Los furanchos de las Rías Baixas que no te puedes perder

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Oscar Vázquez

Barra libre, aunque por tiempo limitado. Buena compañía, vino casero y tapas. Así son los loureiros de las Rías Baixas. Será que los caldos de esta zona triunfan o que el campo siempre está de moda. Y si tienen jardín, el éxito está garantizado

15 jun 2021 . Actualizado a las 14:48 h.

Son las siete de la tarde y en la parroquia de Reboreda, en Redondela, ya empiezan a llegar coches a la explanada del furancho Reboraina. De una manera casi espontánea, cada grupo se mantiene a la espera y respeta los turnos de llegada, mientras las puertas de este conocido lugar todavía permanecen cerradas. Diez minutos antes de que abra, ya hay una cola considerable. Y así prácticamente todos los fines de semana desde que a finales de mayo dio el pistoletazo para vender el excedente de albariño que tiene. No es de extrañar la expectación que crea. Un cuidado jardín nos recibe, mientras los que atienden van colocando a la gente en las mesas, debajo de un magnolio centenario, el gran protagonista de la finca. Las medidas anticovid se cumplen escrupulosamente. No pasa nadie que no tenga mesa asignada y previa desinfección de manos con gel hidroalcohólico. El albariño, ya se sabe, maravilloso. No en vano los dueños del Reboraina son viticultores y comercializan su propio vino. Así que la tarde promete. Y no pueden faltar las tapas que nos ofrecen con la consumición. Triunfa la empanada de maíz, la tortilla, los pimientos y las tablas de embutidos. La velada es más que agradable en este rincón con encanto.

«Este es el décimo año que abrimos el furancho. Nosotros somos viticultores y también tenemos bodega. En su momento teníamos excedente de vino porque no éramos capaces de sacar por nuestros propios medios la producción y estudiamos la posibilidad de abrir un furancho y así lo hicimos», explica Enrique Fernández-Perán, que aclara que desde el principio tuvo muy buena acogida. «El primer año salió tan bien que fue todo un éxito. Y desde entonces lo continuamos. La gente está contenta. Al ser en un jardín y estar al aire libre tenemos el inconveniente del tiempo, pero también les resulta más agradable», indica.

Sobre el hecho de que los clientes se sorprendan al ver el lugar por vez primera, Fernández-Perán aclara que la finca está muy cuidada porque «no deja de ser nuestra casa, que disfrutamos y tenemos cuidada». El furancho Reboraina abrirá hasta el próximo 31 de julio todos los días desde las 19.30 horas. Y solo sirven albariño para beber. Si vas, no solo te sorprenderá el enclave, también la calidad de su vino y de las tapas, aunque ya sabes lo que dicen «con el albariño, amodiño».

No sé qué tiene Redondela que en cuestión de furanchos marca la diferencia: «Está o núcleo, pero é pequeno, e despois ten moita zona rural», comentan los vecinos. Precisamente, muy cerca del Reboraina también se encuentra O Tarrastal, que aunque no tiene tanto espacio, cuenta con un público muy fiel a su vino.

EN CHAPELA

Y de Reboreda nos vamos a otra parroquia de este municipio tan furancheiro, Chapela. Con ese apellido, José Luis Videira, no podía estar alejado de las vides aunque quisiera. Lo lleva en la sangre. Quizás por eso, también quiso echarle un poco de guasa a la hora de ponerle el nombre a su loureiro y bautizarlo como Santa Sede, porque en cuestiones de vino y de furanchos hay todo un culto de fieles dispuestos a ir hasta el Vaticano, si hace falta, con tal de tomar esta agua santa en una cunca de las de antes. En este furancho, y en muchos otros, todavía se conserva esta tradición, sobre todo a la hora de servir el tinto del país. El albariño suele tomarse en vaso de cristal, aunque Videira lo pone como «queira a xente».

Oscar Vázquez

Este veterano furancheiro comenzó a servir el excedente de vino en la bodega que tiene en Hío (Cangas): «Empecei no 2007 na adega en Hío, pero agora facémolo aquí na casa. Debe haber cinco ou seis anos xa», comenta este hombre que abre de miércoles a sábado, a partir de las 19 horas y que ofrece albariño y tinto del país hasta terminar existencias, aunque tiene permiso hasta el 31 de julio para estar abierto. Desde la terraza de su casa, además de saborear sus ricos caldos, tiene unas vistas impresionantes a la ría de Vigo y al puente de Rande, con las Cíes al fondo. Hoy la niebla ha estropeado en parte la panorámica, pero el lugar, sin duda, es excepcional: «Iso é unha sorte que temos. A casa está ben situada e con boas vistas», pero explica que cuando tenía el furancho en Hío estaba en un enclave mucho más aislado. Si por algo triunfan estos lugares, como el de Videira, es porque te hacen sentir como en casa. Poco se imaginaba Bertín Osborne, cuando le puso a su programa Mi casa es la tuya, que en las Rías Baixas ese concepto ya estaba inventado. Además de buen vino, buenas vistas y buena compañía, en el furancho Santa Sede podrás elegir entre raxo, tortilla, pimientos, oreja y callos. ¿Se puede pedir más?

EN MARÍN

En la comarca de O Morrazo, en general, también triunfan los loureiros. Muchos aún siguen poniendo las ramas delante de la puerta para que se les identifique. Es el caso del furancho de La Palmera en Miñán (Marín). Aunque este lugar no necesita presentación para muchos de la zona porque lleva 33 años sirviendo el vino que les sobra. Es uno de los más antiguos, y eso siempre marca la diferencia. Perfecto Pesqueira y su mujer Rosa Pazos vivieron todas las etapas por las que pasaron estos lugares con encanto. «Había moito viño e antes vendíase a bares e casas de Moaña, de Cangas, de Marín, pero cando chegou o embotellado, quedounos moito excedente e foi cando abrimos o furancho», explica Jacobo Pesqueira, hijo de los dueños, que colabora también junto con su hermana.

Ramón Leiro

Además del vino que sirven, blanco del país, albariño y tinto, en este furancho también triunfa el pincho moruno, por encima de todo. Aunque la empanada, la tortilla, el chorizo y los pimientos también son muy demandados. Las vistas, al valle y a la ría de Marín, la conocida palmera -aunque se haya secado por la plaga de hace unos años que afectó a estos árboles-, el hórreo y las mesas en la terraza de esta casa hacen que en cuanto la gente sabe que está abierto no pierda la ocasión para ir. Aunque Jacobo opina que el gran bum de los loureiros fue hace diez años más o menos: «Antes era demasiado, pero tamén era porque se podía abrir en xullo e agosto. Agora nunca hai tanta xente», y reconoce que así está todo más controlado. Desde que hay un decreto que los regula, los furanchos no pueden estar abiertos más allá del 30 de junio, aunque tanto este año como el pasado se han dado prórrogas para el mes de julio porque la pandemia les impidió abrir antes. Jacobo calcula que acabarán el vino a mediados de ese mes y, a partir de ese momento, tendrán que cerrar hasta el año que viene. Pero mientras eso no pasa, brindemos, que todavía hay tiempo para disfrutar.