El rincón de pensar, mejor dejarlo a un lado

Un abrazo siempre es una buena alternativa para calmar a un niño, antes que dejarlo solo. Lo único que conseguirás es que se sienta rechazado y no lo entienda. Puedes sustituirlo por un lugar para relajarse, mucho más agradable, con libros y juguetes en el que tranquilizarse. ¡Y también vale para los papás!


Todos nos hemos visto incapaces de solucionar una rabieta de nuestro hijo y hemos optado por el comodín del rincón de pensar creyendo que le estábamos haciendo un bien. Nada más lejos de la realidad. Lo usamos mal, indiscriminadamente y a la primera de cambio. Y solo sirve para que se frustre más y no entienda por qué lo alejamos de nuestro lado. Aquí te damos las claves de cómo solucionar estos problemas, corregir las conductas inadecuadas de nuestros pequeños y de por qué debemos dejar a un lado el rincón de pensar y solo usarlo en circunstancias excepcionales. Además, en vez de ser un lugar inhóspito y una esquina de castigo, debe convertirse en un punto de relajación, que también podamos utilizar nosotros. Porque papá y mamá también tienen sus rabietas, y deberían acudir a este rincón de relajación cuando su nivel de alteración es elevado.

«Las nuevas tendencias en la crianza no avalan tanto el rincón de pensar. Dicen que eso no lo ayuda a autorregularse, más bien lo que hace es que se sienta impotente, solo, rechazado y no entienda por qué lo apartan y le están quitando el afecto. Entonces hay que ver muy bien cómo se utiliza», explica la psicóloga infantil Cristina Piotrowski, que está a favor de que más que un rincón de castigo, se cree un lugar para calmarse. «Ahí vamos a leer cuentos. Es un sitio donde el niño, la mamá y el papá puedan sentarse allí para relajarse y para calmarse y lo que debemos hacer es invitarlo a sentarse, no obligarlo. ‘Mira, cálmate, vamos a sentarnos un rato aquí' y lo puedes abrazar y que se tranquilice de esa manera. Pero no como una forma punitiva, en la que el adulto es el que tiene el control y el que dice cuándo tiene que parar. Porque así lo que siempre va a esperar es que sean sus padres quienes lo regulen, él no se va a poder regular».

CON LÍMITES

Piotrowski considera que eso no significa que el adulto no deba poner límites, pero estos deben entenderse. «Y no que un día le dejes hacer algo y otro no». Además este recurso depende también de la edad del menor porque «a un adolescente no lo vas a poder sentar y un niño de 3 años, necesita de sus papás para calmarse del berrinche». Además, debes evitar siempre las órdenes hirientes como «¡vete a tu cuarto!, ¡no te quiero oír!... ese tipo de comentarios son perjudiciales para el niño y puede pensar que mamá o papá ya no lo quieren». Y sobre todo, evitar los enfados: «Deben saber que los padres también se enfadan porque son humanos. Incluso se les puede decir ‘me estoy enfadando‘. A veces los que necesitamos el tiempo fuera —así es como se denomina científicamente a esta técnica del rincón de pensar— somos los padres. Cuando estamos muy mal, nuestra pareja nos puede relegar .‘Yo ahora le voy a pegar cuatro gritos y esto no va a funcionar‘». Piotrowski considera que una muestra de cariño puede ser incluso más efectiva que el rincón de pensar: «Cuando hay una rabieta, lo primero que hay que intentar es que no se descontrole. Por ejemplo, un abrazo daría mucha más contención que dejarlo solo. Incluso cuando el niño está enfadado y le dices necesito un abrazo, él va a pensar ‘¿qué pasa aquí?' y los dos os vais a quedar mucho más calmados. Eso es mejor que enfrascarse en esa situación de a ver quién va a ganar».

Por su parte, la psicóloga Laura López e investigadora de la Universidade de Santiago de Compostela (USC) aclara que si lo planteamos como un castigo no es recomendable utilizarlo: «Su uso se debe hacer de una forma muy específica, con un criterio también muy específico, y de manera casi anecdótica». Por ejemplo, «en una situación con muy alta activación emocional. Imagínate que le das una indicación al niño y se puede alterar hasta el punto de que se ponga incluso agresivo. El tiempo fuera lo único que pretende es proporcionar un espacio para la autorregulación, para calmarse tanto el niño como el adulto. Porque a veces esta activación es conjunta. Se trata de una estrategia que permita autorregularse, calmarse, bajar ese nivel de excitación para poder hablar y poder gestionar la situación».

COMO UN CASTILLO

López Romero va más allá e indica que debemos crear una especie de castillo de la educación. «Y este castillo tiene una forma piramidal, con una base mucho más amplia que su parte superior. Esa base es la que hay que trabajar a diario y está formada por el afecto, el cariño, el elogio a las conductas positivas, el refuerzo, la comunicación, el apoyo, el respeto... Y a medida que vamos avanzando en la construcción de este castillo, vamos incorporando otros elementos, como el establecimiento de límites», aclara. Dice también que esta técnica «se situaría en la cumbre del castillo, ocupando un espacio muy pequeño dentro de esta estrategia mucho más amplia». Y que si no hay una buena base, no va a funcionar.

Además, aconseja aprovechar un momento de calma para explicar al menor la situación: «Que cuando se altera mucho va a estar unos minutos en un lugar indicado para eso. Y también se le pueden enseñar estrategias para que él pueda utilizar en momentos de alteración, como respirar de una manera profunda. O la imaginación, que se imagine un lugar bonito. Es simplemente para bajar esa activación emocional y rápidamente poder seguir trabajando en esa base del castillo, poder hablar y entender qué le ha pasado, identificar las emociones y poder gestionarlas».

«Solo hay que usarlo en casos excepcionales para que el niño se calme. Y no más de 10 minutos, en función de la edad del menor»

Laura López considera que es preferible que este rincón sea agradable para el menor, y que puede ser utilizado por los adultos. En cuanto al tiempo en el que el niño debe estar en esta situación, explica que debe ser breve: «Por norma, se recomienda que en niños menores de 5 años, un número equivalente de minutos en función de la edad. Es decir, tres años, tres minutos. Cuatro años, cuatro minutos. A partir de los cinco años, cinco minutos. Y si la alteración persiste y sigue muy alterado, podemos ir prolongando minuto a minuto hasta un máximo de diez. Más no sería efectivo».

Por su parte, Fernando Vázquez, catedrático de Psicología Clínica de la Universidade de Santiago, considera que hay que encontrar un equilibrio entre premiar indiscriminadamente a un niño y utilizar los castigos también de forma indiscriminada: «De lo que se trata es de que el niño asocie un determinado comportamiento con unas consecuencias. Este es el objetivo de la técnica, reducir y eliminar un comportamiento inadecuado, y no tiene nada que ver con la reflexión o con pensar. Es un disparate llamarlo silla de pensar, porque el castigo no puede ser pensar. Además, me gustaría saber cómo puede reflexionar un niño de 4 o 5 años. A medida que vamos creciendo, vamos desarrollándonos psicológicamente y emocionalmente. Y nuestro pensamiento va evolucionando». Por eso considera que es «importante aplicar esta técnica bien» porque «un mal uso puede provocar lo contrario».

REFUERZOS POSITIVOS

Para él, lo primero que debemos hacer es preguntarnos si hay otro tipo de procedimiento que podamos utilizar antes y que sea menos agresivo. Luego, «muy importante», no usarlo de forma indiscriminada, «solo para eliminar un comportamiento inadecuado». También destaca que este tipo de procedimientos «deben ir acompañados de refuerzos positivos»: «Por ejemplo, un niño que normalmente tiene una rabieta cuando no encuentra su juguete preferido. Si eligiéramos aplicar esto para reducir la rabieta, debemos luego pedir al niño un comportamiento positivo, como guardar los juguetes en una cajita para que siempre los tenga a mano y reforzar ese comportamiento cada vez que lo haga». Además, antes de aplicarlo, aconseja dar un aviso al menor. «Que deje de tener ese comportamiento o tendrá que ir al lugar del tiempo fuera», algo que muchas veces ya es efectivo. Y, sobre todo, en el momento de llevarlo al rincón para que se calme no mostrar enfado: «No hay que gritarle ni hacer aspavientos». Como Laura López, él piensa que esta técnica no debe superar los 10 minutos y que una vez que está tranquilo el niño «hay que aplicar un enfoque positivo. Centrado en la negociación, la resolución de problemas conjuntos y reforzar el comportamiento positivo».

Prohibido castigar a los pequeños, pero también reforzarlos con un «muy bien»

javier becerra

La disciplina positiva propone una nueva relación entre padres e hijos

Ni castigar, ni decir «muy bien». Tampoco usar el recurso del rincón de pensar, ni colocar etiquetas de víctima o verdugo en los casos de acoso. Esas son solo algunas de las notas de la disciplina positiva que en Galicia difunden personas como la coruñesa María Soto. Lo acaba de exponer en Educa bonito (Vergara), un manual basado en su experiencia profesional y personal. Pretende llevar a los padres a una nueva dimensión respecto a su relación con los pequeños.

«Hoy ya nadie defiende que haya educar pegándole a los niños. Esperemos que la próxima generación crezca sin castigos», dice de entrada. Fija su punto de partida: «Educamos en base a reforzar una conducta positiva o anular una negativa y no sabemos el porqué de esas conductas. Solo nos limitamos a "esto lo haces" y "esto no lo haces"». Tras ello, lanza una conclusión provocadora: «Eso se llama amaestrar, no educar». Y ahonda: «Si quieres que un perro se siente y no lo hace, le pegas. Si lo hace le das una galleta. Eso es lo mismo».

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