Fátima Pérez, directora de ABAC: «La gente sigue pensando que las anoréxicas son cuatro niñas tontas»

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MARCOS MÍGUEZ

«Hay diabéticos que juegan con la dosis de insulina para comer menos», asegura la gestora de una asociación que lleva 25 años dedicada a los trastornos alimentarios con pacientes de todas las edades

11 mar 2021 . Actualizado a las 14:05 h.

Una dieta para perder unos cuantos kilos o un simple comentario desafortunado en el pediatra sobre el sobrepeso pueden desencadenar un trastorno de la conducta alimentaria. Fátima Pérez, directora de la Asociación de Bulimia y Anorexia de A Coruña (ABAC), lo sabe muy bien. También lo que cuesta detectarlo en casa cuando no debuta con un cambio brusco y se disimula bien. «Para los padres es complicado, porque muchas veces brota en la adolescencia. Y luego si tu hijo tiene una patología física, la gente te arropa, porque no has hecho nada para que el niño tenga cáncer. Pero ellos se sienten muy cuestionados», dice la experta.

-ABAC cumple 25 años. ¿Se conciben igual ahora los trastornos alimentarios que entonces?

-Estos trastornos eran por aquel entonces incomprensibles, y ahora no es que estemos igual, pero seguimos muy parecido. La gente sigue pensando que son cuatro niñas tontas que no comen porque no les da la gana, porque están mimadas y sus padres les consienten. Eso no es cierto. Es una patología mental. De hecho, nuestro equipo hoy es multidisciplinar porque tiene causas multifactoriales. Cuenta con psicólogas sanitarias, psiquiatra, educadora social, dietista-nutricionista y un licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

-¿Cuál es el perfil del paciente?

-Tenemos pacientes que vienen de León y de Asturias. Por supuesto, también de toda Galicia. Ahora hay 85, entre ellos cuatro hombres. Un chico tiene sobre 30 años, otro unos 35 y luego hay otros dos de entre 16 y 18. Vienen de todas las edades. Ahora mismo, la paciente mayor tendrá unos 60 años, y la más joven 12. Este no es un tema de adolescentes, aunque sea lo más visible. Aquí han venido con padres, parejas e hijos.

-¿Y el más joven?

-En los congresos se habla de niños muy pequeños, de 4 o 5 años, cuando empiezan a tener el autoconcepto de imagen y a sufrir esa distorsión rechazando la comida para que no les estigmaticen por ser el gordo de la clase. Aquí tuvimos uno de 5 años, pero finalmente se derivó porque no estaba claro.

Aquí tuvimos un niño de 5 años, pero se derivó porque el caso no estaba claro

-No solo brota por el simple hecho de verse gordo.

-Hay muchos trastornos de la conducta alimentaria. El más visible es la anorexia, porque se restringe la comida y la pérdida de peso es muy visible, pero si tú fueras a ver a nuestro comedor la gente que está, no dirías que tienen un trastorno de este tipo, no lo sospecharías por el aspecto físico, salvo uno o dos pacientes.

-¿Qué es un trastorno alimentario?

-Es una mala relación con la comida, se utiliza como un instrumento para apaciguar males, como válvula de escape, por exceso o por defecto. Luego tienes diferentes estrategias. Gente que vomita, otra que se mata a deporte después de un atracón, o que se pasa dos días sin comer para purgarse. Hay trastornos no especificados. Son líneas muy, muy finas entre lo que es patológico y una conducta normalizada. Es verdad que fomentamos la práctica de actividad física por su componente de salud, pero a veces se nos va la mano y tenemos pensamientos obsesivos.

-El cambio hacia el veganismo ahora está muy de moda.

-Sí, es como las dietas. Si te las pauta un especialista no pasa nada, pero tienen que estar bien pautadas. Eso de ponerse a régimen porque sí ayudan a empezar con procesos. Hay pacientes que hacen dietas y que adelgazaron, entonces les empezaron a decir lo guapos que estaban y así empieza a debutar un problema.

-¿Cómo detectarlo en casa?

-Si la enfermedad debuta con un cambio brusco, es fácil detectarla. Pero hay otra gente en la que el trastorno debuta, pero bien disimulado. Esa gente lleva tantísimos años que, por ejemplo, me decía una paciente el otro día: «Llevo tantos años así que ya me he acostumbrado». Para los padres es complicado, porque como muchas veces debuta en la adolescencia, se preguntan qué es lo normal y qué no es ¿Que empiecen a interesarse por los chicos o por las chicas y querer verse mejor físicamente para resultar más atractivos es un problema a esa edad? No. Luego está esa característica que no tiene por qué estar, pero que es común, la del hijo perfecto y perfeccionista. Muchas veces se ven muy cuestionados, con poco apoyo. Si tu hijo tiene una patología física la gente te arropa, porque no has hecho nada para que el niño tenga cáncer. Pero en este caso, se sienten muy cuestionados. Y ellos se vuelven verdaderos expertos y maestros en ocultar emociones y conductas. Muchas veces se da antes cuenta un profesor en el colegio, una amiga... Hay padres que no lo quieren ver, que lo obvian, y otros que se preocupan. De hecho muchas veces en la pareja uno no quiere verlo, o mejor dicho lo minimiza diciendo que son cosas de la edad, que quieren entrar en la talla del Bershka, y el otro que dice: hay algo.

 -¿Notáis más casos según la época del año?

-Al final del verano quizás, porque es cuando los padres pasan más tiempo con los hijos y en verano es cuando más exhiben el cuerpo e igual empiezan a hacer regímenes. Es lo que ha pasado en el confinamiento, que ha sido cuando los padres han visto realmente de primera mano a sus hijos durante todo el día. Se vuelven verdaderos expertos en ocultar. Y luego la convivencia, que no estamos acostumbrados a vivir 24 horas con nadie por mucho que sea nuestra familia. Después del confinamiento sí tuvimos un incremento de pacientes. Los que ya teníamos estaban peor, a pesar de que seguimos atendiendo telemáticamente, porque la ansiedad se dispara en esta situación. Si a eso le unes que tienes una patología mental, todavía se dispara más.

-¿Por qué se habla tan poco de la anorexia o la bulimia?

-Son muy desconocidos y estigmatizantes, mucha gente no quiere contarlo. Se cuestiona mucho también a los padres, el tipo de educación que les dan a los hijos para que salgan así. Parece que es algo que los hijos deciden, e igual que nadie elige tener una rodilla mal, nadie elige tener un trastorno mental.

-¿Qué tipos de tratamientos ofrecéis?

-Es intensivo. Primero hacemos una consulta de valoración inicial, donde el terapeuta detecta si realmente hay o no hay el problema. A veces tiene otro tipo de patologías asociadas con comitancia, así que a veces es incluso más importante tratar el otro trastorno, por lo que se le recomienda otro tipo de dispositivo. La gente cuando viene aquí, el 97 % es porque realmente ya lo tiene identificado. A veces no el paciente, pero sí el entorno, la pareja, los padres... El paciente muchas veces rechaza el problema, ahí partimos de menos diez. Si reconocen al menos el malestar, aunque no se le ponga la etiqueta, ya se tiene un poquito ganado el terreno. Después se le pauta un tratamiento individualizado, dado que son pocos pacientes podemos hacerlo así. Y funcionamos como centro de día. Vienen a media mañana, se quedan un ratito, comen, descansan un rato y luego hacen la actividad que corresponda, como la de la recuperación física funcional o educación social. Luego meriendan, y de seis y media a siete se van a su casa. Algunos vienen de lunes a viernes, otros menos días... Luego en el comedor terapéutico está siempre una de las psicólogas y la nutricionista, donde se aseguran de que comen y no hagan trampas. Ahora hay menos pacientes de comedor, porque están sin mascarilla, y son unos 15. Antes eran alrededor de 25.

-¿Y qué trampas hacen?

-Pues por ejemplo, si tienen una anorexia restrictiva o una bulimia, intentar ir a vomitar. Aquí no se les permite y su baño no tiene pestillo. También vigilan que utilicen bien los cubiertos, que no coman muy lento ni muy rápido, que no jueguen con la comida... Porque algunas personas tienen verdadero pánico a enfrentarse a una comida. Y hay enfermos con diabetes de tipo 1 que juegan con la dosis de insulina para poder comer más o comer menos y adelgazar. Es muy peligroso.

-¿Os relatan malas experiencias en el médico?

-A veces, con la mejor de las intenciones, igual va un niño a una consulta y el personal de enfermería le hace cualquier comentario por su sobrepeso. Y aquí llegan pacientes que se acuerdan de lo que les dijo la enfermera, porque se les graba. O el profesor de Biología del colegio. Es que la obesidad infantil es otro problema, hemos dado un cambio bestial en la forma de vida y el ocio adolescente se canaliza a través de un juego online con los amigos, en lugar de quedar físicamente y jugar. Ese cambio de hábitos provoca esto. Es normal que los pediatras den ese impulso para que los chavales coman bien. Y es normal que los pediatras quieran atajar el problema, pero hay que tener mucho cuidado con la forma de decirle algo así a un chaval, o sacar del cajón una dieta y dársela. No les estoy culpabilizando, porque el tiempo de consulta es el que es, pero no es casualidad que lleguen pacientes que nos cuenten esos comentarios cuando les pesaban de: ¡ay qué culo se te ha puesto, eh!

-Las páginas web pro Ana (Anorexia) y Mia (Bulimia) siguen existiendo, con lo que ello supone.

-En Cataluña se reguló para que en cuanto aparezca una página de esas se cierre, también había un proyecto europeo de unificar las tallas, ¿tú ves que se haya hecho? No.

-La moda sí empieza a introducir modelos más diversas.

-Sí, pero se está haciendo la contracampaña. Todas las marcas están incluyendo las XL real porque antes eran ridículas, también con modelos maduras, de tallas grandes... Pero hay que tener mucho cuidado, a ver cuáles son esas tallas grandes, porque una 44 no lo es. Es una talla que tiene más de la mitad de la población española, una 42 o una 44. Ahora se están promocionando a veces modelos o actrices con obesidad, que también puede ser un trastorno de la conducta alimentaria o un problema de tipo físico. Y a mí eso de hacer campaña de la obesidad, tampoco. Lo que deberíamos es aceptar cualquier tipo de cuerpo, al igual que hay la diversidad de etnias, por ejemplo. Como cuando Tamara Falcó cogió unos kilos y lo achacaron a la tiroides. Fue como 'uy, vamos a justificarlo no vaya a parecer un trastorno de la alimentación'.

ALBERTO LÓPEZ

La lucha de Raúl contra la anorexia: «Bajé de 105 kilos a 49 y solo comía una fruta en todo el día»

A sus 20 años, este gallego ha hecho frente a un trastorno alimentario que empezó cuando tenía 14 a raíz del bullying que sufría en el instituto

NOELIA SILVOSA

La obesidad y el bullying fueron las dos primeras piedras del camino de Raúl. Un camino lleno de curvas, de tramos oscuros y de mucho dolor que él se ha encargado de despejar a base de esfuerzo, amor y coraje. Hoy tiene 20 años y ha conseguido terminar sus estudios y cursar el grado de Márketing en Lugo. Pero mucho más importante que eso es que ahora tiene amigos, una pareja que le apoya y unos padres que no lo han soltado en ningún momento. No es difícil suponer que dejarle volar, que se fuera de O Incio a la ciudad dejando la casa familiar, tuvo que ser peliagudo. A la anorexia no le gusta que la controlen, pero Raúl la mantiene a raya. Sigue yendo a terapia con su psicólogo, algo que le recomienda hacer a todo el mundo, aunque sin olvidar que la amenaza está ahí. Pero no deja que coja la fuerza suficiente como para volver a vencerlo.

Él era un niño obeso al que le gustaba comer. El bar de sus padres favorecía esas ingestas copiosas, y llegó a un peso excesivo. «Con 12 o 13 años alcancé los 105 kilos. Tengo fotos de antes, con la obesidad, y de después, con la anorexia», relata Raúl, que describe el infierno que pasó en su etapa escolar: «En el instituto la gente se metía conmigo. Empecé a no comer, a hacer mucho ejercicio y cardio. Me pasaba el día tomando solo un vaso de leche con muesli, o una fruta. Solo una comida, con el muesli o con la fruta, no más. No te das cuenta. Dejas de comer y piensas que lo tienes todo bajo control».

ACOSADO EN EL INSTITUTO

Hoy sabe que su trastorno comenzó cuando tenía 14 años, pero solo hace dos que empezó a ser consciente de lo que le estaba pasando. «Tengo 20 años y me di cuenta con 18. Siempre tuve anorexia, no era de atracones porque no podía vomitar, no me salía eso de meterme los dedos. Entonces, si me daba un atracón sabía que tenía que matarme a cardio y no comer nada al día siguiente», explica el joven, que asegura que con sus 1,68 metros de estatura llegó a pesar tan solo 49 kilos. En ese acoso que sufría sabe que se unían varias cosas más allá del físico. «Me veían vulnerable, porque yo cogí un trauma que hizo que me volviera muy parado, no hacía nada. Siempre saqué buenas notas, pero llegué hasta el punto de dejar de estudiar porque decidí repetir curso. No podía aguantar más con esa gente», asegura. Y repitió, pero cuando lo hizo empezaron los atracones para después dejar de alimentarse casi por completo: «Lo que adelgacé en dos meses de verano fue una barbaridad».

En las chicas se ha visibilizado más, por desgracia, porque son más. Pero claro que hay hombres con anorexia

La otra condición de Raúl que no aceptaba la gente que lo maltrataba era la sexual. «Yo soy homosexual. Me costó muchísimo decir quién soy, no lo hice de verdad hasta el año pasado», confiesa. Cada vez que piensa en esa gente que lo machacaba, le atenaza un recuerdo que lo atormenta especialmente: «Una de esas personas, tiempo después, cuando yo ya había adelgazado muchísimo y estaba con la anorexia, me dijo: ‘Tienes que darme las gracias, porque gracias a mí adelgazaste'. Esa frase no se me olvida. No puedes estar más abajo de lo que he estado yo, mental y físicamente».

-Raúl, ¿te diste cuenta de que eras anoréxico o te forzaron a hacerlo?

-«Se dieron cuenta mis amigos, mis padres, los padres de mis amigos... Las cocineras y la encargada del comedor, que llamó a mi madre. Vino hasta Protección Civil un día a casa, porque querían poner el asunto en manos de los servicios sociales».

Un golpe durísimo para unos padres sobre los que no solo pesó el hecho de sufrir en sus propias carnes la enfermedad de su hijo, sino también el de la injusticia de un dedo acusatorio señalándoles. «Mi madre lo pasó muy mal, cayó en una depresión y tuvo que pedir la baja en el trabajo. Aún está medicándose. Esto afectó mucho en casa», indica. Raúl cursaba 4.º de ESO y su segundo proceso de anorexia cuando acudió a CIOR, la asociación de prevención y ayuda a los trastornos de la conducta alimentaria que se creó en Monforte hace dos años. Allí le recibió Luz Cid, su presidenta, que le recomendó el psicólogo con el que continúa en Lugo.

Todavía no está curado, pero sí a años luz de cómo estuvo. «Ahora sí que intento hacer todas las comidas, porque también tengo un dietista», asegura Raúl, para el que el apoyo de su pareja es fundamental. Como todo proceso traumático, es consciente de que esto le hizo infinitamente más fuerte: «Es que estás luchando constantemente. Encima me ayudó a ser más extrovertido, no tan tímido. Ahora hablo mucho, de hecho no me callo. Estoy hablando todo lo que no he hablado antes».

En una enfermedad con falso rostro de mujer, al hombre le cuesta dar el paso. «En las chicas se ha visibilizado más, por desgracia, porque son más. Pero claro que hay hombres», señala mientras pide cautela a los más jóvenes con las redes sociales: «Están llenas de los supuestos cuerpos normativos, y tienen una mayor influencia sobre la generación que está viniendo». Su mensaje para aquellos que continúan sumidos en la oscuridad puede sonar tópico, pero en absoluto lo es para quien se encuentra envuelto en ella: «Quiero decirles que no están solos. Ya sé que es una frase muy típica, pero cuando estamos ahí dentro sentimos que no hay nadie, aunque tengamos a mil personas a nuestro lado. Yo me aislé de todos los que me querían, y en realidad hay mucha gente que nos está apoyando».

SANDRA ALONSO

Jesús Pérez-Hornero, psicólogo de la UDAL: «La anorexia y la bulimia son los trastornos psiquiátricos con más muertes»

Trabaja en la unidad del Chus, que cuenta con hospital de día e ingreso en los casos más graves. «Hemos tratado abuelas», dice

NOELIA SILVOSA

El covid ha hecho que crezcan las listas de espera para la Unidad de Desórdenes de la Alimentación del Chus, que redujo sus plazas para mantener las distancias. Jesús Pérez-Hornero alerta sobre estos trastornos: «Hay riesgos físicos, como el fallecimiento por inanición; efectos por vomitar mucho como la hipopotasemia, que puede provocar desde calambres hasta infartos; y el consumo de laxantes y diuréticos. Pero también otros psicológicos que llevan a la muerte, como el suicidio, porque además suelen tener otras enfermedades como la depresión y el trastorno límite de la personalidad».

-¿Qué tipos de tratamientos ofrecéis?

-Hay tres niveles. Primero el ambulatorio, con terapias individuales y grupales que pueden durar dos años. El segundo es el hospital de día, al que vienen a las 9, desayunan, reposan sin acceso al baño y hacen terapias grupales y tratamientos individualizados una vez por semana. Después comen, hacen otro reposo y se van a las 16.30 horas. El tercero ya es la hospitalización completa para personas que perdieron mucho peso. Por el covid pasamos en el hospital de día de las siete u ocho plazas habituales a cuatro, y tenemos siete camas para ingresos.

-¿Cuántas vidas se cobra esto?

-No dispongo de datos exactos. Sí te puedo decir que en algunos estudios los trastornos de la conducta alimentaria son identificados como los que más mortalidad tienen de todos los trastornos psiquiátricos. En la unidad, desde 1996 sí hemos tenido fallecimientos, pero no solemos tener índices altos.

-¿Qué trastorno incide más ahora?

-Van cambiando de rostro. En los 80 y 90 predominaba la anorexia nerviosa restrictiva, con una dieta muy estricta para adelgazar. Luego la incidencia fue aumentando y el perfil ampliándose. Las primeras pacientes eran muy obsesivas, controladoras y perfeccionistas, pero después llegaron otras más impulsivas que empiezan con atracones y descontroles, y se impuso la bulimia nerviosa. Y últimamente, empiezan a darse la mano con la obesidad. Han aumentado la bulimia y el sobrepeso, y apareció un nuevo trastorno, el de atracones con comportamientos compensatorios como un ejercicio intenso o una dieta muy estricta tras ellos.

-¿De qué edades son sus pacientes?

-Aquí empezamos a partir de los 16 años, pero vemos incluso abuelas que han debutado a edades avanzadas, en su mayoría tras la muerte de un ser querido o porque se sienten solas.

-¿El alta puede tardar cinco años?

-Sí. Entre el 30 y el 35 % de las pacientes de la UDAL se curan completamente. Otro 30 % siguen muy preocupadas por la alimentación, pero hacen vida normal y no se les nota. Y un 20 % ya tienen una evolución muy crónica.

-¿La distorsión de su propia imagen corporal también se cura?

-Esa distorsión es un síntoma más que se puede cultivar y aumentar. Pero cuando van mejorando, recuperando familia y amistades, teniendo pareja y cosechando éxitos académicos o laborales, disminuye.

MARCOS MÍGUEZ

Gemma Ventoso: «Después de 25 años de anorexia me sigo viendo gorda en el espejo»

Esta coruñesa de 44 años y madre de dos hijos relata su proceso, en el que la anorexia dio paso a episodios bulímicos

NOELIA SILVOSA

Gemma lleva toda una vida luchando contra la imagen que le devuelve el espejo. Sabe que no es la real, o al menos que no es la misma que percibe el resto. Usa una talla 38, mide 1,72 y pesa 55 kilos. En otro momento, fueron 49. Ese maldito número que escupe la báscula marcó el ritmo de sus días. Se pesaba compulsivamente. «Cinco, seis, quince veces. Antes y después de ir al baño y de comer, al levantarme, al acostarme...», relata tras veinticinco años de lucha.

A sus 44 años, tiene marido, dos hijos y una vida profesional activa. Atraviesa su etapa más estable desde que se sumió en esta pesadilla a los 18. Su anorexia llegó a intercalarse con episodios bulímicos en los que, ante la ansiedad por cualquier situación, comía para correr al baño a vomitar, atenazada por la culpa. «Pero no me daba atracones como siempre aparece en las películas, que también pasa, eh, aunque a mí no. Solo comía y después vomitaba», aclara.

Desde que se lo conté a mis hijos me siento mucho más aliviada

¿Cómo lograba ocultárselo a su familia? «Somos auténticos expertos en la mentira. Decía que ya había comido y manchaba el plato. Abría el grifo para que no se me oyera, decía que iba a ducharme... lo que fuese con tal de que mis padres no se enteraran». El día que volvió de la consulta del endocrinólogo, a la que fue forzada por una amiga, se lo contó. «Y ese fue el primer día que vi llorar a mi padre», dice aún con la voz entrecortada. Lo mismo con su marido. Y hace solo un año, consiguió hablarlo con sus niños de 7 y 12 años. También con sus sobrinas. «Era mi máxima preocupación, que no me viesen de la misma forma o que pensasen ‘si esto le pasa a mamá, a la madrina, no puede ser tan malo'. Ahora me siento mucho más aliviada», confiesa. Pero sigue huyendo del espejo: «Después de 25 años con anorexia, me cuesta mirarme, lo hago muy poco. A día de hoy me sigo viendo gorda. Tienes una distorsión brutal de tu imagen corporal que es solo contigo misma, porque a los demás eres capaz de verlos tal y como son».

Siempre fue una niña normal, «ni regordita ni nada», apunta, «pero mi hermana era muy delgadita, y siempre había esas típicas comparaciones, aunque no les di importancia». Hace tan solo dos sesiones que Gemma cayó en la cuenta del verdadero desencadenante de su trastorno. Su terapeuta de la Asociación de Anorexia y Bulimia de A Coruña (ABAC) le hizo reparar en ello. «Empecé a relacionarme con un círculo de amigos que se burlaban del aspecto de los demás, y pensé ‘uy, yo no quiero eso, no quiero estar en boca de nadie'. Nadie te insulta llamándote delgado. Aunque te digan flacucho, nunca es con ese tono de asco con el que te llaman gordo», zanja. Por eso empezó a hacer un régimen con el que perdió varios kilos, y los comentarios positivos no tardaron en llegar.

TODO POR UNA DIETA

«Me empezaron a decir ‘¡qué guapa!'. Y tú te empiezas a pasar. Se me escapó, no sé decirte en qué punto. Al principio hacía las comidas, pero dejando de tomar en el instituto a media mañana la palmera o el bocadillo, y la merienda. El primer paso fue ese, restringir la comida entre horas. Cuando veía que iba bien, empecé a introducir más verduras y a comer cosas menos condimentadas. De hecho me hice vegetariana, porque lo asociaba a querer adelgazar. Y luego ya empecé a dejar de cenar; después, de comer, y comencé a tomar sustitutivos alimenticios cuando tenía hambre. Aprendí trucos para engañar al estómago, como comer chicle o beber agua», detalla.

Si hay algo que destila del relato de Gemma es la culpabilidad. «Me siento muy culpable por haber hecho daño a mi familia, y que se sintieran culpables por no haber sabido evitarlo. Mi negación era enorme y no quería que nadie me controlara. Mis padres lo sospechaban, ‘estás adelgazando mucho', me decían. Pero no se oía casi nada sobre la anorexia y la bulimia. Es una enfermedad que te estigmatiza, y por eso es tabú. Hay mucha gente para la que es lo típico de ‘déjate de tonterías y ponte a comer'», señala.

Los años pasaron, estudió Sociología y la enfermedad no le afectó en su rendimiento, sino al revés. «Al contrario, te sientes dueña de ti misma, es un subidón. Yo trabajaba y estudiaba, te genera una adrenalina en el cuerpo», indica Gemma, que después se fue a estudiar un máster a Madrid entre una gran preocupación familiar. «No me controlaban ni podían verme a diario, y llegué a los 49 kilos. Una vez que vine de visita, mis padres y mi hermana me pidieron que fuese a una cita en el Hospital de Conxo. No quería, pero fui. Me dijeron que me ingresaban en el hospital de día, pero no lo hice. Volví a Madrid y después para casa, bajo el brazo protector de mis padres».

En ese regreso a Galicia conoció a su marido. A él se lo contó desde el principio: «Mi madre insistía en que tenía que hacerlo, y yo le decía: ‘¿Y si sale corriendo?'». No lo hizo. «Para mí es un pilar, y eso que le mentí muchas veces», apunta. «Un día llegué de trabajar y él me dijo: ‘No podemos seguir así. Siéntate y come algo'. Yo cogí una manzana y me senté. Para mí comer esa manzana era como estar tomando veneno, y fui a ABAC. Ahora me veo en la etapa más estable, quitando los embarazos». Esos fueron sus dos únicos respiros: «Maravillosos, solo quería que me creciera la barriga, era feliz».

Gemma no padece secuelas físicas, pero sí una muy importante. «Yo no tengo hambre, no tengo esa sensación. Recuerdo cuando tenías hambre y te hacía el estómago ‘¡ggggrrr!'. Solo siento cierta apetencia a la cena por el hecho de que es el momento de desconexión con mi marido», afirma. Esta valiente que pone voz y rostro a una enfermedad mental muy oculta, no piensa abandonar. «Tengo que luchar», repite. Tampoco deja de ser consciente de lo que la anorexia le robó: el tiempo. «Muchas veces me pregunto: ‘¿Cómo sería mi vida sin esta enfermedad?'», reconoce. Ella se ve capaz de seguir adelante: «Quiero poder vivir con mi enfermedad sin dejar de hacer cosas. ¿Puedo mejorar? Muchísimo. Pero después de tantos años quizás no volveré a tener una relación normal con la comida, lo mismo que el que tiene una adicción al alcohol o a las drogas».

En este momento su otro objetivo, dice, es contarlo: «Que nadie pase ni la décima parte de lo que yo he pasado. Y que esto lo vea esa gente que tiene la costumbre de desprestigiar a los demás por su físico». Que así sea.