Claudia Rodríguez, psicóloga: «A veces solo nos queda decirles a los padres que denuncien a sus hijos»

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Claudia Rodríguez, psicóloga y coordinadora del Proyecto Conviviendo de la Fundación Amigó en A Coruña
Claudia Rodríguez, psicóloga y coordinadora del Proyecto Conviviendo de la Fundación Amigó en A Coruña ANGEL MANSO

La violencia filio-parental no deja de aumentar, y Galicia es un territorio de especial incidencia. «Empezamos con menores a partir de 12 años, pero ya estamos atendiendo a niños de 8. Y, si por algunas familias fuera, los tendríamos de 6», asegura la experta de la Fundación Amigó en A Coruña

23 may 2021 . Actualizado a las 10:06 h.

La violencia en el ámbito familiar de los menores hacia sus padres centra una alarma social que no para de escalar. Lejos de los entornos desestructurados, los casos que más están creciendo en las dos sedes gallegas de la Fundación Amigó los protagonizan familias completamente normalizadas. Se estima que los asuntos de los que se tiene constancia, que son los que llegan a denunciarse, suponen solo el 10 % del total real. Los cinco profesionales del Proyecto Conviviendo de A Coruña y los dos de Vigo, psicólogos y educadores con formación específica para este tipo de episodios, proporcionan asistencia gratuita a menores y adultos que llegan rotos. «Nuestra vocación es salir al encuentro de esas familias antes de que tengan que denunciar», indica la psicóloga Claudia Rodríguez.

-¿Cuántos casos lleváis?

-Tenemos un cupo de 30 casos activos, pero vamos cerrando unos y abriendo otros. Después de que publicaseis el testimonio de la madre y el hijo, tuvimos doce o trece solicitudes en un solo día, que nunca había pasado, y esta misma semana hemos recibido entre tres y cuatro llamadas diarias. Cada vez va a más. En lo que va de año hemos atendido a 46 familias, es el mayor incremento de la serie histórica de nuestros registros.

-Tenéis sedes en A Coruña y en Vigo. ¿Es Galicia una zona problemática?

-Galicia es la única comunidad en la que tenemos dos recursos. De los ocho que hay en España, dos están aquí. Cuando encargaron a José Antonio Morala dirigir la delegación territorial de la Fundación Amigó, que es cofundadora de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (Sevifip), hicieron un estudio pionero en Madrid, que cuenta con un centro para chicos que cometen este delito. Y ahí vimos la necesidad de salir al encuentro de estas familias antes de que tengan que poner la denuncia. Ahí vieron que Galicia era una de las zonas de España donde se estaba incrementando notablemente.

-¿En qué punto llegan las familias?

-El recurso está pensado para problemas de conducta incipiente, con un patrón agresivo no muy instaurado en la familia y con el vínculo entre ellos todavía no demasiado dañado. Ese es el motivo por el que nació Conviviendo, para poder rescatar a esas familias. Por eso hacemos muchísimo hincapié en que cuanto antes se detecte es muchísimo mejor, porque el desgaste emocional y el deterioro es terrible, y si no se toman medidas suele acabar en una resolución judicial.

-¿El confinamiento lo empeoró?

-Sí, a muchas familias que llamaban les decíamos directamente que tenían que denunciar. La ayuda se da cuando están en estados iniciales, que empieza a haber algo de violencia física, con pocos episodios, pero con insultos, golpes a objetos, faltas de respeto, que empiezan a no querer cumplir ciertas normas... Son esas primeras señales de alerta, de rebeldía, pero que se empiezan a salir de lo común y ya no son solo para llamar la atención.

Saltarse la hora de llegada o las de uso del móvil son señales del problema

-Pero la rebeldía suele ser un síntoma de la adolescencia.

-Los adolescentes son complicados y rebeldes de por sí, y te van a decir que no porque lo llevan en la sangre. Me refiero a cuando ya la rebeldía llega a puntos de que tú pones una hora y no aparecen. O les estás diciendo «hoy no sales», y te estás poniendo delante de la puerta, pero al final te apartan y acaban saliendo casi por encima de ti. Estamos hablando ya de conductas agresivas, de encararse, de ponerse desafiantes. Ahí sí que ya es donde tienen que saltar las alarmas. Una cosa que a nosotros nos da una pista muy importante es cuando esa agresividad la utilizan solamente en un entorno, que suele ser en casa. Pero después en clase...

-¿Pueden ser alumnos modélicos que jamás contestan ni levantan la voz?

-Sí, ese es el perfil exacto de familia que nosotros tratamos de trabajar. Incluso a veces en casa, cuando hacen diferenciación sobre con quién utilizan esa violencia. Porque pueden usarla contra la madre, e igual al padre sí que lo respetan. Está ahí como ese maltrato psicológico, la van minando poco a poco. O igual es con el padre y la madre, pero van a casa de los tíos o de los abuelos y ahí no tienen ningún problema. En esos casos es más evidente que utilizan la violencia como un recurso para conseguir lo que quieren.

-¿Cómo detectamos en casa que la rebeldía ha dado paso al maltrato?

-Sobre todo, en el momento en el que los padres tienen la sensación de que se les ha ido totalmente de las manos y que las normas que ponen no se acaban cumpliendo. Que el niño no cumple la hora de llegada, o con cosas elementales como las horas de móvil, que no consiguen quitárselo y se van para cama con él. Se ven totalmente impotentes porque le dicen que no, pero su no no vale nada. También la frecuencia y la gravedad son muy importantes, y es fundamental que utilicen esa violencia como un medio para conseguir algo, para salirse con la suya.

-¿Cuál es la tecla para reconducirlo? ¿Ponerse en el otro extremo autoritario puede llevarnos al mismo resultado?

-Sí, tampoco es bueno el otro extremo. Este es un proceso largo, la intervención suele durar aproximadamente entre nueve meses y un año. Las primeras sesiones, el primer mes, tenemos entrevistas con las familias para conocer bien el caso y crear ese clima de confianza con nosotros. Y trabajamos mucho con el sentimiento de culpa y la responsabilidad, diferenciándolos. No buscamos culpables porque todas las personas que vienen aceptan estar voluntariamente en el proyecto. Y todos sufren, padres e hijos.

-¿Es autodestructivo para los niños?

-Sí, es así. Pero aquí no se minimiza nunca la violencia ni el hecho de que lo que está ocurriendo es un maltrato. Llamamos a las cosas por su nombre, y a veces ellos tienen que escucharlo.

-¿Ha bajado la edad de la violencia?

-Sí. Cogíamos a niños de 12 años en adelante, era el tope. Después lo bajamos a 10, y procuramos no bajarlo más, pero sí que tenemos algún caso de niños de 8 años. Y si por algunas familias fuera, te digo que tendríamos casos a lo mejor de 6 años, pero serían demasiado pequeños como para interiorizar y reflexionar sobre su conducta. No somos un gabinete psicológico al uso, ni ese concepto de taller de ‘nosotros dejamos ahí al hijo y que nos lo arreglen'. Esto no funciona así. No hay varita mágica, ni damos pastillas. Lo que hacemos es acompañarlos para ayudarlos a reconducirlo, pero el gran trabajo es suyo.

-¿Qué les pasa a los menores? ¿Por qué este delito no deja de aumentar?

-Por diferentes causas. A nivel social, el modelo educativo ha cambiado. Pasamos hace no tantos años, en mi generación, de que nuestros padres tuviesen un modelo más autoritario, a dar un giro de 180 grados. Al niño hay que consentirle todo, hay que darle todo. Y los niños tienen que aprender a frustrarse, la frustración es buena y necesaria. Nos encontramos con un montón de adolescentes que no aceptan el no. Pero no estoy diciendo que sea la única causa. Otra cosa que tiene mucho que ver, y que formó la tormenta perfecta, fue la eclosión de las nuevas tecnologías. El móvil es una herramienta fantástica, pero como todo, tiene que tener unos límites y unas normas de uso. Quizás se les están dando unas herramientas a los niños a unas edades que como adultos tenemos que reflexionar si son las más adecuadas.

-Galicia no cuenta con un centro de internamiento específico para estos niños.

-No, y mejoran muchísimo. Esta es una petición de José Antonio, nuestro director. El centro específico con medidas de violencia filio-parental de Madrid funciona muy bien. Se había planteado la posibilidad de tener algo similar aquí, pero no están nada receptivas las Administraciones.

-¿Los antecedentes judiciales del menor se borran aunque esté condenado?

-Sí, cuando alcanzan la mayoría de edad se borran, se archiva el expediente. Es muy importante que los padres lo sepan, porque muchas veces no dan el paso por no querer que les quede esa mancha. Hay que pensar que después, si en la vida adulta siguen haciéndolo, o en lugar de a la madre a la pareja, ahí ya no entra la Fiscalía de Menores, sino la justicia ordinaria. Y a veces denunciarlos es un mecanismo para prevenir a los menores de ellos mismos.

-¿Recomendáis a los padres que denuncien en ciertos casos?

-Sí, cuando la situación está muy deteriorada y evaluamos la frecuencia-gravedad. A veces solo nos queda reforzar a los padres para que denuncien.

-¿Cuál es el clic para que los niños empiecen a respetar a esa misma figura a la que tenían ninguneada?

-Cada adolescente es diferente, pero sobre todo es el hecho de que padres y madres recobren esa fuerza, y su autoridad. Muchas veces dicen un no desde la rabia y la impotencia, sabiendo que ese no no vale nada. Pero todo empieza a cambiar cuando se sienten más firmes y capaces, cuando recuperan su confianza y ven que ese no al final es que no. También es clave cuando se empieza a reparar el daño a nivel de vínculo afectivo y los menores se dan cuenta del daño que están causando y de las consecuencias de su conducta, tanto a nivel afectivo como legal. Es mejor empezar por las cosas pequeñitas y poco a poco ir a más. Nadie hace daño a sus hijos a propósito, si esos padres no les ponen límites es porque no se sienten capaces o piensan que es mejor para ellos. Pero hay una ambivalencia, porque los adolescentes muchas veces lo que están pidiendo es eso, que se pongan firmes con ellos.

-¿Las madres lo sufren más?

-Sí. El perfil de los agresores chicos y chicas está bastante igualado. Pero la víctima sí suele ser la madre, que es sobre quien recae la educación y la crianza. Y se sienten malas madres, es un sentimiento de culpa y de vergüenza, por eso queda dentro de lo que es la familia. A veces no lo saben ni los abuelos si no viven con ellos. Por eso es importante darle visibilidad.

-¿Esto le puede pasar a cualquiera?

-Totalmente. Los casos que vemos crecer más son los de familias normalizadas. Esto no solo les pasa a las desestructuradas o con otro tipo de problemáticas, es un problema social que está presente en todo tipo de familias. Y como sucede en la más estricta intimidad, creen que solo les ocurre a ellos. Solo un 10 % de los casos del total son en los que llega a haber denuncia, y ese 10 % es el dato que trasciende y llega a las estadísticas, pero no es más que la punta del iceberg. Por eso la campaña Una realidad invisible. Aquello de lo que no se habla, no se ve.

Sergio, un coruñés de 16 años: «Aún tengo pesadillas por haber maltratado a mi madre»

NOELIA SILVOSA

En casa de Lola no podían comer todos juntos. Iban pasando por la mesa por turnos, para evitar el estallido de otra bomba. Un simple desplazamiento en coche podía convertirse en un infierno. Hacer algo en familia era impensable. «Todo lo que significaba estar juntos era un suplicio, un sinvivir. Era decir ‘por favor, que alarguen el horario del instituto'. Porque sabía que cuando llegase, volveríamos a empezar», relata esta mujer que vivía atemorizada en su casa de A Coruña junto a su peor enemigo, su propio hijo: «Era una situación de llegar a las manos, de tirar cosas, de dar golpes a los muebles. Hubo un momento en que llegué a tener claro que lo iba a denunciar para que se lo llevaran de casa, porque yo ya no podía. Me obsesionaba pensando: ‘¿Y si le da por pasar de los empujones a pegarme más fuerte? ¿Y si por la noche estoy durmiendo y me clava un cuchillo? Si esto va a más, qué va a ser de mí'? Por supervivencia, era o él o yo», indica. Ese ‘él' es Sergio, su hijo de 16 años. El mismo que hoy tiene la valentía de reconocer lo que hizo y al que le pesa el mayor de los arrepentimientos. Pero llegar hasta aquí no ha sido ni rápido ni fácil.

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