José Pardo, 97 años, feliz de volver a ver a su familia: «Solo le pido a la vida que me deje estar con mi hija»

La emoción del reencuentro. Este vecino de A Coruña todavía se le saltan las lágrimas cada vez que su familia lo va a visitar a la residencia. El 2020 ha sido duro, tras dar positivo por covid y perder a su mujer, ahora solo le queda ir a mejor. Lo que más echó de menos, sin duda, fue el abrazo de los suyos.


José Pardo llega agarrado del brazo de Paloma, una de las trabajadoras que adora de la residencia Domusvi de Matogrande, en A Coruña. Por su aspecto, bien podría parecer que tiene diez años menos, pero ya peina 97 canas y sumando, de lo bien que está. Y eso que tiene una vida para escribir un libro. Saluda amigablemente y se sienta en el sofá, mientras espera la llegada de su hija Belén. Nada más verla entrar, con su marido y su hijo, las lágrimas asoman por sus pupilas y se funden en un emotivo abrazo. «Estaba un poco nervioso», reconoce Paloma.

Resulta imposible no emocionarse con José. Le sobran las palabras para decir te quiero y te echo de menos. Un apretón de manos y una mirada es más que suficiente, mientras los que estamos presentes no podemos contener la emoción.

No sé qué me gusta más. Si cómo mira José a Belén o al revés. Se para el mundo. Y el resto solo somos espectadores agradecidos de tanto y tan sincero cariño. Ellos saben que esos abrazos saben a gloria bendita porque les ha costado mucho volver a tenerlos. Una pandemia ni más ni menos. Y el positivo de José por covid: «Yo no sentí nada, pero tanta gente que murió...», dice. Y no es para menos. Pero él está hecho un chaval y un virus no lo va a tumbar tan fácilmente. Mucho peor lo llevó Belén, que todavía lo recuerda con angustia: «Fue en la primera ola cuando dio positivo. Solo tuvo un pico de fiebre. Pero lo tuvieron que trasladar a otra residencia y me volví loca, la verdad. Luego ya me tranquilicé un poco más al ver que estaba bien y que podía hablar con él. En la residencia se portaron genial, me llamaban casi todos los días para decirme cómo estaba mi padre. Incluso le llevaron el cargador del móvil porque el pobre se fue sin él. Mientras tanto, me lo pasaban al teléfono», comenta Belén que dice que también hicieron varias videollamadas para verlo. «Es que fueron varios meses. Porque aunque no tenía síntomas, él siguió dando positivo durante bastante tiempo. Y estaba agobiado por no salir, pero también por no poder vernos», dice su hija a la que se le nota un cariño especial por su padre.

Visitas sin abrazos

Luego llegaron las visitas puntuales sin ningún tipo de acercamiento. «Y a él le costaba mucho no abrazarme. Le tenía que decir que no me tocara porque no se podía», explica. Para Belén y su marido Marco, el 2020 ha sido un año para olvidar. Ella enfermera y él celador vivieron los efectos de la pandemia de primera mano: «Este año quedará grabado para nosotros. Yo tenía una impotencia doble, como hija, por lo que le estaba pasando a mi padre, y como profesional», mientras Marco recuerda los primeros días en el hospital, en los que venían los enfermos de covid y no tenían ningún tipo de protección para hacer frente a esta terrible enfermedad. Por si esto fuera poco, en octubre falleció la madre de Belén y mujer de José. «No fue por covid. Ella estaba conmigo en casa», aclara ella, que reconoce que fue un duro palo para su padre.

Pero ahora todo esto ya pasó y los dos miran al futuro con optimismo. Es el resultado de las situaciones límites. Solo queda ir a mejor. Y en eso están. Por si acaso, José no suelta la mano de su hija mientras ella habla, y la observa con devoción. Es su pilar, el bastón al que se agarra: «Es lo único que me queda», confiesa visiblemente emocionado, mientras reconoce que pocos deseos tiene, salvo uno: «A la vida solo le pido que me deje estar con mi hija. Y con mis nietos —Marco y Covadonga— y mi yerno». Es el placer de las pequeñas cosas. Pero también de las más importantes. Y él lo sabe bien.

Con una mente prodigiosa para la edad que tiene, comenta que en la residencia lo tratan estupendamente, en especial Marta, Paloma y Pablo, para los que siempre tiene palabras de agradecimiento por hacerle el día a día mucho más fácil. También se entretiene leyendo La Voz de Galicia. Dice que es lo que más le gusta. Y se queja, entre bromas, de tener que compartir el periódico con sus compañeros, porque no tiene tiempo para leerlo con detenimiento. Otro de sus grandes entretenimientos es el bingo, que se organiza por las tardes en la residencia, y donde confiesa que tiene bastante suerte: «Ya me ha tocado un marco de fotos, una colonia, un montón de cosas...». Pero nada es comparable con el abrazo de su familia: «Media hora de visita me sabe a gloria», reconoce.

Vida emigrante

Tras unos primeros momento de nerviosismo y de emoción, José empieza a relatar los grandes momentos de su vida. Natural de Burela, «de donde se pesca el mejor bonito del mundo», regentó, durante años y junto a su mujer, una tienda de ultramarinos muy cerca de la estación de tren de A Coruña. Luego tuvo que dejar a su familia y emigrar a Londres, como tantos de la época. Allí trabajó principalmente en la hostelería, y ya sufrió en sus carnes estar alejado de los suyos: «Las echaba mucho de menos».

Además de Londres, también estuvo en Biarritz (País Vasco francés) y en París. En la capital de la luz estuvo trabajando en la embajada de Suiza. De Biarritz recuerda que trabajaba para una millonaria americana «muy rica, que tenía casas por muchos sitios» y que también pasaban largas temporadas en Suiza. Y de París, no puede olvidarse de un matrimonio millonario, que vivía en los campos Elíseos, y que lo trataban con muchísimo cariño. Tanto que se emociona al recordarlos. No es de extrañar que en la residencia resalten su «educación exquisita» y que su propia hija reconozca que es una persona «muy abierta de mente». La mejor escuela en su caso ha sido la vida.

Tras más de 20 años emigrado, finalmente pudo regresar a los brazos de su hija y de su mujer para montar una mercería en la ciudad que tan bien lo acogió. José podría seguir contando mil y una anécdotas, pero todavía está dispuesto a escribir nuevos capítulos de su vida. No quiere despedirse sin antes dejar huella de esa amabilidad que ya se ha convertido en su seña de identidad. «Gracias por tu tiempo», dice. Gracias a ti, José, porque un rato contigo sí que vale oro.

Celestino, 96 años: «Veñen os bisnetos o mesmo día que me poñen a vacina, vaia julepe!»

Ana Abelenda
Celestino con cinco de sus seis bisnietos
Celestino con cinco de sus seis bisnietos

Siete meses esperó Celestino, de 96 años, para ver su nieta María y dos de sus seis bisnietos. «O que me máis gusta é velos xuntos», dice él, protagonista de una de las pocas cosas buenas de esta pandemia: la alegría del reencuentro

Celestino de Vicente Gato tiene 96 años, más de siete vidas de recuerdos, dos hijos, cuatro nietos, seis bisnietos, la sonrisa siempre en la boca y la emoción a flor de piel, que se dispara cada vez que aflojan las restricciones y puede ver a los suyos. A unos los tiene más a mano, pero a otros un poco más lejos y, con las restricciones por la pandemia, ha podido verlos días contados. Lo de estar todos juntos es un regalo, el más esperado. Celestino sabe esperar, es uno de los grandes veteranos de la vida de Santaballa (Vilalba). Los años le vieron ser zoqueiro, labrador y ganadero y, según su nieta María, su secreto para haber llegado hasta aquí sin achaques es el carácter apacible y el buen humor. «Yo nunca vi enfadado a mi abuelo, solo una vez», asegura María. Es la nieta mayor de los cuatro de Celestino (Mónica, Miguel y Cristina los otros tres), el tronco de un árbol que resiste los cambios bruscos de tiempo y al que le han salido varias ramas y seis flores, sus bisnietos Álvaro, Noa, Carlos, Álex, Ruth y Amaya.

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