Vanesa: «Fue emocionante abrazar a mi abuelo después de tres años sin vernos»

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Su primer propósito del año fue coger un avión para volver a Galicia y ver a su abuelo Manuel. «Nos abrazamos, le cayeron las lágrimas... y en unos minutos ya estábamos jugando a la brisca»

01 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Vanesa nació en Galicia y Galicia no la olvida, por más que esta viajera con raíces en Frades se fuese a vivir a Canarias con 9 años. Ella siempre tiene esa cosa de «Voy a ir a Galicia, tengo que ir, ya llevo mucho sin ir...» y solo el parón de la pandemia le trastocó la pauta de venirse un par de veces cada año. «Con la pandemia, pasé casi tres años sin poder ir. Todo ese tiempo estuve sin pisar Galicia, sin ver a mi abuelo y a mis amigas de la infancia», lamenta.

Sus primeros nueve años, Vanesa se crio en Frades con los abuelos paternos, que vivían en la casa de al lado y la cuidaban a ella y a su hermano cuando sus padres iban a trabajar.

Cuando tenía 7 años y su hermano 1, su padre se quedó sin trabajo y se puso a buscar empleo en el periódico. «Así encontró una oferta de trabajo en el norte de Tenerife, en el Puerto de la Cruz. Llamó y lo contrataron». Se fue para unos meses, con la idea de volver a Galicia. Ese mismo año, en cuanto acabó el colegio en junio, Vanesa se fue con su madre y su hermano a ver a su padre a Tenerife. Pasaron todo el verano en la isla, con la idea de regresar a Galicia en septiembre. «Mi madre tenía el billete de vuelta para volver en julio y lo canceló, luego era para principios de septiembre y lo canceló. Y nos quedamos allí», resume Vanesa. A sus 9 años, este fue un giro de la vida que la marcó, porque en Frades se quedaba entera su pequeña biografía, la casa, los abuelos, las amigas.

El brillo de esos primeros años no se apagó. Como tampoco la admiración y el cariño por su abuelo Manuel, de 85 años, que vive (ahora con el padrino de Vanesa) en la casa donde vivía cuando ella se marchó a Tenerife de niña. «Hay algo que tienes que saber de mi abuelo... —avisa—. Mi abuelo es un abuelo de verdad, que no ha tocado un teléfono en su vida. Cuando llamábamos, era mi abuela la que lo cogía y nos contaba. Y escuchábamos: ‘A ver, ho, vés falar cos rapaces ou que?’. Pero él nunca llegaba a ponerse. Yo, que soy cabezona, me empeñé en que el abuelo se pusiera al teléfono», dice. Tanto le calentó la cabeza a la abuela que él terminó por rendirse a su nieta y al teléfono.

«Cuando escuché por primera vez el ‘¿Qué pasa?’ de mi abuelo, me giré hacia mis padres: ‘El abuelo está al teléfono!’. Mi padre me dijo: ‘No te creo’. Era difícil de creer. Mi abuelo no habla con nadie por teléfono, solo conmigo», cuenta la orgullosa nieta. Este fue un triunfo anterior a que estallase la pandemia. Desde entonces, Vanesa y el abuelo hablan, escuetamente, por teléfono al menos una vez al mes. Pero por teléfono como en persona, lo saben abuelo y nieta, no es...

El vínculo que une a Vanesa con su abuelo es especial: «Yo fui su primera nieta y esto es un punto a mi favor, sin querer desmerecer a mi prima y a mi hermano... Fui además la primera niña, porque mis abuelos tuvieron tres hijos varones. Cuando nací, mi abuela ni esperó a que mis padres decidieran quiénes iban a ser los padrinos. La abuela paterna, Edelmira, se plantó: ‘Se eu non son a madriña, a nena non entra na casa!’. Ella nunca quiso que la llamásemos abuela, sino madrina —relata Vanesa—. Ella es la madrina de los tres nietos».

UN VIAJE SORPRESA

Cuando la abuela enfermó hasta quedar encamada, se estrechó la relación entre Vanesa y el abuelo, que pasaron casi tres años sin poder verse por la pandemia. Ver y abrazar al abuelo fue, de hecho, el primer propósito de año nuevo para Vanesa, que compró los billetes para volar a Coruña tres meses antes del viaje, considerando las dificultades que podían implicar los protocolos por el covid. El viaje, cuenta, fue sencillo; «con el certificado de vacunación tienes las puertas abiertas». Antes de venirse a Galicia, Vanesa hizo también «una cuarentena voluntaria» para minimizar los riesgos.

Enero empezó con novedades. El año estrenó la emoción del reencuentro. «Aparecimos sin avisar, por sorpresa. Primero iba a viajar yo sola, después se apuntó mi madre y más tarde se apuntó mi padre. En realidad, quería ir sola, ¡pero se subieron al carro y se metieron en la maleta!», bromea.

«Llegamos con el coche desde el aeropuerto. En casa estaban mi abuelo, mi padrino y uno de los vecinos, que es cuñado de mi abuelo. Cuando vieron el coche acercarse, se asomaron todos de golpe a la ventana. Yo, que iba conduciendo, fui la primera en bajar. A mi abuelo le empezaron a caer las lágrimas. Entramos, nos abrazamos y fuimos a ver a mi abuela a su habitación. Fue emocionante poder abrazar a mi abuelo... Lo abracé, ¡y en unos minutos ya estábamos jugando a las cartas! A la brisca».

La visita exprés de tres días curó la morriña de tres años. «Fue breve e intensa. Me preguntaron por mi pareja, me hicieron la pregunta típica de cuándo me voy a casar... ¡No te digo el número de veces que me dijeron si había viajado para invitarles a la boda!», cuenta con humor. Vanesa también se reencontró este año con Noelia y Tania, las amigas a las que dejó de ver a diario a los 9 años, pero con las que nunca perdió el contacto. «Son esas amigas con las que puedes estar sin hablar un año y cuando las ves parece que hubieseis estado juntas ayer», explica Vanesa, que es de amistades «fuertes, de las que aguantan» la prueba de fuego de la distancia y los cambios.

Viajera apasionada que sueña desde pequeña con recorrer el mundo, Vanesa lleva el blog La ardilla voladora, en el que descubre paraísos en Galicia y en Canarias, además de ofrecer rutas en otros destinos de Europa y Asia.

La aventura que más la marcó fue hacer con su novio, Juan, el Camino de Santiago. Esa fue su última escapada antes de que la frenase la pandemia. «Había estado mil veces en la plaza del Obradoiro oyendo al gaiteiro, pero completar el Camino y llegar a la Catedral fue muy especial. Oí al gaiteiro y me eché a llorar como nunca. Ahora, al recordarlo, también siento ganas de llorar», dice Vanesa, que cuenta otra vez los días para volver a abrazar al abuelo. Ella confía en que dentro de diez díaz estén jugando a las cartas...