Adriana Ugarte: «Yo me he visto con salud, dinero y amor, pero no estaba feliz»

La intérprete estrena la segunda temporada de «Hache» mientras rueda nuevos proyectos y estudia Filosofía


Adriana Ugarte (Madrid, 1985) es más de corazón que de cerebro. Y eso que Hache, cuya segunda temporada estrena este viernes día 5 en Netflix, es una historia en la que mandan los intestinos, dice. Pero ella confía en su latido. «Al final, por mucho que quieras llevarte a ti misma por una dirección, si tu corazón no lo siente, vives como muerta», asegura la actriz, que a sus 36 años saborea el éxito mientras termina la carrera de Filosofía y aprende a aceptar el paso del tiempo: «Y eso que con la abueli que me ha tocado, la piel va bien, se comporta, y está todo en su sitio, ja, ja. Pero no está como estaba a los 20, muchas cosas cambian. Y no se lleva bien, aunque defienda la naturalidad».

-¡Te has vuelto mala malísima!

-¡Sí! Lo he vivido como una oportunidad de salirte de lugares que más o menos has experimentado y probar otros registros, porque al final nuestro trabajo es saltar de alguna manera, meternos en un personaje y volar hacia otro, hacia otro y hacia otro. Mientras más personajes distintos puedas dar vida y experimentar, mejor.

-Hache se mueve en un mundo oscuro y turbio de narcotráfico. ¿Esa parte es la que más te ha costado, la de poner esa mueca de asco?

-No, ¡es que me pareció muy divertido! Para mí la transición, cuando tienes el tiempo y los apoyos suficientes, te da margen para poder construir un poquito más. A veces esos apoyos físicos te ayudan más que te desayudan, son un sostén.

-¿Dirías que esta historia tiene un componente feminista? Hache lucha dentro de un entorno hostil por ganarse el respeto de los hombres en el negocio, y en los años 60.

-El feminismo llevaba pegando fuerte ya desde el siglo anterior, y el anterior. Ha habido como ramalazos desde siempre, desde Grecia. Siempre las mujeres se han entendido como género con otros derechos y otro margen diferente que los hombres a todos los niveles sociales y culturales, pero no creo que Hache como tal tenga ni conciencia ni consciencia feminista. Creo que ella no lucha por lo suyo por ser mujer y desmarcarse, ni por reivindicar. Lucha por lo suyo y vela por lo suyo igual que si estuviera metida dentro del cuerpo de un hombre.

-¿Es una superviviente?

-Sí, y es una mujer egocéntrica.

-¿Tú no?

-¿Yo? Yo tendré mis momentos, porque creo que todos los seres humanos tenemos de todo. Dentro de nosotros conviven las luces y las sombras, pero intento no alimentar esa parte y mantenerla un poco a raya, ja, ja.

Por mucho que quieras llevarte a ti misma por una dirección, si tu corazón no lo siente, vives como muerta

-Colaboraste con una asociación de prostitutas que desmontó tus prejuicios. ¿Cuáles eran?

-Sí, me hizo ver otra visión. La mía, más que prejuiciosa, era compasiva y más frágil. De hecho, ellas son trabajadoras del sexo y en general no les gusta llamarse prostitutas. Me dieron una lección de mujeres empoderadas, que ejercían su profesión por derecho y aspiraban a tener una seguridad social y a pagar unos impuestos. Pero luego hay otra cara, que es la de la esclavitud sexual, de mujeres que en su mayoría no es que prefieran hacer ese trabajo porque se han disociado de su cuerpo y les resulte más cómodo que ser trabajadoras domésticas, como dicen algunas de ellas. Sino que hay muchas personas que están obligadas, que viven en unas condiciones miserables y la ejercen aun no queriendo. Hay variedad, mujeres que la ejercen por voluntad y otras que no.

-¿Por qué será que destacan tanto tus trabajos en tramas de época?

-Bueno, Durante la tormenta también funcionó, ¿no? Y era contemporánea, ja, ja. Y Julieta también. Yo creo que es que ahora se está haciendo mucha época, y que El tiempo entre costuras y La señora fueron series muy marcadas en su momento. Por eso también se te asocia, pero vete tú a saber. He tenido la suerte de que me llegaran personajes de época muy bonitos, basados en historias muy interesantes. ¡Es que tenía mucho hecho! Es una suma de todo. No es por qué he funcionado yo, es que las historias eran muy potentes, los equipos, los compañeros… Y luego hay algo en la época que a la gente le engancha porque es muy lucida, a nivel de vestuario, de arte…

-Alguna vez dijiste que la de Hache es una historia en la que mandan los intestinos. ¿En ti qué manda más, el intestino, el corazón, el cerebro?

-Todo a la vez, y a veces al mismo tiempo, entonces se produce un poco de… de colisión y de atasco, un poco de tráfico, ¡ja, ja!. Y tengo que hacer así, como de agente de movilidad, y poner orden. Pero creo que lo que más me manda, por mucho que quiera imponer la cabeza y ser racional, es la intuición. Y el corazón. Porque al final, por mucho que quieras llevarte a ti misma por una dirección, si tu corazón no lo siente, vives como muerta.

-Hablando de intestino y de víscera, en la serie también hay sexo duro.

-Sí. Y eso fue lanzarse al vacío, saber que tenías a un compañero delante que estaba haciendo lo mismo, lanzándose, e intentando eso también como actor, funcionar en ese momento desde la tripa y sin pensar demasiado. Porque si empiezas a pensar: ‘Uf, ahora me voy a desnudar, y ahora esta secuencia...'. Porque claro, de las secuencias de sexo se habla muy poco, pero en realidad son secuencias muy incómodas, muy poco eróticas para ninguno de los que estamos ahí rodando, equipo técnico, artístico… nadie. Y luego son complicadas, porque mientras igual las emocionales te permiten conectar desde un lugar prácticamente de empatía total con la situación, aquí también está la parte emocional, pero al mismo tiempo también la física, de sensaciones que tienes que simular. Es fácil a lo mejor salirte, mirarte desde fuera, desconcentrarte, preocuparte de si va a parecer real o no. Porque hay una gran parte que no está sucediendo en absoluto. En una acción en la que te dan un bofetón o un puñetazo, quieras que no la parte física y el impacto es como ‘venga, ya está'. En este caso, estás recreándolo.

-Nos ha conquistado tu abuela Apolonia en «Masterchef», cuando apareció y dijo: «Mira la niña qué sorpresa nos ha dado que ha llegado tan alto».

-A mí también me pasa, ¡ja, ja, ja! Sí, me lo contaron. Es más rica… más bonita mi abuela… muy, muy bonita. La quiero un montón, sí. Es una abuela infinita. Intentamos vernos, pero con las nuevas restricciones no, porque yo vivo en la sierra y es complicado. Pero cuando se ha podido, hemos intentado vernos.

-Has tenido mucho trabajo, pero habrás sufrido también el frenazo en seco que ha supuesto el covid para todos.

-Sí, echas de menos el contacto, el físico sobre todo. Y no te das cuenta, pero hasta las personas que somos menos hipocondríacas o que relativizamos más con la enfermedad, porque no me ha afectado o no ha afectado de lleno a mi familia, ya empiezas a sentir que va formando parte de ti el miedo y la desconfianza. Da mucha pena, porque va muy en contra de nuestra cultura mediterránea, y nos va apagando y consumiendo. Pero pienso que es muy importante seguir en esta línea e incluso llevarla un poco más en serio, porque son cosas brutales las que suceden. La sanidad está colapsada y está muriendo muchísima gente. Si nos toca confinarnos diez días por haber estado con alguien de riesgo, nos toca. Y quienes hemos tenido la fortuna de no estar enfermos y de no haber perdido a ningún familiar tenemos que intentar no dramatizar y estar muy agradecidos.

-En este contexto no habrás podido celebrarlo mucho, pero acabas de estar de cumple. ¿Cómo han caído esos 36?

-Pfff… Han caído, han caído, ¡ja, ja! Pues me siento muy agradecida porque estoy contenta, ¿sabes? Estoy feliz, tengo trabajo, el trabajo que me gusta, y en estos tiempos es un milagro. Contenta, pero sí que es cierto que va llegando una edad en la que pierdes un poco la cuenta. Ya dices: ‘¿Cumplía 35 o 36?', ja, ja. Y la gente de tu alrededor te tiene que decir: ‘No tengas morro, 36'.

-Al hilo de tu cumpleaños, este titular ha dado mucho que hablar, se ha rectificado y hasta Netflix se pronunció al respecto: «Adriana Ugarte cumple 36 años triunfando como actriz, pero sola en el amor». ¿Qué te parece?

-Bueno, pues imagino que vivimos unos tiempos en los que se le da mucha importancia a la relación de pareja y se deposita en ella el sentido de nuestra felicidad, nuestra plenitud, cuando hay muchísimas personas en pareja que se sienten solas, y muchísimas personas solas que se sienten plenas. Creo que los sentimientos de vacío, de soledad y de plenitud viven en nosotros y conviven estando en pareja o estando solteros. Entonces, creo que es demasiado peso para una pareja exigirle que sea como el dueño o el responsable, o de alguna manera el gestante o creador de nuestra plenitud. Creo que es una oportunidad superbuena ese titular para reflexionar sobre cómo a veces buscamos fuera la felicidad y sobre cómo el amor y la sensación de vacío, de tenerlo y no tenerlo, estando como se esté, es constante. Como todos, me he visto muchas veces en pareja, con salud, dinero y amor, como se suele decir, y no estaba feliz. La felicidad no radica en eso, en un cuestionario, en una serie de requisitos, sino en cómo te gestionas contigo mismo.

No está el cuerpo como estaba a los 20, muchas cosas cambian. Y no se lleva bien, aunque defienda la naturalidad

-En relación a esa búsqueda del amor y del éxito está ese cultivo al físico que a veces va de la mano de tu profesión. Tú siempre has defendido la naturalidad. «Nunca voy a tener un cuerpo de pasarela porque mido 1,66 y ya me encargaré yo de que no se me marquen demasiado las costillas», dijiste.

-Bueno, y eso que ahora estoy muy flaquita de hecho, porque vengo de rodar Parot. Pero que sea porque no lo puedes evitar, no porque te maltratas o porque te haces daño. Ya no solo la profesión, porque sí que es una profesión exigente a todos los niveles, pero es que ya se vive a nivel social esta preocupación y este miedo a envejecer y a no aceptar el cambio. Y a mí me cuesta, eh, muchísimo. Yo puedo defender la naturalidad, pero no llevo bien la transformación y el cambio. Y eso que con la abueli que me ha tocado, la piel va bien, se comporta, y está todo en su sitio, ja, ja. Pero no está como estaba a los 20, muchas cosas cambian. Y no se lleva bien. Yo no soy una monja zen, ni supermadura, ni superadulta. Tengo muchísimos miedos e inseguridades. Me cuesta mucho el cambio y tengo que hacer un trabajo personal.

-¿Por qué decidiste ser filósofa?

-Me gusta la filosofía. También era muy jovencita cuando lo decidí, tenía 18 años. Me tocó un profe muy guay de filosofía, y me picaba porque de primeras no era una materia muy fácil de entender. Por eso me picaba, también por la chulería de la juventud de decir: ‘¡Eh, pillo lo que el profesor propone, lo estoy entendiendo!'. Yo creo que había una parte de ego que estaba ahí a tope, y ahora que estoy estudiándola por la UNED la estoy disfrutando más que antes. Creo que porque has pasado más cosas, y la ves de otra manera, te implicas de otra forma. Y preguntarse o hacerse una crítica de las cosas que están preestablecidas es superimportante. La filosofía te invita a hacer eso, un recorrido, un análisis y una crítica de cómo está el mundo, cómo estás tú en el mundo, si funciona o no lo que está establecido, qué hemos asumido como verdadero y por qué… A mí me ayuda mucho a abrirme los ojos y a plantearme cosas que nunca me hubiera imaginado, gracias a que otros se las han planteado.

-Con un padre magistrado y una madre abogada, esto del espectáculo no se veía venir, ¿no?

-Bueno, mis padres son muy aficionados al cine. Desde muy pequeños nos han llevado a mi hermano y a mí al cine, al teatro, a musicales… Y yo creo que, si había una semillita ahí dentro, eso ayudó mucho a que se desarrollara. Al final es como ver en directo lo que está ahí como gestándose, y de pequeña me encandiló y dije: ‘¡halaa! yo quiero formar parte de este mundo mágico y de fantasía'. Que luego no es tan mágico ni hay tanta fantasía, ja, ja. Pero es maravilloso.

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