Leticia Dolera, actriz y directora de cine: «¿Cómo le dices a un adolescente que crea en la igualdad si sabe que por 20 euros tiene sexo?»

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«Hemos sido educadas en la cultura de la violación, en que «si le has puesto cachondo, pues ahora aguántate», dice la intérprete en pleno estreno de «El fin del amor», una oda al feminismo que se estrena en Amazon Prime

01 dic 2022 . Actualizado a las 16:31 h.

Apasionada es la conversación de Leticia Dolera (Barcelona, 1981) cuando toca hablar de feminismo. Vuelve a abordarlo en El Fin del amor, la serie argentina que adapta el libro homónimo. Ella dirige los dos primeros capítulos, pero además es actriz y productora ejecutiva de la serie junto a Lali Espósito, Tamara Tenenbaum y Erika Halvorsen en un momento dorado que le llegó a los 40. Defensora del amor libre y de las parejas abiertas, confiesa que, sin embargo, no es una fórmula que elegiría para ella: «Si ya me parece difícil gestionar una relación, pienso en gestionar varias y me entra ansiedad».

—La serie ya empieza con debate feminista. Dice Lali Espósito: «Yo no compro ese concepto de empoderarse enseñando el culo».

—Sí, de hecho la presentación del personaje está muy ligada a la propia idiosincrasia a la que se va a enfrentar ella, la contradicción. Es una cosa muy humana, pero también cuando eres feminista se hace muy presente. Ser mujer feminista es aprender a vivir con la contradicción constante. Sí, ese debate inicial a mí me gusta mucho, porque además plantea otros, como el de la religión, cómo cada cosa hay que valorarla en un contexto, el tema de la simbología... Todo ello está muy presente en el feminismo

—¿Cuál es el fin del amor?

—No tengo una respuesta como tal a eso, porque es una pregunta que incluso la filosofía no ha sabido contestar. Creo que el amor es el gran tema que a todos nos atraviesa y nos mueve de una manera casi primitiva. Pero a la vez, es muy político. Lo que pasa es que a veces no somos conscientes de hasta qué punto lo es, ni de cómo nuestra forma de amar tiene que ver con nuestra educación y con el relato que ha construido nuestro imaginario. La serie hace referencia al fin del amor romántico, al fin de ese concepto de ‘existe solo este tipo de amor y es el hegemónico’. El viaje consiste en entender precisamente que no hay una sola forma de amor, de ver la religión o de ver el mundo. Ella va a tener que deshacerse de las estructuras que la construyen y la oprimen, en este caso la estructura de la pareja. Va a tener que romper  para poder sentirse libre. Pero ella misma se plantea: ‘Ok, ¿pero qué es sentirse libre?’. Tampoco lo tiene muy claro.

—¿Porque nadie lo es?

—Es que a lo mejor para sentirte libre tienes que romper unas estructuras. Pero una vez que las has roto, ¿no vas a necesitar otra estructura? ¿Y no vas a ser víctima de esa estructura? ¿Y no te vas a sentir también oprimida dentro de ella? Claro, esas estructuras las podemos traducir en la pareja, en la familia, en la religión, en el propio feminismo... Son estructuras que te oprimen, pero que también te contienen.

—La serie también habla del amor libre en contraposición a la pareja monógama.

—No es casual que uses la palabra libre, me interesa mucho que vuelvas a introducir el término de libertad. Yo creo que la pareja monógama heterosexual también debería ser libre, también se puede construir desde la libertad, y de hecho, creo que se debe. El tema es que hay muchos modelos de pareja, de relación, lo que pasa es que nos han contado uno a lo largo de los siglos, que es el del amor romántico, y que es el de la pareja heterosexual monógama. ¿Y quiénes seríamos si hubiéramos escuchado más relatos, más tipos de historias? ¿Si los cuentos que nos contaban de pequeñas de príncipes y princesas hubieran sido diferentes? ¿Cuál sería nuestra visión del amor hoy en día? No lo sabemos, ni lo sabremos.

—¿Cuál es la gran trampa del amor romántico?

—Tiene muchas aristas esta pregunta, pero quizás hay una, y es la creencia de que ahí vas a encontrar la felicidad, que una relación de pareja te la va a dar. Eso es poner mucho peso sobre la relación, sobre el vínculo y la otra persona. Tu pareja no tiene que venir a hacerte feliz. Tú puedes ser feliz, con suerte, a ratos... Pero no porque esa pareja tenga que completarte, hacerte feliz ni validarte. Por eso si el amor romántico puede volverse tan tóxico es porque se basa en la posesión: ‘No quiero perderte, porque si te pierdo ya no valgo, ya no seré feliz’. Eso luego deriva en los celos, en la inseguridad, en el miedo a perder. Construír en el miedo a perder es peligroso.

—Si amas algo es díficil no tener miedo de perderlo. ¿Se trata de que ese miedo no se apodere de ti?

—Exacto, ser muy consciente de que esa otra persona se puede ir, y tú también. El tema es que decidís caminar juntos mientras eso os sume. Y también, que eso tiene que ver con el amor romántico, que el fin del amor romántico no es la muerte, no es que ‘si esta relación se acaba yo no soy nada’, ‘ya no voy a poder volver a ser feliz nunca’, ‘si te vas, me muero’.

—La serie introduce conceptos muy cuestionados. Uno es el poliamor y otro las tecnologías del deseo, que aún se ven como algo frívolo. Pero ambas cosas ya forman parte de la sociedad...

—Es que al final el poliamor, la relación abierta, o la cerrada, es un trabajo. Sea el tipo de relación que sea lo es. Y al final a cada persona le va a venir bien un vínculo u otro, dependiendo de su momento vital. Pero a mí, personalmente, si ya me parece difícil gestionar una relación, pienso en gestionar varias y ya me entra ansiedad, estrés... no tengo tiempo. Pero hay otras personas que sí son capaces. Yo el poliamor lo practico más con los libros, las series... y no con las personas, ¡ja, ja!

—También abordáis la cultura del consentimiento. ¿Seguimos teniéndola menos clara de lo que parece?

—Es que hemos sido educadas en la cultura de la violación, en que ‘si le has puesto cachondo, pues ahora aguántate’. O ‘si has subido a su casa y os estábais enrrollando, pues chica, tienes que llegar hasta el final’. Hemos sido educadas en eso. Entonces, es normal que por lo menos las generaciones anteriores a nosotras tuvieran estas dudas y esta culpa, porque la culpa tiene rostro de mujer en nuestra sociedad. Yo te diría que a mí, personalmente, me gustaría dejar de usar el término consentimiento y usar el término deseo. Tener vínculos sexoafectivos desde el deseo. No solo consentir, sino también desear. Porque el consentimiento tengo la sensación de que deja a una de las dos partes en un rol muy pasivo, que generalmente es lo que se nos ha asignado a nosotras, ser objeto de deseo. ‘Te dejo que me desees, porque el sujeto deseante eres tú’. No, yo también quiero ser un sujeto que desea. ¿Por qué no somos sujetos que desean los dos? O los tres. O los cuatro...

—¿Qué tal esta experiencia argentina?

—Es la primera vez que dirijo algo que no he escrito yo, y que además me voy a otro país con otro equipo. Y fue en plena pandemia. Nosotros en España habíamos pasado ya el pico de covid, y en Argentina estaban a tope. Y yo decía: ‘¿Pero entonces por qué me voy yo a Argentina a rodar esto? ¡Voy a coger covid! Pero fue tan fuerte el vínculo que sentí con la historia, que es como si la decisión la tomara a mi pesar. Dije: ‘Bueno, es que yo me voy a ir a dirigir esta serie’. Me puedo pelear conmigo misma, con mi miedo a volar, al covid, a la pandemia, a rodar con un equipo que no es el mío... Pero voy a ir.

—Sabes que está todo el mundo esperando nueva temporada de «Vida Perfecta», ¿sientes la presión?

—¡Ja, ja! Es que yo ahora estoy escribiendo una nueva serie que no es Vida perfecta. Porque Vida perfecta habla de un momento de crisis vital y existencial muy concreto de las tres protagonistas, y tengo la sensación de que ahora debo aparcarlas para hablar de otras cosas y vivir otras cosas. Esas protagonistas, para retomarlas, tienen que estar en otra etapa vital, porque vienen de vivir un momento muy heavy, de mucha transformación personal. Si la retomo tiene que ser dentro de 6 años o 7, o incluso 10. Y que tengamos otra cara, incluso arrugas... Poder hablar de otra etapa de la vida. Ahora estoy escribiendo otra serie que se llama Pubertad, que reflexiona sobre la sexualidad, donde un supuesto caso de abuso entre adolescentes saca a relucir los tabúes en torno a la sexualidad de los adultos a su cargo. Y me hace ilusión contar algo en La Voz de Galicia, porque no lo conté nunca en ningún medio, y creo que si hay un medio, debería ser este.

—¿Vienes a rodar?

—Voy a dirigir teatro por primera vez para la Sociedad Cervantina, para inaugurar el teatro. Es una obra que va a estar dirigida por la sociedad y protagonizada por Celia Freijeiro. Vamos a tomar el monólogo de la pastora Marcela del Quijote, y la dramaturga María Folguera ha escrito un prólogo y un epílogo. Porque claro, nosotros no vamos a contar el Quijote, vamos a contar la historia de Marcela. Es algo muy interesante, porque de repente Cervantes, en el 1600, está dándole voz a una mujer que sale a hablar por sí misma y se defiende a sí misma delante de un grupo de hombres. Estoy muy ilusionada por volver a dirigir a Celia Freijeiro, que me parece una de las mejores actrices que tenemos en España. Es un privilegio que haya protagonizado Vida Perfecta y dirigirla ahora me parece un sueño. Sería genial llevar la función a Galicia.

—Volviendo a «Pubertad», ¿cómo es posible que entre los jóvenes haya todavía tanto machismo y abuso encubierto?

—Yo te diría que solo se puede acabar con esto yendo a la raíz. Entonces, es necesario acabar con la prostitución. Que aunque parezca que no, que tú sepas que los cuerpos de las mujeres están para ser alquilados, para satisfacer los deseos de los hombres es algo muy fuerte. Y cómo le vas a decir a un adolescente que tiene que creer en la igualdad cuando sabe que por 20 euros puede conseguir una mamada en los polígonos de su barrio. La prostitución me parece un tema a abordar, radical. Tenemos a cientos de miles de mujeres siendo explotadas a diario, con las secueles físicas y psicológicas que luego van a sufrir. Pero es que hay cientos de miles de hombres alquilando cuerpos. Igual que hubo un pacto de Estado contra la violencia machista, también debería haber un pacto de Estado para consensuar una educación sexual de mínimos en los colegios, donde términos como el consentimiento y el deseo los niños los entendieran. Porque ¿dónde aprenden la sexualidad hoy en día los chavales? En el porno. Y el porno es una escuela de violencia sexual.