Alejandra Suárez: «Con 13 años descubrí que mi nacimiento era un secreto de la CIA»

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Asegura no tener miedo, pero sí cierto temor. Y reconoce que se está exponiendo al publicar su «Mi padre, un espía ruso». «Aunque me digan que no vaya, iré a Rusia»

13 ene 2023 . Actualizado a las 13:56 h.

Alejandra Suárez nació en Madrid en marzo de 1975. No fue hasta que tuvo 20 años cuando le puso nombre y apellidos a su padre. Nunca lo conoció. Es más, él nunca supo de su existencia. Su madre le fue tapando la curiosidad con explicaciones muy escuetas: «Que se llamaba Alejandro, que había sido un matemático alemán, muy inteligente, y que había fallecido en un accidente de tráfico cuando aún estaba embarazada». Esta versión no fue suficiente para Alejandra, y con 13 años su madre se vio obligada a darle más. «No era alemán, sino ruso. No era matemático, sino que se dedicaba al espionaje...». Pero tuvieron que pasar años hasta que descubrió que su padre había sido Aleksandr Ogoródnik, un diplomático y economista soviético reclutado por la CIA como agente en Bogotá, donde conoció a Pilar Suárez, madre de Alejandra, quien llevaba años residiendo en Colombia. Mantuvieron una relación desde 1971 hasta 1974, cuando ella regresó a España, ya embarazada. Al año siguiente él regresó a Moscú y estuvo colaborando con la CIA hasta junio de 1977, cuando fue descubierto por el KGB. Después de ser detenido, se ofreció para escribir una confesión de sus actividades de espionaje. Pidió su bolígrafo, que ocultaba una cápsula de cianuro que él había solicitado a la CIA por si se viera en la necesidad, y lo mordió. Hoy, 46 años después, su hija acaba de publicar «Mi padre, un espía ruso» (Ediciones B), donde se recogen tanto las memorias del agente de la CIA como el relato de su propia investigación. 

 —¿Cuándo empezaste a preguntarte dónde estaba tu padre?

—Desde muy pequeñita, pero con las respuestas a medias que me daba mi madre, me iba conformando. Con 8 o 9 años, ya me doy cuenta de que las cosas no cuadraban mucho. Si murió en un accidente, ¿por qué yo solo llevo el apellido de mi madre?

 —¿Qué te contaba?

—Era muy escueta, pero algo me tenía que decir para que me contentara. Me decía que era un matemático alemán, me hablaba de su historia de amor, versión para niños por decirme algo bonito sobre mi padre, que se habían querido muchísimo, que era superinteligente, que hablaba muchos idiomas...

 —¿Qué pasa en junio de 1988?

—Yo tenía 13 años, y mi madre se dio cuenta de que preguntaba mucho, porque había cosas que con la primera versión no se sostenían. Decide que nos vayamos un fin de semana a Marbella, podía haber sido a Toledo, y por primera vez me habla de la historia de mi padre. Me da una versión muy censurada, jamás me dice el auténtico nombre de mi padre. A mí me chocaba, Alejandro no es un nombre alemán, y ahí ya me lo desmiente. Me dice que no era Alejandro ni alemán, sino Aleksandr y ruso.

 —¿Te cuenta a qué se dedica?

—Me cuenta el tema del espionaje, pero muy light. Me dice que está muy atemorizada por la KGB, que no puedo contar nada. A mí me suena a película, con 13 años no soy consciente del todo del riesgo que está tratando de trasladarme. Pensándolo después, estoy convencida de que mi madre estaba muerta de miedo. Yo era muy de contar las cosas, de magnificar, y le daba miedo que hablara con mis amigos, por eso creo que no me daba mucha más información.

 —¿Te dijo quién era?

—Nunca me dijo su apellido. Me dice que había sido un ciudadano soviético, diplomático, que se habían conocido en la embajada soviética de Bogotá, que habían empezado una historia de amor, aunque nunca me llegó a contar que mi padre estaba casado, que fue reclutado por la CIA, y desde muy pronto me queda claro la lucha que tuvo mi padre contra lo que él consideraba que era el engaño al pueblo soviético. Me dijo que tuvo un accidente: «No sé cómo...». Estoy convencida de que cuando me contó la historia no sabía cómo había muerto mi padre. Yo creo que la CIA nunca le contó qué pasó realmente. A finales de 1977, mi padre ya está muerto, y mi madre sigue escribiéndole.

 —¿Y cuando tú lo descubres, se lo dices?

—Mi madre tiene alzhéimer, tenemos una relación muy complicada como habrás leído, e incluso unos años antes de estar peor con su enfermedad, ya no hablábamos demasiado.

 —¿Cuándo descubres que tu nacimiento fue un secreto de la CIA?

—Eso me queda claro, entre comillas, desde el principio. Ese fin de semana de Marbella descubro que la CIA le quiso ocultar a mi padre mi nacimiento. No me lo dice claramente, pero me da a entender que nadie sabe que yo existo, y que nunca podré decir que soy hija de él. Ella me dice que es algo que se ha ocultado, y que el mundo no sabe de mi existencia. Obviamente, en ese momento la CIA sí lo sabe, pero ella no me cuenta su relación con la agencia, de cómo le hacían llegar las cartas de mi padre... De todo eso mi madre no me habla. Eso lo descubro después, y veo que, mientras mi padre está en Moscú, hay un intercambio de correspondencia. Realmente, yo creo que la Unión Soviética hasta más adelante no lo supo, por eso la publicación de estas memorias es exponerme. Un comandante de la KGB, que no trabajó nunca en el caso, pero conoce la historia, me dijo que fueron conscientes de mi existencia muchísimos años después.

Mi padre se murió sin saber de mi existencia

 —Tu madre le llegó a hablar de ti en una carta que nunca le fue entregada, ¿no?

—Mi madre y la CIA acordaron que no se lo iban a decir para que él no tuviera una preocupación añadida. Pero cuando mi madre vio que el contacto escaseaba, ella tomó la decisión de decírselo, aunque esa carta no le llegó a mi padre. Mi padre murió sin saber de mi existencia.

 —¿Crees que hubiera cambiado el curso de la historia si él lo hubiera sabido?

—Es posible. Una de las cosas que me comentan es que no estaba previsto que mi padre estuviera tanto tiempo en Moscú haciendo esta misión para la CIA. Es raro que un agente de inteligencia esté encubierto más de un año, y ellos habían puesto el tope en dos. Yo creo que ellos habían planeado incluso cómo hacer la extracción de mi padre, pero nunca llegaron a hacerlo, porque lo descubrieron.

 —Y un día en el trastero encuentras las cartas y te enteras de que tu madre sí tenía contacto con la CIA.

—Exacto.

 —¿A medida que vas descubriendo la imagen de tu padre va cambiando?

—Cada vez hay más admiración, más orgullo. Me llegó una carta de una persona desconocida de la CIA que me dijo cómo de importante era la información que él facilitó. Pero a mí lo que me hace sentirme orgullosa es el riesgo que el tomó, cuando decide luchar por demostrar cómo está siendo engañado su pueblo desde dentro... En Bogotá ya estaba trabajando para la CIA, podía haber pedido asilo político y haberse quedado en Occidente, pero decide volver a Moscú asumiendo un riesgo. Me da más orgullo eso que la trascendencia de la información que pudiera pasar.

 —¿Quién crees que lo traicionó?

—Hay varias teorías, y adonde más apuntan es a Karel Koecher, un doctor checo, que trabajaba al revés que mi padre, aparentemente hacía traducciones para la CIA, pero realmente su lealtad estaba con el KGB. Parece ser, aunque él niega que diera el nombre de mi padre, probablemente porque dio varias opciones de personas que podían ser, que facilitó datos (por ejemplo, que tenía que ser una persona que había estado en la embajada soviética en Bogotá) gracias a los cuales descubrieron que era mi padre.

 —Después de que en el 2018 dos colombianos, que trabajan en un documental para tu padre, colocaran en su tumba una nota dirigida a familiares en la que ponía que tú estabas tratando de localizarlos, recibes noticias.

—Que cuatro meses después de dejar esa nota la encuentren y contacten conmigo es alucinante. Mis tíos paternos me escriben una carta y parece que me querían conocer, al menos en ese primer momento.

 —Pero una segunda carta escrita por tu prima Elena ya te hace sospechar.

—Yo ahí todavía estoy como muy lanzada, les mando fotos de mi familia... y cuando llevó seis meses hablando por email con mi prima, veo una serie de cosas que me hacen sospechar: no quiere hablar por teléfono, me manda fotos muy impersonales... Hablo con Martha Peterson, —una oficial de la CIA ya jubilada que cuenta por primera vez la historia de Aleksandr Dmítrievich Ogoródnik como espía de la CIA y con la que Alejandra entabla relación— le mando todos los emails, y me dice: «No te puedo decir más, solo ‘corta la relación', porque esta gente con la que estás hablando no son tus primos».

 —¿Tienes miedo?

—Miedo real no, tengo cierto temor. Realmente empiezo a tener más miedo cuando coincido con Serguéi Jirnov, excomandante de la KGB, porque antes yo no era consciente, pensaba: «¿Qué interés van a tener en hacerme algo a mí?». Y él me dice: «La historia de tu padre sigue estudiándose como un caso de espionaje en Rusia, y tú eres la prueba viviente de que la versión que contaron es mentira». Se decía que mi padre poco menos que había sido un pelele, que la CIA le había engañado, chantajeado, para que él no tuviera más remedio que espiar para ellos.

 —¿Tus investigaciones echan por tierra la versión «oficial»?

—Es que la historia de amor de mis padres es verdadera, y todo lo que yo cuento, lo que he descubierto a través de los papeles de mi madre, y yo soy la prueba de que había más allá y de que no es cierto la historia, que a día de hoy los gobernantes rusos siguen contándole al pueblo ruso sobre quién fue mi padre. Que un excomandante del KGB te diga: «No vayas a Rusia», «un caso nunca está cerrado», una frase que me impactó mucho, o «Putin no perdona a nadie».... pues cierto temor tengo, no tanto por mí, porque yo voy a ir al fondo de esto, por mucho que me digan que no vaya, yo iré a Rusia, tengo que ver la tumba de mi padre, contactar con mis auténticos familiares, pero tengo hijos y eso es lo que me ha detenido un poco hasta ahora. Cuando siento cierto temor es más por ellos que por mí.