Alicia Hinojosa: «A los 62 el skate me da energía para trabajar y estar contenta»

ALEJANDRA CEBALLOS LÓPEZ / S. F.

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Alicia hizo deporte en el colegio, pero de mayor se dedicó a su trabajo y a criar a sus tres hijos. A los 47 se animó a hacer surf y ahora patina por toda la ciudad, aunque echa en falta amigas que le sigan el ritmo

26 feb 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

«A ver si conseguimos inspirar a alguien de mi edad» es lo primero que dice cuando empieza a narrar su testimonio. «Ninguna de mis amigas se anima», indica Alicia Hinojosa (Madrid, 1961), que practica skate. Ella es la octava de nueve hijos y ya de pequeña, con sus hermanas, hizo gimnasia en el instituto, además de baloncesto y balonmano. «También sacaba buenas notas y leía mucho. Cuando eres niño tienes tiempo para todo, ahora ya no», asegura.

Con el inicio de la universidad, la vida profesional y familiar le dio un vuelco. Primero se dedicó a los estudios, a trabajar y después a sus hijos, ya que tiene tres. Alicia es arquitecta, ha trabajado toda la vida en el campo de la consultoría inmobiliaria y desde hace tres años la ficharon en PricewaterhouseCoopers.

A pesar de su vida ajetreada, hace 15 años volvió a animarse con el deporte y ahora no hay quien la pare. «Siempre me había gustado el surf, pero me imaginaba que era una cosa de Hawái o de California. Lo más cercano que teníamos desde Madrid eran unos amigos que viven en el País Vasco y que alguna vez habían practicado. Un día en Cádiz, donde pasamos el verano, vi a unas personas surfeando y no me lo pensé dos veces. Me apunté y comencé las clases», relata. Por aquel entonces Alicia tenía 47 años. «En ese momento los niños eran pequeños y me decían: ‘No le cuentes a nadie que haces surf porque ninguna otra madre lo hace’», señala entre risas.

Pese a su afición, Alicia tenía que esperar siempre a los días de playa para poder montarse en su tabla. «Es el único deporte que puedes hacer en verano sin morirte de calor», menciona. Pero aún le faltaba algo que pudiera hacer en la capital. «Un día vi un anuncio en internet que decía: ‘¿Quieres hacer surf en Madrid?’, pinché y se trataba de un anuncio de Doc Caribbean, la tienda y escuela de skateboard», relata. Alicia decidió entonces comenzar las clases y, aunque la sensación que le produjo el skate no se parecía en nada al surf, enseguida se quedó enganchada.

De eso hace siete años y, a pesar de la incredulidad de muchos, Alicia no desistió en todo este tiempo. «Mi marido me decía que me iba a romper algo, ja, ja, ja. Pero desde el principio tuve todo su apoyo y, de hecho, fue él quien me acompañó a comprar la primera tabla», cuenta.

Aprender a patinar

De niña, ya se había deslizado sobre ruedas, pero solo en los patines sancheski, aquellos metálicos que se amarraban a los zapatos, pero que, en absoluto, son como el skate. Ahora, solo ella y el propietario de la tienda son los únicos mayores que lo practican. «Sí que hay adultos en las clases, pero todos tienen entre 20 y 35 años, no hay nadie de mi edad. He tratado de llevar a alguna de mis hermanas, pero ninguna se ha apuntado», se lamenta.

Ella, en cambio, se quedó enamorada desde el primer momento. «Al principio Borja, el profesor, me cogía las manos las primeras veces que me monté en la tabla, mientras me acostumbraba a la sensación de no estar sobre suelo firme, pero el skate es mucho más simple de lo que la gente se piensa. Es cuestión de balancear el peso sobre el pie de adelante», explica. «El truco es que si algo te da miedo, lo intentes. Muchas veces no se trata de algo racional, sino la reacción que tenemos a lo desconocido», afirma convencida.

Sin embargo, no todo ha sido fluir. «Una vez vino mi marido a verme, me quise lucir y caí sentada. Me descolgué por una pendiente y después intenté hacer un derrape que no controlaba y salí volando. Tuvo que entrar una ambulancia al Retiro para llevarme al hospital», relata sin muchas lamentaciones.

Alicia estuvo algunos meses sin poder patinar, mientras se soldaba la vértebra, pero más allá de eso, la lesión no fue incapacitante, a pesar de que le dio la lata. «En el hospital me hicieron una radiografía y me dijeron que no tenía nada, así que me fui a mi casa a seguir con mi vida. Pero me siguió doliendo, entonces decidí ir a otro médico y me confirmó que sí estaba fracturada. Me puso un corsé mientras me recuperaba, pero me acostumbré enseguida, de hecho, me lo podía quitar para bañarme. Creo que es más incómodo partirse un brazo», apunta.

Pero ni en esas circunstancias Alicia se planteó dejar de patinar. «Mientras me recuperaba, veía vídeos, soñaba con volver a montarme en la tabla», dice. Para volver, mejoró su equipamiento. Ahora utiliza casco, coderas, un pantalón especial con protección en las caderas, las rodillas y el coxis y también una especie de tortuga, como la llama ella, para reforzar el cuidado de la espalda.

«Ir con protecciones te da seguridad y te permite progresar más, porque si vas con miedo, no avanzas», sentencia. «Lo que aprendí después de esa caída es que no hay que arriesgar más allá de lo que puedes controlar. Te adaptas a tus posibilidades y eres constante para poder hacer más cada vez, no tiene sentido atreverse en exceso», dice. También insiste en que la clave es divertirse: «Yo no hago trucos ni nada. No te creas que soy la que más rápido va. Yo con esto no quiero demostrarle nada a nadie, solo pasarlo bien».

 Una pequeña celebridad

Alicia ha aparecido en uno que otro vídeo del Instagram de su profesor, y por eso algunos la reconocen en la calle, no pasa desapercibida. «Una vez iba en el patinete y una niña le dijo a su amiga: ‘¡Mira, una vieja!’. Me hizo tanta gracia que casi me caigo», cuenta.

Alicia está segura de que se quedó porque avanzó a su propia velocidad. Ahora programa salidas dos veces a la semana con el grupo de estudiantes o solo con su entrenador, Borja, a quien a veces le pide que le sujete las manos cuando siente que no está muy segura. «Es cuestión de equilibrio, que si no tienes mucho, se puede trabajar, pero más allá de eso, es como cualquier otro deporte. Fíjate, escalar o los paracaídas sí me dan miedo, pero el skate no, estás muy cerca del suelo», dice convencida.

A pesar de su vida ajetreada, siempre saca tiempo el fin de semana para deslizarse. «Lo bueno del skate es que desfogas mucho. Te da mucha energía para trabajar y para estar contenta, no es solo la parte física, es también la mental», asevera.

Está segura de que hacer deporte al aire libre es buenísimo a cualquier edad, así que también empezó a hacer esquí en Navafría, a solo una hora y media de Madrid, y convenció a unas amigas para crear un grupo de marcha nórdica. «Si alguien tiene la inquietud de empezar a hacer cualquier cosa después de los 60, que no se detenga. Te cambia la vida. Muchos no intentan las cosas por miedo a que no salga bien, pero no hay que ser el mejor en nada. Solo hacer lo suficiente para pasarlo bien», aconseja divertida. A Alicia no hay quien la pare.