Nacho Dean, tres años caminando para salvar el planeta: «En la cima de los Andes costaba enfocar para que no saliera una lata o una bolsa en la foto»

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CEDIDA

Este malagueño ha recorrido durante tres años el planeta a pie y ha unido a nado los estrechos que separan los cinco continentes

21 ene 2023 . Actualizado a las 11:09 h.

El 21 de marzo del 2013 partió del kilómetro cero de la Puerta del Sol hacia el este por la calle Alcalá con el objetivo de dar la vuelta al mundo caminando para documentar el cambio climático. El 20 de marzo del 2016 regresó al punto de partida por el oeste, por la calle Arenal. Recorrió cuatro continentes, 31 países, 33.000 kilómetros a pie en defensa del medio ambiente. «Fui en solitario, sin asistencia e ininterrumpidamente, con lo cual la dificultad y la inmersión aumentaban al máximo. Tenía un pequeño equipo en España que me ayudaba en cuestiones logísticas y de comunicación», cuenta Nacho Dean (Málaga, 1980).

 El compromiso de este malagueño con el planeta viene desde muy temprana edad. «Ha formado parte de mi educación, siempre se me ha inculcado el amor por la naturaleza, por el senderismo, la escalada, el estar en el mar, el dormir en tienda de campaña al aire libre... A medida que iba creciendo y me he ido formando, esa educación más irracional fue cogiendo forma y tomando un enfoque más científico».

Estudió Publicidad y Relaciones Públicas, dice que «el saber no ocupa lugar», pero también un grado de Medio Ambiente, «lo que verdaderamente me gusta». Fruto de esa formación académica y de su bagaje personal de haber vivido en muchos sitios, de haber practicado muchos deportes, de su afición por la fotografía, por la escritura, nació ese proyecto que le llevó a recorrer el mundo caminando. Se lio la manta a la cabeza y se echó a la carretera, no sin antes abrirse perfiles en todas las redes sociales. «Si tengo algo que contar, tiene que haber alguien que lo escuche». Tenía claro que caminar era la mejor manera de documentar el estado de los ecosistemas terrestres: selvas, desiertos, ciudades, montañas... Con sus propios ojos comprobó el estado en el que se encuentra la Tierra. «Pude ver la cara y la cruz de una misma moneda. Me di cuenta de que vivimos en un planeta espectacular. Ahora que estamos buscando vida en otros planetas, en plena carrera espacial, si encontráramos un planeta como la Tierra en otra constelación, se nos abriría la boca tres palmos. Cielos estrellados, auroras boreales, especies que has visto en libros y en documentales, verlas con tus propios ojos, una cantidad de especies de fauna y flora...». Lamentablemente, Nacho no puede obviar la otra cara. «Un medio ambiente muy castigado como consecuencia de la actividad humana. He podido documentar las tres grandes amenazas que forman parte del cambio climático: el calentamiento global, cómo aumentan las temperaturas, cómo se están deshelando los polos, la subida del nivel del mar...; los alarmantes niveles de contaminación por plásticos, por CO2, por vertidos químicos en los ríos que van a dar al mar; y por último, algo de lo que se habla poco, pero que es muy preocupante, de la pérdida de la biodiversidad. Según informes de las Naciones Unidas, en los últimos años ha desaparecido más del 50 % de la biodiversidad mundial por la degradación de los hábitats y de la invasión de los ecosistemas por parte del ser humano». 

BASURA EN EL ÁRTICO

Asegura que la radiografía no es positiva, «tristemente no se salva ninguna zona, todo está afectado», pero sorprende cuando cuenta que «en la cima de los Andes, a 5.000 metros de altitud en una reserva de la biosfera, tenías que enfocar bien para que no saliera una lata, una botella de plástico o una bolsa». También describe cómo en Bolivia, que perdió su salida al mar tras una guerra, a modo de reivindicación, cuando los camioneros cruzan la frontera hacia el norte de Chile en señal de enfado tiran sus botellas, sus latas, por las ventanillas. «Es una auténtica pena, te encuentras las cunetas llenas de basura», apunta. Pero esto no es todo. En el estrecho de Bering, en el círculo polar ártico, estuvo con los hijos de los esquimales limpiando las playas, llenando bolsas de basura. «Lo que se tira en otras partes del mundo, llega hasta ahí. Todo está conectado».

Caminaba una media de 45 kilómetros al día, «algo más de una maratón», había días en los que hacía 80 y otros 20. «Al final, son muchas semanas y caminas de un modo muy natural. Estás a la intemperie, siempre al aire libre, durante tres años... De los 1.095 días, más de 800 he dormido en tienda de campaña. Amanece y sales a caminar, y al cabo de 10-12 horas, fácilmente has caminado 40 kilómetros». Más allá del esfuerzo físico, Nacho confiesa que lo más complicado fue tomar la decisión. «Aunque una vez que te pones en marcha, surgen muchas dificultades físicas: atravesar ecosistemas que son muy diferentes a la vida aquí en España, en Occidente, de condiciones ambientales, de temperatura, de humedad, de altitud, la calidad de la comida, dónde dormir, la fauna, la cultura; y otras más mentales o psicológicas como la soledad, lidiar con situaciones muy al límite».

Sabe de lo que habla, porque en varias ocasiones vio la muerte muy cerca. «En varios momentos. Es difícil dar la vuelta al mundo y no vivir momentos complicados. Me han asaltado varias veces con machetes en países de Centroamérica, cogí la fiebre de chikungunya en Chiapas, México, estuve a punto de entrar en prisión en la frontera entre Armenia e Irán por culpa de unas fotografías, presencié un atentado terrorista en Bangladés... He vivido momentos muy al límite», explica Nacho, que viajaba únicamente con el carrito azul de la imagen, donde llevaba lo mínimo. Una tienda de campaña, un saco de dormir, una esterilla, algo de ropa, que iba lavando a mano donde podía, agua, comida, un botiquín de primeros auxilios; algo de tecnología, un portátil, una cámara, un móvil; y cuatro cosas más: un cuchillo, un frontal, una cuerda y su diario.

No llegó a tirar la toalla, pero asegura que en algunos momentos le flaquearon las fuerzas. «Es una expedición muy complicada, y por lo que comentaba anteriormente se te puede pasar por la cabeza, y piensas: ‘Este es mi sueño, mi reto, mi desafío personal, un propósito de conservación del medio ambiente... pero no tengo ninguna necesidad de ir poniendo mi vida en peligro». No volvió a casa. 

A NADO LOS 5 CONTINENTES

En realidad, sí lo hizo, pero tres años después con el objetivo cumplido. Empezó a dar entrevistas, creó una web, se dedicó a dar conferencias en los colegios, universidades, empresas, y escribió un libro Libre y salvaje (Planeta), que ya va por la séptima edición, donde narra todas las experiencias y aprendizajes, sobre todo del viaje interior, y que de alguna manera cierra el círculo de esta primera aventura. Ahí también comenzó un camino al que se sigue dedicando hoy, diez años después, de forma profesional. Porque a raíz de dar la vuelta al mundo, «te das cuenta de que tres cuartas partes del planeta es agua. Y tenía esa deuda pendiente que fue cogiendo forma y aterrizando en un nuevo desafío». Motivado por el mismo propósito, se planteó hacer por mar lo que antes había hecho por tierra. Así surge la expedición Nemo, con la que unió a nado los cinco continentes.

Lo hizo en cinco etapas. En la primera cruzó el estrecho de Gibraltar, de España a Marruecos (Europa-África); de Grecia a Turquía (Europa-Asia); el estrecho de Bering en el Ártico (América con Asia); de Papúa a Papúa Nueva Guinea (Asia-Oceanía), y por último, atravesó el mar Rojo, de Egipto a Jordania (África-Asia). Comenzó a nadar en Tarifa el 26 de junio del 2018 con la única escolta de dos barcos, que le marcaban el rumbo, iban dando avituallamiento o filmando para un documental que verá la luz próximamente. Esta primera travesía es uno de «los desafíos en aguas abiertas más exigentes», y él no era nadador profesional, pero se preparó a fondo. El primer día apenas superó los 100 metros, aunque 2.500 kilómetros después completó la expedición de la que guarda anécdotas muy curiosas.

Para cruzar el estrecho de Bering en el Ártico tuvo que pedir permiso al consejo de sabios de los inuit (esquimales) para visitar sus tierras. Y como accedieron, tuvo que aportar algo positivo. Nacho dio varias charlas en los colegios. También esta misma etapa cruzó la date line, la línea del cambio de fecha. «El estrecho de Bering son 80 kilómetros, pero a la mitad hay dos islas. La Diomedes mayor (Rusia) y la menor (Alaska) las uní nadando, que son cuatro kilómetros. Entre ambas pasa la date line. En una isla es hoy y en la otra es mañana. Puedes ver los números de la lotería, y volver», dice entre risas. Las vivencias le dan para varios libros, porque tampoco olvida que en la cuarta etapa, cuando creyó que había llegado a la meta, su equipo le dijo que se habían equivocado con las referencias, y que todavía le quedaban 12 kilómetros más. «Imagínate, ya llevaba 10 flotando en el agua con los peligros que allí había, era una zona de manglares, de cocodrilos, me había picado una medusa en la cara, tienes que beber cada 15 minutos porque el agua está a 30 grados, si no te deshidratas... Mis compañeros se fueron tirando al agua para apoyarme. Ese gesto de compañerismo es lo que te hace ir para delante. Después de seis horas, llegamos». Nacho no puede obviar que, en ocasiones, los trámites burocráticos para pedir permisos fueron incluso peores que las travesías. «Me llevó más tiempo pedir la autorización para cruzar el mar Rojo, porque es un espacio marítimo que pertenece a cuatro países que no tienen buena relación entre ellos, que tienes que involucrar a las embajadas, cartas de recomendación, reuniones... que para los cuatro anteriores».

El 5 de marzo del 2019 puso punto y final a la expedición Nemo con la que quiso lanzar un mensaje para la conservación de los océanos.