Javier Martín (actor) : «Estuve a milímetros de tirarme por la terraza, pero pensé en mi marido»

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Lo conocimos en «Caiga quien caiga», pero hoy nos habla del trastorno bipolar que llamó a su puerta una Nochebuena de hace diez años, ahí empezó su lucha. Ahora reconoce que es feliz

09 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Javier Martín saltó a la fama por ser uno de los descarados reporteros de Caiga Quien Caiga. Liderado por el Gran Wyoming y en el que las gafas negras se convirtieron en todo un símbolo, el programa lo convirtió en uno de los actores de referencia del momento. Pero hoy no quiere hablar de sus proyectos profesionales, que tiene muchos, sino de la salud mental y del intento de suicidio que tuvo hace años. Quiere hablar alto y claro, contar su historia para que muchos que se encuentren en la misma situación por la que él pasó, se den cuenta de que no están solos, que hay mucha más gente que siente lo mismo y denunciar la falta de medios para tratar las enfermedades mentales. «Estoy aquí gracias a que me lo he podido pagar. Porque a mí me dieron cita para ir al psiquiatra para tres meses y yo, en ese momento, me quería quitar la vida. A lo mejor no hubiese podido esperar tres meses», dice abiertamente.

Todo empezó hace diez años, un 24 de diciembre, cuando celebraba una fiesta con amigos: «De repente, me empecé a encontrar muy mal. Sentía que me moría. Y luego empecé a ver las cosas muy distorsionadas. Sentí realidades paralelas, que podía hablar con seres del más allá, muchas cosas.... y empecé a hacer cosas muy extrañas, a expresarme de una manera que no se me entendía...». A partir de ese momento vivió varios episodios maníacos, seguido de depresiones, por lo que le diagnosticaron trastorno bipolar. «Con los episodios maníacos me refiero a que me sentía como si me hubiera tomado una droga muy potente y, de repente, todo tuviera significado. Todo te habla de alguna manera, un pájaro que pasa y que está conectado con la conversación que estás teniendo, un semáforo que se pone en rojo y a ti te indica algo... Es todo muy místico. Sientes que puedes hablar telepáticamente con las personas, con su alma...», comenta el conocido actor, que llegó incluso «a hablar con un amigo que se murió a los 33 años y al que podía sentir»: «O cuando escuchaba música, me elevaba completamente. Me dedicaba a hacer ceremonias mágicas para conectarme con la humanidad, con la Tierra, con todo...».

Unos episodios que desconcertaban a todo su entorno. «Cuando estás en el estado maníaco, te sientes estupendamente, pero te desconectas de los demás. Ellos, al principio, no saben qué pasa, te ven extraño, haciendo cosas muy raras. Entonces, claro, la familia se preocupa. De hecho, prefieren que esté en el estado depresivo al maníaco porque estoy descontrolado. Me voy a la calle a las tantas de la noche y no aparezco. Incluso tuve dos ingresos psiquiátricos», explica. Y relata un episodio que describe muy bien ese estado: «Estuve a punto de parar una función de teatro porque pensaba que el público era mi familia y habían venido todos para decirme que no fumara porros», comenta sobre la surrealista escena que se imaginó.

En cambio, mientras está depresivo su entorno percibe que Javier los necesita más: «Sienten que no puedo hacer nada, pero que pueden cuidarme», dice. Afortunadamente, estos episodios han pasado y ahora reconoce que está muy controlado, pero no se olvida que llegó a tocar fondo. «Sentía angustia, me faltaba el aire, ansiedad y empecé a verlo todo negro. Sientes una tristeza muy profunda. Creía que me iban a echar del trabajo, que mi pareja me iba a dejar, que mis amigos me iban también a dejar, porque quién me iba a querer así. Y luego también tuve miedo escénico. Tenía terror a salir al escenario. El problema es que hubo un momento en que empezó a venirme a la cabeza el pensamiento de ‘tírate por la ventana'», confiesa.

Un pensamiento que lo acompañaba todo el día: «Desde que me levantaba hasta que me acostaba. El problema es que tengo una terraza y tenía el demonio en casa. Entonces, llegué a un punto muy crítico, en el que estuve a milímetros de tirarme por ella». Solo lo detuvo un pensamiento. «A punto estuve de hacerlo, pero en el último instante pensé en mi marido y en la cara que pondría en el momento en el que la policía lo llamaría para decirle que me había quitado la vida. Pensé en la cara de terror y de horror que tendría y me dije que no podía hacerlo», cuenta.

A partir de ese momento, todo fue a mejor. Una amiga le aconsejó acudir a un profesional: «Me puse en manos de mi psicóloga y de psiquiatras y con paciencia y poquito a poco fui trabajando mi interior y entendiendo las cosas que me pasaban, conociendo mi trastorno bipolar, aprendiendo a cuidarme y a reconocer cuándo me voy para arriba porque es muy complicado detectarlo. Nosotros mismos no damos la voz de alarma porque estamos muy a gusto en esa situación», explica.

Hace ya años que Javier no sufre ningún tipo de depresión, gracias a su esfuerzo, pero también a la ayuda de los suyos. «Tengo pequeñas subidas que me controlo y luego mi entorno siempre está pendiente para decirme si me ven un poco elevado —él le llama así a cuando empieza a estar en estado maníaco —. Yo tengo la determinación de que siempre que me lo digan, me voy al psicólogo o al psiquiatra», explica mientras reconoce que durante el estado depresivo que lo llevó a ponerse en el filo de su terraza sentía «un sufrimiento tan grande» que lo define como «lo peor» que le ha pasado en la vida. «No se puede soportar y hay que atajarlo muy rápidamente. Por eso, faltan psicólogos en la sanidad pública, y mucha educación emocional en las escuelas y en la sociedad. También faltan protocolos para que todo el mundo sepa, desde la atención primaria, cómo tratar estos problemas», añade.

Ahora reconoce que lleva unos años «muy estable» y que hace una vida normal, tomando las precauciones que necesita: «Tengo muchísimo trabajo, un entorno maravilloso y soy feliz desde hace ya algunos años. No hay nada en mi vida que te haga pensar que tengo un trastorno bipolar».

Un drama en España

Sobre el caso la muerte de Verónica Forqué, Javier comenta que «la admiraba un montón», pero también le vienen a la mente las otras muchas personas que se quitan la vida cada día: «Sobre todo pienso que ese día hubo otras diez personas que se quitaron la vida y nadie sabe de ellas. Y esas personas también eran muy queridas en su entorno, pero se habla muy poco de lo que está ocurriendo en España. 3.941 suicidios al año es una barbaridad, 200 personas que lo intentan cada día», dice.

Por eso, denuncia que apenas se trate este tema en los medios de comunicación. «Conozco periodistas que te dicen que no se habla del suicidio por el efecto llamada, que ya se sabe que eso no es real. Lo que hay que hacer es informar del problema y de cuál es la solución. También conozco a psicólogos que no son muy mayores y me dicen que no han estudiado el suicidio en Psicología. ¿Cómo puede ser?», se pregunta Javier, que considera también que «tiene que haber un compromiso real, político, para que se invierta en salud mental porque debe ser una prioridad». «Una de cada cuatro personas va a tener un problema de salud mental a lo largo de su vida. 100 millones de inversión —la cantidad que anunció Pedro Sánchez hace unos meses— en cuatro años, son solo 25 millones al año. Tocamos a 3 euros por persona. No son carreteras, no es la reforma laboral, no son polideportivos. Todo eso está muy bien y hay que hacerlo, pero es que la salud mental es prioritaria», reivindica.

«Yo me creía que solamente me pasaba a mí esto y cuando sales y ves que le pasa a más gente, no te sientes un bicho raro, te sientes más acompañado porque le toca a millones de personas a lo largo de la vida», dice. Por eso incide en la necesidad de hablar alto y claro sobre los problemas mentales: «A lo mejor no te toca a ti, pero todos conocemos a alguien cercano que tiene un trastorno mental. Y si no lo conoces es porque no te lo han contado», asegura el actor que decidió enfrentar los problemas. Él vio, llegó y venció. Ojalá todos puedan decir lo mismo.

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SUSANA ACOSTA

La vida es bella. El significado de este maravilloso título que Roberto Benigni convirtió en obra maestra está muy alejado de aquellos que viven en las antípodas de la felicidad. Para ellos, su malestar es tal que ya no encuentran ningún motivo por el que seguir luchando. Y son más de los que nos imaginamos. La muerte de Verónica Forqué ha puesto el foco en esta situación y en esta pandemia silenciosa que, en nuestro país se cobra la muerte de casi 4.000 personas al año (3.941 en el 2020, según el INE), once al día. Pero detrás de ella hay un batallón de personas que navegan en la desesperanza y a las que tanto la sociedad como el sistema les ha dado la espalda.

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