Un año de la guerra en Ucrania: «Escogimos Galicia porque era el sitio de España que nos daba más paz»

ALEJANDRA CEBALLOS LÓPEZ / S. F.

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En el Escondite Inglés.De izquierda a derecha: Maksym, Sofiia, Maryna, Andrés, Maria y Katerina.
De izquierda a derecha: Maksym, Sofiia, Maryna, Andrés, Maria y Katerina. MARIA KONISHEVSKA

Decidieron no ser refugiadas, pero no podían aguantar más el estrés de los bombardeos. Aprovecharon los 90 días que pueden venir a la Unión Europea para darse un respiro y una aldea de Lugo fue el destino elegido

23 feb 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

En febrero del 2022 ocurrió lo que jamás pensaron: Ucrania fue bombardeada por Rusia. Hace un año empezó la guerra y desde entonces las vidas de Maria Konishevska (1984, Kiev) y Maryna Kapinos (1982, Donestk) cambiaron para siempre. «Parecía surrealista que este tipo de cosas ocurrieran en el siglo XXI. Hemos perdido amigos, familia, la vida de todos ha cambiado de una u otra manera», sentencia Maryna.

Maria es fotógrafa, propietaria de uno de los más grandes estudios fotográficos en Ucrania, y Maryna es arquitecta. Ambas tenían proyectos que marchaban a la perfección, pero con la guerra perdieron sus principales fuentes de ingresos. Entre los bombardeos y la imposibilidad de saber lo que vendrá, la incertidumbre y el estrés se han vuelto el pan de cada día.

El 23 de febrero Maryna estaba en casa atravesando los síntomas del coronavirus mientras su esposo Alexander viajaba a casa de su madre, con quien estaban los hijos de ambos también afectados por fiebres altas. A las cinco de la mañana del 24 de febrero comenzó el bombardeo. Alex llamó a Maryna a decirle que había empezado la guerra, se montó en el coche con los niños, también contagiados de covid, y emprendió su viaje a Kiev para encontrarse con su mujer. «Tardó muchísimo en llegar. La gente estaba en pánico y había muchísimo tráfico», recuerda ella.

Se reunieron la tarde de ese día con la intención de irse para Alemania, donde habían vivido durante tres años, así que tenían contactos a los que podían recurrir, pero fue imposible dejar el país. «Los hombres no podían cruzar la frontera. Así que decidimos quedarnos. Yo pensaba que sería más fácil sobrevivir si estábamos todos juntos, pero los dos primeros meses estuve en estado de shock, no era capaz de comer o hacer básicamente nada. Al final, el sobrevivir a los bombardeos y que nuestros amigos estuvieran allí también nos ayudó a sobrellevarlo», explica Maryna.

María, por su parte, tenía una escuela y estudio de fotografía, un salón de eventos y un café familiar con su marido. Tuvo que cerrarlo todo el 24 de febrero. «Mi complejo residencial fue bombardeado, muchos apartamentos sufrieron daños, esperábamos que la guerra se detuviera en algún momento, pero continúa», dice ella.

Huyó con su madre, sus hijos y sus tres perros a la República Checa como refugiada y comenzó a trabajar en edición para fotógrafos estadounidenses, fue su manera de conseguir un poco de dinero.

A pesar de estar a salvo allí, Maria no estaba del todo bien. «Ser refugiado implica mucha presión moral, sentía que cosas tan básicas como salir eran inapropiadas, así que en junio volví a Ucrania», explica.

«En primavera empezaron los bombardeos en Kiev —donde vivimos— y tanto niños como adultos estábamos en un estrés psicológico constante, nos sentíamos siempre en peligro. Nos refugiábamos en sótanos, o en el corredor de casa —la recomendación sugiere estar lejos de las paredes que dan a la calle—», explica Maryna. «Quería pensar que este horror no duraría tanto tiempo, pero ya ha pasado un año y solo se hace más complejo», señala.

Travesía hasta Galicia

Con el bombardeo de las centrales eléctricas, todo se volvió peor. «Estábamos sin electricidad, sin agua ni calefacción. Los niños ni siquiera podían acceder a la educación virtual», denuncian. Así que empezaron a planear un viaje. «Teníamos que sacar a nuestros hijos del ambiente de la guerra, aunque fuera temporalmente, queríamos una reconexión con la naturaleza, silencio, calor de hogar», apunta Maryna.

 Querían un lugar alejado de la civilización que les permitiera recargar fuerzas. «Sabíamos que queríamos ir a España, pero nos imaginábamos un lugar cálido en el sur. Sin embargo, cuando empezamos la búsqueda, en Airbnb encontramos el Escondite Inglés en A Famulia (Pantón). Vinimos a Galicia porque fue el lugar que más paz nos transmitió», señala Maryna. Empezaron a planear. Tendrían que recorrer 4.000 kilómetros desde Kiev hasta su destino: Lugo.

El 4 de enero Maria y Maryna se embarcaron en un viaje con dos coches, sus hijos y sus mascotas. En la primera etapa condujeron 10 horas entre Kiev y Mukachevo, aún en Ucrania; al día siguiente fueron Ljubjana, en Eslovenia; después condujeron 10 horas más hasta Ormea, en Italia, donde descansaron 10 días en una casa del siglo XVII. En las dos últimas etapas condujeron a Francia y de allí hasta Galicia.

Llegaron de noche, en medio de la lluvia intensa, así que no se enteraron de mucho, «pero al entrar en la casa y ver la chimenea y los muebles auténticos, supimos que era la indicada, es un hogar con mucha alma. Los primeros diez días no nos movimos, lo máximo era ir a hacer las compras, pero no más», relatan.

También han visitado la Ribeira Sacra, la playa de As Catedrais...; han disfrutado del vino local, de la gastronomía, de los quesos con denominación de origen y dentro de pocos días se irán para Baiona, a pasar un mes frente al mar. «De no haber sido por la guerra, probablemente no hubiéramos venido aquí, pero estamos encantados con Galicia. La gente es muy solidaria, los paisajes son increíbles, hemos encontrado la tranquilidad aquí», dice.

De acuerdo con los permisos de permanencia de la Unión Europea, pueden pasar 90 días cada seis meses en el territorio, al finalizar ese tiempo, regresarán a Kiev. «Amamos nuestro país sobre todas las cosas, extrañamos nuestra casa y a nuestra familia. Retornaremos a finales de marzo, cuando expire nuestro tiempo para estar fuera», explica Maryna.

A pesar de este tiempo para desconectarse, no dejan de estar en contacto con sus familiares. «No hemos apagado las alarmas de bombardeo de nuestros móviles, así que a veces estamos caminando y suena la sirena. Lo primero que hacemos es llamar a nuestros hogares para asegurarnos de que todos están bien», explican.

Aun así, han logrado recuperar un poco de tranquilidad. «Tenemos ganas de actuar, al fin y al cabo, nuestro corazón está con Ucrania y con nuestros familiares que se han quedado allí. Sentimos que tenemos la fuerza restaurada, vamos recuperando la estabilidad psicológica. Esperamos que pronto acabe la guerra y la gente pueda visitarnos, también tenemos un país hermoso», concluyen.