y lo asumía. Cuando iba a la playa con los colegas y ellos decían: ‘Vamos hasta X punto’, yo me quedaba en la orilla o los acompañaba hasta que el mar me llegaba por la cintura, me daba miedo el agua. Las piscinas ni hablar, no me acercaba porque no hacía pie», relata con sinceridad.

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Pero un día puso las ganas por encima del miedo. «Me daba mucha vergüenza porque decía: ‘Voy a aprender a nadar y me van a poner con niños de 5 años’», relata. Pero sus intenciones de hacer el triatlón y el impulso que le dieron sus colegas hicieron que se lanzara. Se inscribió a un curso de iniciación en Termaria, la Casa del Agua, «entonces trabajaba por las tardes y venía a las 7.30 de la mañana al curso; todos los que había eran de mi edad o mayores», continúa.

«El primer día llegamos aquí y Miguel, el entrenador, nos dice: ‘Meteos en el agua’. Mi primer pensamiento fue: ‘¡Cómo me voy a meter yo aquí si no hago pie, me hundo! ¡Me voy a morir!’. De manera que nos dio unos churros para llevar entre las piernas y los brazos, así flotábamos», cuenta entre risas.

Sabía que sería un camino largo, pero se armó de paciencia. Comenzó en noviembre y su plan era hacer un triatlón dos veranos después. Tardó cerca de dos trimestres en aprender a flotar, pero una vez que lo hizo, no volvió a salir del agua. «Al principio, incluso para cambiar de lado, me tenían que llevar con el ganchito, como a los niños, porque no estaba dispuesto a alejarme de las orillas», dice.

Después de algunos meses lo logró. «Un día te sueltas, te olvidas del miedo y de repente no te hundes», narra. Fue el primero de su familia que aprendió a nadar y ahora está seguro de que si tiene hijos, se encargará de que aprendan pronto.

«Al poco tiempo de aprender lo básico hubo una salida a aguas abiertas a la que yo, por supuesto, no iba a asistir. Pero Ana, la monitora, me dijo que ya estaba preparado», recuerda. «Fui muy inconsciente. De hecho la socorrista me miró y fue en plan: ‘Pero si este hasta hace poco estaba con los churros’, pensé en darme la vuelta y no nadar, pero a medida que nos acercábamos a la orilla me convencieron. Fue increíble, mola mucho. Me arrepiento de no haber aprendido a nadar antes», dice.

Siguió entrenando, y al poco tiempo hizo su primer triatlón en Boiro. «Algunos amigos, los que no confiaban en mí, decían que a los 30 sí aprendería a nadar, pero jamás en plan travesías. Tuvieron que pagar las apuestas que perdieron», dice entre risas.

Después fue todo para adelante. En la Casa del Agua también crearon un equipo de triatlón: Hércules Termaria, con quienes entrena todas las semanas. «Yo era el único inconsciente del equipo que acababa de aprender a nadar», bromea. «Hago cerca de dos o dos horas y media diarias de ejercicio. Sigo yendo también al gimnasio de artes marciales. Los lunes y los viernes vamos a la piscina, y en verano empezamos a ir al mar, excepto cuando hacemos prueba, que combinamos dos de las disciplinas del triatlón», explica.

Han pasado siete años desde que se sumergió con miedo a la piscina, con una mano en el bordillo y con ayuda de los churros, y hoy no hay quien lo pare. «Una vez fuimos a Fisterra. Estábamos en el medio del mar y las olas, solo había agua alrededor. Podíamos ver el faro desde el mar. ¡Estábamos nadando en el fin del mundo! Es algo que no tiene comparación», narra.

Ahora es experto en aguas abiertas, sabe cómo reaccionar ante las corrientes y la marea, ha hecho travesías de tres mil metros. Además, puede disfrutar del mar con sus amigos. A mayores, ha hecho tres medios Ironman: Gandía, Lisboa y las Cíes. Su tiempo de natación es de 38 minutos y el total de la competición de 5 horas y 55 minutos para 1,9 kilómetros nadando, 90 en bicicleta y 21 corriendo. Hoy se prepara para ir en octubre al de Barcelona. «No me imagino la vida sin deporte. Lo pasaría muy mal», concluye.