«Yo estoy más joven», así nos medimos en la cola de vacunación

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Como de una cena de exalumnos. Así vuelven muchos del pinchazo tras ver a los de su quinta. Tres expertos explican por qué nos cuesta tanto envejecer y tan poco ver la edad en los demás

03 jul 2021 . Actualizado a las 08:44 h.

Da igual la edad. El de 80 que camina por su propio pie se fija en el del andador. El de 50 o 60 examina las barrigas y las calvas ajenas. El de 40, las canas y las arrugas. Y al resto, pronto les tocará el turno de buscar imperfecciones. El resultado siempre es el mismo: un subidón en el que a la euforia de estar vacunado se le suma ese «qué joven estoy», o «qué mal está la gente». La cola de vacunación se ha convertido en una especie de macrorreunión de antiguos alumnos con cientos de personas del mismo año de nacimiento. Resulta casi inevitable compararse, pero también curioso que el que comenta en alto su balance, siempre sale ganando. «El ojo es selectivo, vemos lo que nos conviene. Cuando una mujer está embarazada no dejas de ver por la calle mujeres embarazadas, por ejemplo, y si no estuvieras en esas circunstancias no repararías en ellas. Porque el ser humano siempre va a buscar pruebas para sostener sus hipótesis, nos gusta tener la razón», indica el psicólogo clínico Manuel Lage. Esto explicaría por qué para autorreafirmarse el que tiene barriga se fija en que otros están calvos; y el que no tiene pelo, en la mala forma física del de al lado. «Notas más el cambio en los demás que en ti mismo, ves más perjudicada a la otra persona que los perjuicios que tienes tú. Haces esa buena autovaloración, pero el otro está pensando lo mismo de ti», señala el especialista, que apunta que también influye el hecho de que uno va viéndose envejecer de forma gradual y adaptando su imagen a ello. «No notas ese cambio brusco. Esto de la vacunación es como esas famosas cenas de exalumnos en las que se vuelve a encontrar la gente del colegio. Lo que ocurre es que los recuerdas con aquella edad, con 16 o 18 años, y claro, cuando de repente los ves con 48, el tiempo ha pasado».

«Temos unha valoración moi importante da xuventude, o que resulta rechamante nunha sociedade xerontolóxica como a nosa», afirma la docente de Socioloxía de la UDC Antía Pérez, que mantiene que la edad es social: «Hai unha idade cronolóxica que é indiscutible e que vén marcada polo noso ano de nacemento; pero o resto, os conceptos de novo, vello, neno, nena... son unha construción social. Cada vez, a maiores idades, seguimos considerándonos mozos. Iso por un lado é negativo, polo sufrimento de querer selo, pero a evolución tamén ten cousas boas. Antes era normal que un neno traballase aos 10 anos, e tivemos que facer un cambio coa infancia, ao igual que coa vellez, que agora implica non traballar».

El empeño por ser jóvenes eternamente, como dice la canción, se hace muy evidente en un momento en el que estar sin vacunar es ya un auténtico criterio para destacar la juventud de la persona. Para la doctora en Comunicación por la Universidade de Vigo y consultora y docente de protocolo Olga Casal, no cabe duda de que factores como la indumentaria y el físico repercuten directamente en nuestro nivel de autoestima. «Cada uno se ve a sí mismo de una manera, y muchas veces poco objetiva. En algunas ocasiones pecamos por lo poco y a veces por lo mucho, dependiendo del nivel de autoestima que tengamos, que es un poco el crisol a través del cual nos vemos a nosotros mismos. El que tiene una elevadísima autoestima se ve fantástico, y el que la tiene menoscabada, no. Y esto no tiene nada que ver con la objetividad, sino con la subjetividad, que es la óptica con la que nos comparamos con los demás de nuestra quinta», señala la experta, que advierte del riesgo de caer en el desequilibrio: «Muchas veces sí que lo hay entre el estilismo y la edad, por ese afán de rejuvenecer. No hay que intentar anclarte en aquello que fuiste, sino en ser lo que eres. Ese es un signo de inteligencia. Pero la sociedad va hacia esos derroteros de una búsqueda absurda de la eterna juventud, cuando ser joven no es un valor, sino una característica».

«No vayas como a los 20»

Tampoco son los años los únicos que cuentan en el envejecimiento. «Hay factores que no se pueden controlar. Un labrador no va a tener la piel igual que un oficinista, porque estará mucho más curtida, por ejemplo. Y luego está la propia vida, porque las hay duras que pasan factura, y la salud. Por último, y ya más allá de esto, está el estilismo. El corte de pelo, el color, el tipo de maquillaje, el estilo de la ropa, de los complementos... Y, en este sentido, todos los estilos son aceptables. Pero no podemos vestir igual a los 20 que a los 50. Hay cosas que ya no se pueden defender», zanja Casal.

Los años son una variable ordenadora de la población que sirve para estratificarla en todas las sociedades del mundo, «para delimitar se somos nenos, se estamos en idade de casar, ou de traballar ou non traballar. É un criterio socialmente importante, polo que na vida tamén vai importar. Ten un afán demográfico neste sentido», dice Antía Pérez. La socióloga ve también en nosotros un «afán de supervivencia» como seres mortales que libran un combate para ganarle años a la vida, «e os maiores falan moito de que o que non queren é perder a cabeza. É unha maneira de dicir ‘aínda rexe', ‘aínda está con nós'. E logo, tamén está a construción social da imaxe por riba doutras cuestións, aínda que é perigosa, porque para as mulleres é moitísimo máis estrita».

Esa construcción social de la imagen nos lleva a buscar la reafirmación personal a través de ella. «Lo que nos conduce a medirnos con los de nuestra edad es que siempre va a llamarte la atención alguien con el que te puedas comparar. Te sube la autoestima si el resultado es positivo, o si tú lo ves como positivo», indica Manuel Lage, para el que también influye esa inyección de entusiasmo que supone el mero hecho de haberse vacunado: «Para mucha gente significa quitarse un peso de encima enorme, porque se dice: ‘He llegado hasta aquí'. Se ha pasado muy mal, y se ha tenido mucho miedo, así que claro que puede producirse esa euforia».

Con euforia o sin ella, para muchos ir a vacunarse tiene un doble beneficio. El del pinchazo está probado. Y el otro, sea real o no, está dando más de una alegría.