Pilar Río:  «No me planteo no cuidar a mi madre en casa»

ALEJANDRA CEBALLOS LÓPEZ / S. F.

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VÍTOR MEJUTO

Cuando tuvo que decidirlo, Pilar no lo dudó dos veces y se fue a vivir con su madre para acompañarla tras el fallecimeinto de su padre. Madre, abuela, hija y yerno viven en la misma casa en Paderne. Así asumen ellos el cuidado de los mayores.

08 ene 2023 . Actualizado a las 23:22 h.

Vivimos, a veces, en una especie de paradoja, donde se nos insta a tener alas y luchar por nuestros sueños, viajar por ellos si hace falta, aun a sabiendas de que esto implica dejar nuestro hogar, amigos y, muchas veces, a nuestros padres y abuelos solos. «Cada persona tiene sus circunstancias», asegura Pilar Río (Betanzos, 1965).

Ella, sin embargo, no dudó en el momento de decidir entre estar con su madre o vivir en otro lugar. Cuando tenía 18 años, su padre murió de cáncer y su madre, Antonia Sabín (1930), se hubiera quedado sola cerca de Paderne, Betanzos, de no ser porque Pili, como la conoce todo el mundo, buscó un trabajo que le permitiese vivir con ella. Antonia desde ese momento se dedicó al campo para seguir manteniendo el hogar tras el fallecimiento de su marido.

Antonia y Gerardo Río llevaban 30 años casados. Él era herrero y tenía un taller en casa. Ella se dedicaba al hogar y a la huerta. Se casaron en 1954 y once años más tarde tuvieron a Pili, su única hija.

«Ambos pusieron de su parte para no tener hijos entonces», explica Pili, aunque en el momento del embarazo, su padre deseaba un varón que pudiese heredar el taller. Si bien Antonia se apresura a aclarar: «El foi moi amoroso con ela. Traballou moito, moito», dice.

Cuando él murió, ellas vendieron el hierro al chatarrero y el espacio donde estaba el taller quedó como una nave que utilizan actualmente para almacenar cosas. Antonia se quedó a cargo y con el trabajo del campo logró sacar a Pili adelante. «Semento cebolas, patacas, leitugas, fabas, millo...», enumera orgullosa, y además menciona el apoyo de los vecinos, quienes le ayudaron con la leira en el momento de la muerte de Gerardo.

Pili entonces estaba en A Coruña estudiando para ser auxiliar administrativa y, una vez que terminó, regresó a Paderne a trabajar en una cooperativa.

Su madre, entre tanto, se dedicó al campo. Un tiempo después, Pili se casó y tuvo a Candela, su única hija. «Mi madre me dijo que no podía con el trabajo del campo y ayudarme con Candela al mismo tiempo, así que yo decidí renunciar para cuidar de la niña», relata Pili, quien desde entonces se dedica al hogar, al campo y, ahora, también al cuidado de Antonia.

La vida le permitió a Pili cuidar de su madre, que hoy tiene 92 años. «Nuestras circunstancias fueron especiales. Cuando mamá se quedó viuda, yo busqué un trabajo cercano, en una cooperativa. He vivido siempre con ella. Por eso para mí vivir sin mi madre sería muy difícil. Tenemos un vínculo muy grande. Yo entiendo que hay gente que tiene otras circunstancias y que por trabajo no puede vivir con sus padres, pero en mi caso, no concibo no cuidar a mi madre en casa pudiendo hacerlo», asegura Pili.

Vivir con ella le permitió aprender del campo. «Lo más valioso, además de la compañía, es todo lo que me puede enseñar. La experiencia en la vida vale mucho. Yo sabía de números, pero no del campo», explica Pili, que una vez en casa, aprendió también todo lo relacionado con los cultivos.

En cuanto a Candela, su nieta, vivir con su abuela —dice— le ha permitido coleccionar recuerdos desde la primera infancia. «El primer recuerdo que tengo de niña es de ella bañándome, u otra vez que, siendo muy pequeña que fuimos a recoger huevos y, como yo no sabía que eran tan delicados, los tiraba. Ella me dio un sermón de que eso no podía hacerlo», narra con ternura. «No se trata solo de momentos puntuales... Mi abuela me ha cuidado un montón», aclara, emocionada, su nieta. 

No todo es perfecto

Candela y Pili saben que, como cualquier situación, esta de ahora tiene sus pros y sus contras. «No se trata de hacer del cuidado una visión romántica y decir que todo es perfecto, no es así. De hecho, somos muy similares y discutimos. Si no viviera con ella, a lo mejor estas discusiones no pasarían, pero si no hubiera todos estos roces, tampoco habría espacio para el cariño», argumenta Candela, la menor de estas tres mujeres que hacen piña.

Así que entre cuidados y horas en la huerta, pasan los días tranquilos, con la seguridad de que Candela ha crecido con el mejor ejemplo, en palabras de Pilar: la honradez y el valor del trabajo.

A pesar de los años, Antonia sigue muy activa y explica su jornada. «Pili érgueme; vísteme, e despois xa veño para a miña horta cun saquiño pequeno a quitar herbas e traballar. Eu sempre fun amiga do campo, porque me gusta ter de todo. Pero agora fóiseme a forza. Como bailaba moito de moza, agora desbástanme as pernas», bromea Antonia, quien a pesar de los años, insiste en seguir cuidando su huerta, que al fin y al cabo fue su sustento. «Es muy activa y se enfada si no tiene nada que hacer», explica su hija.

«La mejor enseñanza que le puede dejar a Candela es la responsabilidad», asegura Pili, y su hija la secunda. «Más que decírmelo, aprendí con el ejemplo. Mi abuela trabajó toda la vida en el campo, que es durísimo, pero le encantaba. Eso le permitió tener la vida que quería, más que económicamente, en términos de tener un oficio que la hace feliz. Ella trabajó de sol a sol mucho tiempo para que nosotras pudiéramos tener oportunidades y eso me ha hecho ser consciente de que no podía ser una inútil, en el sentido de no esforzarme por nada. Su enseñanza es: ‘Encuentra un trabajo que te haga feliz y haz todo lo que puedas para dedicarte a ello», cuenta Candela.

Así que en su casa han seguido el ejemplo de su abuela, su madre con el campo, donde aún recogen cebollas chatas gallegas que comercializan, y donde tienen gallinas y la huerta para autoconsumo. Candela, por su parte, estudió Derecho, hizo un máster y hoy ejerce como periodista. «Fue criada con mucha libertad. Ella tiene que tomar sus propias decisiones. Si quiere volar sola, tiene el nido abierto», asegura Pili.

La hija, sin embargo, tiene muy claro que libertad no implica olvidar sus orígenes. «Puedes tener alas y raíces perfectamente. Seguir tus sueños, ser independiente, pero no por eso tienes que dejar a un lado a gente que ha dedicado muchísimo tiempo de su vida a cuidarte. Yo me siento con mi abuela a jugar a las cartas, a lo mejor una hora, pero sé que ella me dedicó más tiempo a mí de pequeña», asegura.

«El mejor regalo que le puedes hacer a una persona mayor es el tiempo —continúa—, lo va a valorar más que nadie. A mi abuela lo que más feliz la hace es que pase tiempo con ella, incluso viendo el fútbol. Eso los hace sentir valorados, que no son un trapo viejo, que los tienes en cuenta y son importantes para ti».

Ese pensamiento, que aprendió en casa, ha sido el que le ha transmitido su madre y el que les ha proporcionado, también, tantas alegrías: la compañía, las enseñanzas y la felicidad de ver a su abuela bien con ellas.

«Como me quedé sin padre, siempre me planteo disfrutar el tiempo con mi madre, que, gracias a Dios, ha sido longeva. Disfruto mucho de las historias que me cuenta, aunque me las repita», se ríe Pili, aunque también reconoce que tanto trabajo, la humedad y el frío le han pasado factura al cuerpo de su madre, que, a pesar de no tener ninguna dolencia grave, lleva 92 años a cuestas. «Eu estou velliña, velliña», dice Antonia. «Belliña con B, de bella», la acaricia Pili.