Mariky se come el mundo a los 79 años: «Me pinto la raya del ojo todos los días»

Esta coruñesa tiene claro cómo afrontar la vida: «Yo no me aburro nunca, hay que espabilar el cuerpo; camino como mínimo tres kilómetros. Me cambio dos veces al día, para salir a pasear y para estar en casa. Siempre hay una disculpa para vivir y disfrutar»


Carmen Suárez, o Mariky como la conoce todo el mundo, está llena de energía. «Soy una persona muy positiva». Tanto que es capaz de sacarle siempre el lado bueno de las cosas. Optimista y cargada de energía, ni la pandemia acabó con sus ganas de arreglarse: «Me pinto la raya del ojo todos los días». Ella lo tiene claro: aunque a veces no apetezca por el tiempo, porque hace frío o porque la situación no es la mejor, «hay que hacer un esfuerzo, salir, vivir». Esta coruñesa cargada de estilo cumplió en diciembre 79 años: «El día de mi cumpleaños es el día más bonito». Todas las mañanas se levanta y sale a caminar y a tomar su café con churros: «Hay que espabilar el cuerpo. Como mínimo, camino tres kilómetros por la mañana». Se cambia dos veces al día: el look de por la mañana para salir a pasear y el de por la tarde para estar en casa. Pero siempre va arreglada, «incluso para estar por casa, la ropa está para usarla».

 Es fácil encontrarse con ella con los airPods en las orejas mientras habla con su hijo o escucha su música favorita: «Me encanta la música, podría estar toda una tarde con mis discos». También tiene perfil en Instagram, le encanta entrar y ver lo que comparten sus nietos. «Todas las mañanas me levanto con muchísima ilusión», dice. «La vida hay que vivirla». Ella aprovecha cualquier momento para hacerlo. Uno de sus deseos es poder volver a Oporto. Antes de la pandemia le gustaba viajar: «Íbamos a ir a Nueva York en junio del año pasado. Me llevé un disgusto porque lo habíamos preparado todo desde las Navidades anteriores. Iba a ser un viaje de la familia: nos habíamos regalado las maletas, camisetas de Nueva York… Teníamos pensado la ruta y hasta las fotos. Queríamos ponernos las gafas y el collar delante de Tiffany». Ahora se conforma con volver a Portugal: «Tengo ganas de tomar bacalao».

La comida y la cocina son otras de sus pasiones: «Si estoy en casa, es fácil que me ponga a cocinar: hago bizcochos, tortilla…». Otro de sus motores es la decoración: «Me encanta la casa y estar a gusto en ella. No sabes la cantidad de sábanas que tengo de Zara Home. Mi hija ya me dice que menos mal que la tienda de la plaza de Lugo (en A Coruña) está cerrada por reformas, porque estaría ahora mismo comprando sábanas. Pero me encanta estar en mi cama, con mi iPad, mi perrito y mis flores. Son cosas que te alegran la vida». Ella tiene una frase que lo resume todo: «La vida es un trabajo». Por eso Mariky trabaja todos los días para que su familia y ella sean felices: «Yo no me aburro nunca. Puede que a veces te cueste más, pero siempre hay que buscar una disculpa para vivir y disfrutar».

«A los 80 todavía estoy para dar la vuelta al mundo»

La vida está para vivirla. Y si no que se lo pregunten a Elvira y Mariky que afrontan los ochenta de frente y con alegría, como si de una segunda juventud se tratase. «Me pinto la raya del ojo todos los días», dice Mariky

Ahora está de moda la palabra resiliencia, que es algo así como la capacidad que tiene una persona para adaptarse a los tiempos difíciles. Pues hay personas que son resiliencia pura; seres humanos capaces de salir adelante siempre, aunque la vida se les ponga del revés. Y con sonrisa y elegancia, oye, por lo que pueda pasar. Así es Elvira Hermida Vales, cuyo carné de identidad dice que este mes de enero cumple ochenta años, aunque viendo su arrolladora energía cueste creerlo. «Sí, cumplo ochenta. Si quieres pon que tengo 85 o 90, a mí los años me dan igual», dice con un tono que lo mismo podría ser retranca que entrañable chulería.

Elvira, que vive en Rodeiro (Pontevedra), nació siendo una superviviente. Y obligó a su madre a serlo. Porque no había altura que se le resistiese. Y si había que trepar vertiginosamente por las altas estanterías del comercio que regentaba Carmiña, su madre, pues trepaba. Alguien le puso el apodo de Saltavalados, porque así, como una saltimbanqui, se pasaba los días aquella niña rubísima que lo mismo metía gallinas por una tubería que aparecía en casa con la melena cortada a trasquilones.

A los 17 años, con su arrojo característico, se fue a las Américas metida en un barco. En Argentina la esperaban muchos familiares para protegerla. Se metió en el corazón de todos. Era la sobrina o la prima a la que siempre llamaban porque Elvira, cómo no, se apuntaba a un bombardeo. Trabajó en las oficinas de una empresa de chocolates y, sobre todo, aprovechó su estancia para descubrir el mundo, para olvidarse un poco de la España vetusta de la posguerra en la que le tocó criarse. Así fue que, cuando regresó, con 26 años y aún en plena dictadura, su atuendo no pasaba desapercibido: «Imagínate, llegué a finales de los sesenta, cuando aún andaban por ahí los grises y había serenos, y yo con minifalda y mis famosos minishorts, o sea, pantalones cortitos como los de ahora. Llamaba la atención, pero no me importaba».

Se afincó en Madrid, con su melena siempre rubia, sus ganas de dejarse sorprender por la vida y su capacidad enorme para dar el callo. Se abrió camino en el mundo de la cinematografía, como trabajadora de una productora. Tenía ella un póster de Alain Delon, uno de sus actores fetiches, en su despacho. Un día, la foto tomó vida: «Fíjate, estaba yo sumando unas cantidades cuando se abre la puerta y veo a Alain Delon. Pensé que era la foto que se movía, me quedé con la boca abierta. Mi jefe lo hizo pasar a mi despacho porque había venido a estrenar El Zorro y como sabía que a mí me gustaba tanto... dicen que era antipático. Desde luego, conmigo fue simpatiquísimo. Y además era tan guapo como en la foto».

En aquellos años, Elvira también demostró que era una adelantada a su tiempo: una valiente capaz de ser la mejor madre sin renunciar a ser también una admirada profesional. Construyó con su hijo un hogar de esos llenos de vida en los que nadie se siente forastero. Su casa fue siempre la de todos los que tocaban a la puerta, fuesen hermanos, sobrinos, primos o amigos. A todos acogía. Su buen gusto decorando, que mantiene, hacía que esa vivienda pareciese siempre de anuncio. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. En aquel octavo piso de Madrid en el que tantos años residió, aunque todo fuese agradablemente bonito, todo era para tocar, para disfrutar... desde los desayunos en la terraza hasta sus míticas paellas o sus buenos cocidos, todos cocinados por ella y devorados por su familia, con su hijo a la cabeza.

En la jubilación, la vida trajo a Elvira a sus orígenes, a Rodeiro. Cambió aquel octavo tan cuco por un piso en su tierra natal. Sus pies dejaron de patear por la Gran Vía o Serrano para hacerlo por los montes del valle de Camba. Mudó totalmente de hábitos. La huerta, los quehaceres domésticos, el ayudar a la familia, el senderismo y hasta el cuidado de animales se convirtieron en su día a día. Pero nunca dejó de ser ella: con sus tacones y su «antes muerta que sencilla» como bandera. Dice que, a veces, cuando taconea pueblo arriba pueblo abajo, le preguntan si va de viaje: «No me los quito ni para hacer la comida, ni cuando voy a casa de mi hermano a hacérsela, me gusta llevarlos», cuenta. La pandemia la privó de viajar. Así que a los ochenta le pide salud y «volver a darse una vuelta por el mundo». Quiere regresar a Estados Unidos. Al sur de España. A todos lados. Así es ella, una saltavalados.

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