Alfonso Díaz, empresario: «Yo sobreviví a dos ictus»

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CAPOTILLO

Sufrió en apenas diez años dos derrames cerebrales. El primero le afectó a la movilidad. El segundo, al habla y a la escritura. Pero meses después su recuperación es asombrosa. «A mí este año ya me ha tocado la lotería», dice. Y tanto

18 dic 2022 . Actualizado a las 10:48 h.

Alfonso Díaz está hecho de otra pasta. Y no solo porque este gastrónomo y empresario de aceite (Aires de Jaén) siempre esté con proyectos en mente, que también. Sino porque ha sufrido dos ictus en menos de diez años y se ha recuperado de una manera increíble en ambos casos. Él puede decir alto y claro que ha sobrevivido a dos derrames cerebrales. Y los que lo conocen y quieren también pueden respirar tranquilos. Porque durante todo el verano ha tenido en vilo a muchos amigos que lo aprecian. También a su mujer, Juana González, y a sus tres hijos: Amparo, Alfonso y María. No tiene palabras de agradecimiento por lo bien que se han portado todos con él en todo este tiempo. Eso sí, no hay quien le quite la alegría y el buen humor. Tampoco eso que siempre sabe hacer tan bien: venderse como nadie. Así, no es de extrañar que aproveche la ocasión para meter cuña publicitaria. La vena empresarial la lleva en su ADN: «Una cosa clave, que me dijeron en ambos casos y no es broma, fue que menos mal que tomaba siempre aceite bueno. Fue fundamental en mi recuperación», dice. Seguro que no le falta razón.

Pero vayamos al 26 de octubre del 2012. Ese fue el primer día que Alfonso volvió a nacer. Acababa de llegar a un hotel de Úbeda (Jaén), propiedad de un amigo suyo. Estaba tomando algo con su mujer en la cafetería cuando él dijo que se iba a la cama porque se encontraba muy cansado. En principio, todo parecía normal porque había viajado en coche todo el día desde Marín. Pero el dueño del restaurante desconfió: «Dijo: ‘A Alfonso le pasa algo. No está bien’. Y subió a la habitación para ver qué tal estaba. Cuando llegó, me sacó de la cama para llevarme al hospital». Notó que tenía la boca torcida y se puso en lo peor. «Salimos zumbando. La suerte fue que el hospital estaba a 500 metros del hotel. Nada más llegar y verlo, ya empezaron a decir: ‘¡Código ictus, código ictus!’. Y lo trasladaron a la uci de Jaén», comenta Juana, que estaba presente las dos veces que su marido sufrió un derrame cerebral.

«Este primer ictus fue muy profundo. Era una moneda al aire. No había intervención posible. Solo esperar a que se absorbiera y rezar», dice él. Se obró el milagro. Y recuperó la movilidad con una rapidez asombrosa. «El alta se la dieron a la semana porque ya andaba muy bien. Ese ictus le afectó a la movilidad. Se debió a una subida de tensión. Le saltó una vena por ahí dentro», añade ella.

Alfonso también puntualiza que por aquel entonces tenía algo de sobrepeso: «No me cuidaba. Me lo comía todo y me lo bebía todo. No me imaginaba que me iba a pasar eso. Y yo siempre decía: ‘¡Adelante! Come más, bebe más’. Era todo más». Pero desde ese día, decidió «cerrar el grifo». «A partir de ahí dejé de tomar alcohol. No bebía nada. Y si tenía que tomar una tapa, me tomaba media. Me corté mucho. Pero, sobre todo, con el alcohol. Cero. No tomaba nada. Además, tampoco era fumador. Lo dejé en el año 82», aclara. Fue así como logró adelgazar 30 kilos, ni más ni menos. Alfonso experimentó un cambio radical en sus hábitos alimenticios. Y eso se le notaba a simple vista.

El segundo ictus llegó diez años más tarde. El pasado 30 de junio volvieron a saltar las alarmas: «Él estaba con covid. Creía que le había dado un subidón de fiebre y que estaba delirando porque comenzó a gritar y a decir unas cosas rarísimas, sin sentido. Se levantó de la cama y se cayó. Se dio un golpe en la cabeza. Entonces llamé al 112 y ya llegó la ambulancia y lo llevaron al hospital Montecelo (CHOP, Pontevedra). Y ahí nos dijeron que había sido otro ictus, pero diferente al primero», explica Juana.

La arteria carótida

«Tuvo un infarto cerebral a consecuencia de que se le obstruyó la arteria carótida. Al principio lo tuvieron que estabilizar porque si le desatascaban la vena muy de repente, era demasiado caudal, y le iba a provocar más derrame del que ya tenía», continúa ella. Así de difícil se planteaba la situación. Estuvo más de un mes en el hospital, hasta que lo pudieron operar el pasado 5 agosto. Una operación que no se antojaba nada sencilla. Pero afortunadamente todo salió bien. «No está pagado lo bien que lo hicieron. Sobre todo, el cirujano Rodrigo Fernández González. No hay dinero para que yo le pague a ese hombre. Recuerdo que antes de dormirme me dijeron que pensara en algo bonito, y pensé en mi nieta Claudia, que nació el pasado mes de mayo», explica este marinense, que sabe que ahora tiene tres fechas al año para celebrar.

«Lo de la sanidad pública es espectacular. Al principio, llegué de Urgencias a Montecelo, pero luego me derivaron a la unidad de Neurología del Hospital Provincial. Estuve un mes allí y me operaron en Montecelo. No tengo palabras para los dos sitios. Todo espectacular. Superamable todo el mundo. Fue maravilloso. Un trato exquisito y una profesionalidad fuera de serie», reconoce.

En esta ocasión, el derrame le afectó al habla. Tanto es así que antes de operarse utilizaba la palabra blanco para pedir cualquier cosa. «Para mí todo era blanco. Pedía cualquier cosa y decía: ‘Dame lo blanco’. Repetía siempre eso y ‘quiero aprender a jugar al balonmano’. No me digas por qué. Mi cabeza pensaba una cosa, pero luego decía otra», aclara. Alfonso tuvo que aprender a hablar, aunque reconoce que esa parte no le costó demasiado: «La evolución fue muy bien, muy rápido. Lo que me está dando más trabajo es la escritura y la lectura. Ahora estoy con los cuadernillos de Rubio. Y el WhatsApp ni de broma. Leer un wasap es casi imposible. Y escribir menos. Pero voy evolucionando mucho. Es increíble. El lenguaje automático al hablar me sale perfecto, pero si ya quiero pensar algo más concreto, a lo mejor no encuentro la palabra».

Aun así, es consciente de que su evolución es sorprendente: «La verdad es que ahora estoy muy bien. Cuando la gente me ve por la calle no se lo cree. Durante octubre y noviembre la evolución fue espectacular —continúa—. Veía todos los días cómo mejoraba. Es increíble pensar cómo estaba hace unos meses y dónde estoy ahora. El cirujano me puso una imagen en 3D de cómo estaba mi carótida antes de operarme y solo me quedaba un capilar. Un hilito finito de vida, de sangre. Lo que hicieron conmigo fue increíble. Pero también la evolución. El cirujano me dijo que no era normal lo bien que había recuperado».

Alfonso no ha comprado ni un solo décimo para el próximo 22 de diciembre porque, como bien dice, a él este año ya le tocó la lotería. Eso sí, ya tiene en mente un nuevo proyecto hostelero para el mes de mayo. Pero le ha prometido a Juana tomárselo todo con más calma. Mientras eso no llega, las Navidades se presentan maravillosas. Toda la familia y felices. No es para menos porque en esa casa habrá un gran motivo para celebrar: Estar todos juntos. Que, aunque muchas veces no nos demos cuenta, eso ya es mucho. ¡Enhorabuena, familia!