Él es cazatendencias a los 97 años

Paula y Roberto Montoto tienen en su abuelo, que fundó la marca que ellos dirigen en 1956, un coolhunter que les aconseja sobre las prendas que pueden ser tendencia. «Se non levas punto, non vas vestida no inverno», asegura Fidel


Son las doce de la mañana y suena el móvil de Paula. Es su abuelo Fidel. «Paula, como estás? Viches que se volven levar as saias plisadas?». Fidel tiene casi 97 años. O 77 como dice bromeando, quitándose 20 años entre risas. Se conecta por Skype desde su casa para una entrevista a tres bandas con sus nietos. Fidel Montoto y ellos, Paula y Roberto Montoto, son más que una de las empresas más emblemáticas de Galicia de fabricación de punto. Son un equipo, un reflejo de que no hay edad. «Tener la ayuda del abuelo es muy guay. Es una persona que aporta conocimiento, tiene la mente muy abierta. Es muy bueno y se le tiene mucho cariño. Aquí en casa todos nos peleamos por parecernos a él. Todos queremos ser como el abuelo», dicen.

Fidel empezó a fabricar punto en 1956. En el 2011, sus nietos Roberto y Paula se pusieron al frente de la empresa de fabricación textil, Roberto como director comercial y Paula como diseñadora. La relación de los tres es tan especial que es imposible no fijarse en ellos. Fidel no para de sonreír. Tiene muy buena memoria: es un genio para las fechas. «Abuelo, lémbraste de cómo empezaches?», le pregunta Paula. «Empecei no 1956, cunha máquina pequeniña. A miña muller díxome: vén para aquí, que ti calcetas e eu confecciono, e ganas máis que indo por aí ás feiras. E así empezamos e fomos para arriba, para arriba!», responde. Fidel tenía en ese momento 30 años. Recuerda perfectamente lo que tuvo que hacer para comprar la primera máquina: «Custoume 22.000 pesetas. Tiven que vender 22 vacas, a 1.000 pesetas cada unha. Aquí en Galicia non había nada de iso e foi cando empezamos nós a traballar». Con su mujer, Élida, convirtieron Montoto en un referente del punto en España. «Os dous deseñabamos. Como non había televisión tiñas que ir a Santiago, a A Coruña ou a Vigo a ver as tendas. Mirábamos como era un xersei, e dicíamos ‘gústache? Pois facémolo’. Faciamos o que nos gustaba». Fidel sigue siendo un cazador de tendencias, un observador. No dice que no a nada y mira con atención los programas de la tele para anotar todas las que ve para después contárselas a su nieta. «Aínda non fixeches as saias plisadas», le recuerda cariñoso.

«Para comprar a primeira máquina tiven que vender 22 vacas»

Sus nietos recuerdan las historias que les contaba de pequeño. Cómo su abuela y él recorrían España, Francia e Italia para ir a ferias y vender sus jerséis. O cómo se subían a una moto y cruzaron Galicia con los muestrarios para vender sus prendas de punto a las primeras tiendas. «Empezamos indo a Madrid. E despois fomos a París, Milán, Mónaco, San Remo… Iamos no Simca 1000», cuenta Fidel. «Conducía mi abuela y mi abuelo indicaba, iba de copiloto», apunta Paula. Eran unos aventureros y el idioma no era una barrera: «En París mirabamos para o que estaban comendo os que estaban ao lado e sinalabamos o que máis nos apetecía». Tenían recursos para todo: «Para ir á feira de París había que pagar entrada, pero sempre conseguiamos que algún dos que saía nos dese a súa, e entrabamos gratis». También se acuerda de cuando se apretaban para colarse en el metro y pagar solo uno de los billetes.

Fue en los 60 cuando se instalaron en Lalín. No hay rincón de Galicia que no recorriese con sus prendas de punto. «Tardabamos seis horas en chegar a Fisterra», recuerda. El viaje tenía recompensa: «Fartabámonos a percebes por cinco pesos!». Fidel sigue siendo un amante de la moda: «Gústame moito». Y un defensor del punto: «Se non levas algo de punto non vas vestida no inverno», añade.

«Se non levas algo de punto non vas vestida no inverno»

«Es muy cariñoso y se preocupa mucho por todos», cuenta Paula. A sus casi 97 años llama todos los días a sus nietos para saber cómo están, cómo les fue el día. «Cuando podíamos viajar e íbamos a Milán siempre nos decía que fuéramos a una calle determinada que hay muchas tiendas con buen punto, o nos recomendaba restaurantes para comer. Algunas cambiaron o cerraron, pero otras siguen y encuentras cosas muy curiosas. Es una pasada cómo se acuerda de todo», apunta. Fidel tiene siempre un consejo a mano para sus nietos. Y una mano de apoyo para seguir trabajando. Tiene un móvil, no táctil, con los números grabados de la familia y una chuleta en la parte de atrás con la tecla que le corresponde a cada persona. «Antes, cuando se podía viajar e íbamos a ferias, íbamos mucho a Madrid. Pues el abuelo no dormía hasta que llegábamos, y lo llamábamos para decirle que ya estábamos de vuelta en casa». «Para él la empresa fue como su hijo, era parte de su estilo de vida. No sabe vivir sin trabajar», dice Paula, que añade: «Es muy sociable: lo entiende todo y nos anima. ¡Hasta cuando abrimos la página de venta online! Es una persona muy querida y un apoyo para mi hermano y para mí. Una persona que te da mucha alegría y confianza».

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