Juan José López, director de la residencia Campolongo: «Un padre no abandona a un hijo porque se porte mal, ¿por qué con los mayores es la excusa?»

Alejandra Ceballos López / S. F.

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RAMON LEIRO

En esta residencia de Pontevedra hay cien personas mayores viviendo. El director asegura que hay familias que visitan todos los días a sus abuelos, aunque «da la impresión de que como sociedad los hemos olvidado», dice.

06 ene 2023 . Actualizado a las 21:04 h.

Juan José López Peña es el director de la residencia de la Xunta de Galicia Campolongo, en Pontevedra, con 100 mayores internos. Hace algunos días publicó una columna de opinión sobre la soledad en la vejez. Además, puso a rodar entre sus contactos de WhatsApp un mensaje con el que los invitaba a hacer cartas de Navidad a los ancianos residentes. Recibió 10.111 misivas que, en sus palabras, lo hicieron retractarse del error de pensar que se estaban agotando las personas buenas. Su experiencia pone un punto de luz en cómo nos comportamos como sociedad con nuestros mayores.

—¿Cuál es el principal motivo por el que los mayores llegan a la residencia?

—Hay de todo. Gente sin familia, otros con un grado de deterioro muy grande y las familias no se pueden hacer cargo, algunos vienen voluntariamente porque sienten que ya no pueden estar solos. Cada vida es un mundo.

—¿Hay una sensación generalizada de los mayores respecto a la soledad?

—No pretendo hacer juicios de valor. Cada uno tiene sus posibilidades, pero tengo la impresión de que, como sociedad, nos hemos olvidado de una generación que ha dado mucho al país y merecen un reconocimiento. No en términos de medallas, sino de incorporarlos, que al menos una vez al día nos acordemos de ellos, y dentro de nuestras limitaciones, les hagamos sentir que son importantes para nosotros. Se trata de poner en valor que las familias no se crean por tener el mismo apellido, sino por el cuidado de los otros. Ellos nos atendieron a nosotros y ahora nos toca a nosotros cuidarlos a ellos.

—Muchas personas no podrán hacerse cargo de sus padres cuando eso requiere dedicación total...

—Es como con los hijos, la realidad es que hay que trabajar, claro. No te digo que estés todo el día con ellos, pero sí que pases tiempo de calidad con tus padres o abuelos. Como sociedad, todos tenemos que hacernos cargo. Que en nuestra vida cotidiana les dediquemos al menos cinco minutos al día a los mayores.

—¿Hay alguna situación particularmente compleja?

—Hay situaciones que me duelen. Cuando alguien me dice: «Bueno, a lo mejor se han portado mal», yo pienso que no hay ningún niño o joven que se haya portado bien el 100 % de las veces. Un padre no abandona a sus hijos porque se porten mal una vez. ¿Por qué con los mayores sí es la excusa?

—¿Qué tendríamos que hacer?

—Lo importante es no desconectar a los jóvenes de los abuelos, ellos son el acervo cultural. Tenemos que volver a la idea de comunidad. En la tribu, no iban a cazar, eran los sabios, daban consejos… Así que ahora debe ser igual. Deben ser parte de la familia, residan donde residan. La riqueza que tiene esta generación, la tenemos que transmitir a los siguientes.

—¿Cómo compaginarlo con otras obligaciones?

—Es que no digo que lo cuides todo el tiempo. Si vives en A Coruña, tu padre o abuelo está en una residencia en Pontevedra, no tienes que ir todos los días, pero seguro que una vez a la semana puedes ir. Así sea una vez al mes, o llamar. Hagamos ese esfuerzo, con una gota que cada uno ponga, hacemos la diferencia. También es cierto que hay familias que van todos los días, así sea solo 5 minutos, y eso también hay que reconocerlo.

—¿Hay restricciones en la residencia?

—Las únicas que hay son de corte sanitario, cuando toca, pero estamos siempre deseando que las familias vengan. Yo sé que trabajan y tienen cosas que hacer, pero que no se olviden de ellos. Queremos esto lleno de vida.

—¿Qué consecuencias trae la soledad?

—Está superestudiado. La soledad y el aislamiento social generan depresión. Empezó a estudiarse con los primeros casos del síndrome de Diógenes, pero no solo se da en los humanos. Desde la misma zoología se ve. No solo afecta a nivel mental, sino también a nivel físico. Si esa soledad es a nivel familiar, imagínate...

—¿Tener que ir a una residencia les afecta mucho?

—Yo siempre digo que una residencia es un lugar donde de pronto toda tu vida cabe en una maleta y en una habitación, fuera de tu pueblo y de tu historia… A los 80 tienes que volver a empezar y eso es durísimo. Si eso no se acompaña de todo el apoyo de la familia y vecinos que se hacen presentes en ese momento, estamos generando depresión, pero vamos…

—¿Desde la residencia hay alguna estrategia?

—Somos seres gregarios, necesitamos estar juntos. En la residencia tenemos una idea muy grande de comunidad. Procuramos estar muy unidos y ellos tienen que ser capaces de comunicarse. Hay que combatir la soledad.

—¿Por qué crees que hemos perdido la conexión con los mayores?

—Yo creo (es una opinión) que nos hemos empeñado en vivir tan deprisa y pensando en lo que tenemos que hacer mañana, y tan obsesionados con la juventud, que ya no hay lugar para ellos. En cine o televisión tampoco hay papeles para mayores...

—¿Por qué es importante la conexión con el pasado?

—Yo siento que la vida es una trenza. Las trenzas más bonitas necesitan tres partes. En la vida se traduce a pasado, presente y futuro, cuando enlazas las tres, hay sentido. Pero ahora nos hemos olvidado de nuestro pasado, de que hemos sido un pueblo migrante, por ejemplo, y eso es una bofetada segura por venir.

—¿Faltan políticas?

—Lo has dicho tú, tenemos que insistir, sobre todo, desde lo público. Hay que insistir en la reconstrucción de lo público. Te doy un dato: En 10 años el 60% de la población de Pontevedra capital será mayor de 65 años, eso quiere decir que tendremos que reconstruir la ciudad, que es preciosa, pero debemos adaptarnos a la sociedad que seremos. Eso tiene que ser un movimiento constante.

—¿Cómo van a ser las residencias del futuro?

—Siempre digo que las residencias del futuro deben ser un deseo, no una necesidad. Así como los chicos terminan el bachillerato deseando ir al colegio mayor, lo ideal es que los mayores deseen ir a las residencias. Hay que invertir mucho dinero porque vamos a ser muchos, por cierto.

—¿Qué hacemos a nivel individual?

—Yo lo que animo es a que cada uno entregue su gota. Ofrecer de nuestra parte donde sea hace la diferencia. Muchas gotas hacen un mar distinto.

—¿Qué piden ellos?

—El ultimo vínculo del amor es la familia, pero ese es un hueco que nosotros no podemos llenar. La queja general es que ellos tienen la sensación de que la vida se va apagando y que solo les queda esperar. Yo me rebelo, lo que yo intento transmitirles es que sigamos siempre sedientos de crear y de creer. Yo quiero que ellos sientan que vale la pena vivir.

—¿Qué papel quieren jugar ellos en este momento?

—Ellos quieren ser nuestra guía, que les escuchen. Mi abuelo me enseñó a vivir, mucho de lo que entiendo de la vida viene de mi abuelo. No es que quieran dar órdenes. Se trata de escucharlos y elegir lo que nos sirve. Cuando los escuchas, aprendes mucho.

Juan José López, director de la residencia de pública de Campolongo, en Pontevedra, donde viven un centenar de mayores. En la imagen, algunos de ellos al fondo haciendo gimnasia.

«Habéis dejado de querernos»: la durísima carta escrita en la residencia de mayores de Pontevedra

María Hermida

Juan José López dirige la única residencia pública para mayores que hay en Pontevedra, ubicada en el céntrico barrio de Campolongo. Lo hace sin morderse la lengua, como dejó claro hace unos meses en una entrevista en la que señalaba que cuando aterrizó en su puesto se llevó una bofetada de realidad: «Me imaginaba esto lleno de hijos y nietos los domingos. Y no vienen», decía. Juan José denunciaba entonces, y sigue haciéndolo, la soledad a la que están condenados casi todos los residentes, por mucho que en los centros tengan amigos y cuidadores. Y, en esa entrevista, señalaba también que la peor noche del año es la de Nochebuena, porque se cuentan con los dedos de la mano las familias que optan por llevarse a sus mayores desde la residencia a cenar a casa, algo que pueden hacer sin problema alguno si así lo desean. Y allí el ambiente, por mucho que el personal intente animarlo, es gélido. Todos echan de menos a los suyos. Vuelve a acercarse esa fecha «negra», el 24 de diciembre, y a la mente inquieta de Juan José se le ha ocurrido una conmovedora idea

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