Carlos Suárez-Mira, juez: «Mis dos espinas son los asesinatos de Iria García y Elisa Abruñedo»

Su etapa en los juzgados ferrolanos le dejó estas dos huellas imborrables. Confía en que encuentren al asesino de Elisa y sigue pesándole el crimen de Iria: «Vino un viernes al juzgado, dicté la orden de protección y apareció el lunes degollada. Eso me dejó helado», confiesa el penalista


Hoy Carlos Suárez-Mira se encuentra en la Audiencia Provincial de A Coruña, y muy pronto será el titular del Juzgado de Instrucción número 3 de esta ciudad. Pero de entre toda su carrera, los casos más duros que le han tocado afrontar le llegaron como juez de violencia de género. En su etapa como titular del Juzgado de Instrucción número 2 de Ferrol, que incluía estos asuntos, vivió en primera persona el sufrimiento de muchas mujeres maltratadas. Reconoce que el afán manipulador del agresor le complica un poco el trabajo al instructor, «esa doble cara de amable en público y monstruo en privado dificulta la labor probatoria», admite. Sin embargo, asegura que en el tiempo acaban cometiendo errores y anima a todas aquellas que, sin lesiones físicas, están atemorizadas por la agresión psicológica. «¿Es difícil? Claro, mucho más que si hay un parte de lesiones o si existe directamente un testigo que ve cómo la empuja o abofetea, pero no es imposible», afirma.

-¿Qué ocurre cuando no hay pruebas de ese maltrato?

-Es difícil, porque hay dos tipos de delitos que inciden sobre la mujer. Uno es el arranque explosivo, instantáneo, que suele cristalizarse en una agresión física, mayor o menor. Puede ser un golpetazo, un empujón o cosas ya más serias. Y junto a esto está el día a día, el maltrato psicológico, que ya es un tema de desprecios continuos, humillaciones, vejaciones, dejar quedar mal a la mujer delante de los amigos o la familia... Son cosas sutiles, a veces incluso miradas de agresividad, de censura... Y, evidentemente, lo que no deja un rastro físico es más difícil de probar. Eso no quiere decir que no se pueda, simplemente es más complicado. La realidad es que en la mayoría de casos se da una mezcla de las dos cosas, lo habitual es que haya humillaciones y desprecios, pero también agresiones de mayor o menor contundencia. Por eso esas hipótesis de que solo haya un maltrato psicológico son las menos, porque el que es maltratador suele serlo en todos los ámbitos. Pero si se diese ese caso, que se diese únicamente la parte psicológica, tendría que ser con referencias indirectas.

-¿Cuáles son las pruebas válidas en un proceso judicial por violencia de género?

-Los medios probatorios en el proceso penal son los que son: los testigos, los peritos y los documentos, básicamente. En esos casos de maltrato únicamente psicológico difícilmente vamos a tener peritos, aunque tampoco es imposible, porque evidentemente a través de la evaluación psicológica que pueda hacer un perito psicólogo forense, claro que se pueden extraer datos. Detectarán un posible trauma que tengas, ansiedad, depresión.... y valorarán si eso está vinculado con el maltrato. Ciertamente, como también puede ir asociado a otras causas, será la pericia del perito la que nos pueda dar algún tipo de pista. Ahí las unidades de valoración integral, que en Galicia no tenemos pero sí contamos con el Imelga, que tiene magníficos profesionales en el ámbito de la psicología forense, se pueden extraer conclusiones.

-¿Qué tipos de testigos se pueden presentar a la causa?

-En primer lugar, tenemos el testigo víctima, que admite la legislación española y es el testimonio único de la víctima. Siempre que esté rodeado de ciertas cautelas, el juez puede valorar las propias palabras de la víctima, es eso que siempre se dice: «Es que es la palabra de uno contra la del otro». Bueno, sí, no tienes por qué darle más crédito a uno que a otro. Pero claro, si eso lo rodeas de algún otro elemento ya te empiezan a salir las cuentas. Tú ves el propio estado anímico de la persona, decaído, triste, ansioso... eso lo percibes. Y si te lo están contando en relación a una serie de episodios o a un episodio continuado durante meses o años de humillaciones o de maltrato, eso se advierte por parte del juez de instrucción y de violencia, o por el órgano de enjuiciamiento si llega a juicio. Junto a esto también puede darse el caso de que haya testigos directos de esas humillaciones o vejaciones. Muchas veces no controla tanto el maltratador como para no haber hecho algún episodio de esos delante de alguien. Esos testimonios se suman al de la propia víctima. Y luego también están los testigos de referencia, personas que no han visto con sus propios ojos u oídos nada, pero a los que la víctima sí les ha contado. Así se va haciendo un acúmulo de información. Y tampoco hay que descartar algún wasap, mensaje de correo y de Instagram. ¿Es difícil? Claro, mucho más que si hay un parte de lesiones o si hay directamente un testigo que ve cómo la empuja o abofetea, pero no es imposible.

-El problema es que fuera de casa suelen mostrarse encantadores, y solo enseñan la otra cara a solas, cuando saben a la mujer indefensa.

-Eso es verdad. Pero como esto suele perdurar a lo largo del tiempo, siempre es posible que comenta un error. Y a toro pasado también mucha gente dice: «¡Aaah! Sí, es que era excesivamente amable, sí que estaba siempre pendiente...». La gente va captando incluso esa amabilidad extrema, ese trato exquisito de enamorado permanente... se le notan esos rasgos cuando pasa el tiempo y los encajan. Pero no cabe duda que eso entraña una dificultad, esa doble cara de amable en público y monstruo en privado dificulta la labor probatoria.

-Los datos dicen que durante el confinamiento bajaron las denuncias, pero aumentaron las llamadas al 016, y apuntan a que el encierro agudizó el maltrato.

-Yo los datos no los conozco porque ya no trabajo en ese campo, y como los asuntos de violencia de género llegan a la sección especializada en la Audiencia Provincial, que es la primera y yo estoy en la segunda, no lo sé. Además, tardarían en llegar a la Audiencia por vía apelación. Todavía no se sabe, por los tiempos. Pero vamos, es fácil intuir que hayan aumentado el número de casos reales porque claro, la convivencia todavía más estrecha y más íntima, la imposibilidad de separarse del agresor, habrá tenido que fructificar en más episodios de violencia física o psíquica. Cuando estás obligado a convivir tantas horas con una persona que ya habitualmente te maltrata, digamos que saltarán chispas por muchas más cosas que antes por una cuestión estadística, de más tiempo. Parece razonable.

En una mañana levanté los dos cadáveres, el de la mujer asesinada por su marido y el de él, que se había suicidado

-En la decisión de no denunciar se señalan dos factores principales, más allá del propio miedo al agresor: uno es el económico y el otro los hijos. ¿Por qué se les obliga a ver a su padre maltratador? ¿Agredir a su madre no es agredirle a él, aunque sea psicológicamente? ¿No se les debería proteger de esas visitas?

-Ahí hay que distinguir, porque claro, la violencia tiene grados, y efectivamente puede ser cierto que en casos extremos desde luego el ejemplo que se está dando al menor es muy contraproducente y está justificado que se le prive de las visitas al padre. Pero si tienes en cuenta que la violencia de género comprende muchas cosas, desde el asesinato de género hasta las pequeñas coacciones, digamos del día a día, o ese maltrato psicológico más puntual pero más humillante... Como es tan amplio el espectro desde lo más grave hasta lo más leve, a lo mejor una consideración general de establecer automáticamente con carácter obligatorio que el juez tenga necesariamente que privar de las visitas en todos los casos, parece algo desproporcionado. Yo creo que hay que confiar en el buen juicio del juez, en su criterio, evaluando todos los factores, y decir: en casos en que claramente la situación esté desmadrada y sea un verdadero infierno para el niño, sí, se le priva de ver a su padre. Pero en otros casos quizás sea excesivo. Dejemos que el juez decida.

-¿Es un análisis de caso por caso? ¿Es frecuente que cuando hay maltrato físico hacia la madre no se restrinjan esas visitas de los niños al padre?

-Podría darse el caso de que no. Es algo que se evalúa con la situación al completo, la intensidad de los ataques, el tipo de delitos que se comentan, porque hay múltiples: amenazas, coacciones, acoso, lesiones leves, lesiones menos graves, lesiones graves, homicidio, asesinato... En función de la intensidad del ataque, del mantenimiento en el tiempo, de la repercusión en el núcleo familiar, de los procesos psicológicos que estén sufriendo los menores... Hay un sinfín de variables que tienes que tener en cuenta para tomar cualquier decisión que suponga una limitación de los derechos de la persona, en este caso del imputado, del investigado. No puedes tratar a todos por igual, porque no todos son iguales. En función de todos estos parámetros, la ley te deja un margen para que tomes estas medidas limitativas de derechos, que también pueden ser más intensas, como una privación de la patria potestad, la prisión provisional... Como en cualquier otro delito, tienes un arsenal de medidas cautelares, o de penas en su caso cuando el proceso concluye, en función de la situación. Pero vamos, es lo típico de la labor del juez, que es valorar situaciones y adoptar respuestas desde el ámbito del derecho penal.

-¿Cuánto tiempo estuviste como juez de violencia en Ferrol?

-Desde marzo del 2011 hasta septiembre del 2014 más o menos.

-Una etapa en la que te tocaron casos sonados y muy trágicos, como el de Iria García. ¿Sigue siendo a día de hoy el que más impacto te ha dejado?

-Sí, porque concluyó con la muerte de esta pobre chica. Y hay otro caso también dramático en el que pensaba, pero que en este caso es de asesinato y no de violencia de género. Son mis dos espinas, el de Elisa y el de Iria. Luego hubo otro que trascendió poco porque se resolvió judicialmente en una mañana, que es una señora a la que había asesinado su expareja a las 9 de la mañana, y él se suicidó en torno a las 12. El mismo día tuve que levantar los dos cadáveres, el de ella, asesinada con dos disparos, y el de él, que se suicidó. Judicialmente no tuvo recorrido al suicidarse él.

-Alguna vez has dado charlas sobre esto en la universidad. ¿No existe la distribución social en este ámbito?

-No, es universal. Desde los adolescentes donde ya está el noviete que quiere controlar con quién habla y con quién no habla, o que incluso le revisa el móvil para ver sus conversaciones y no le parece bien que se ponga esta ropa porque le parece demasiado provocativa, desde ahí hasta casos de ancianos. Yo he tenido en el juzgado a personas de ochenta y tantos años que, tras un infierno matrimonial de cuarenta o cincuenta años, la señora se decidió a denunciar apoyada por los hijos, mayores y que en su día también probablemente sufrieran la violencia en sus carnes. Los hay de edad media también, por supuesto, de todo tipo y de toda extracción social. Es verdad que a los juzgados suelen llegar más casos de personas con unos entornos sociales menos elevados. En la gente de dinero y de posición también hay violencia, pero muchas veces se arregla la cuestión entre abogados sin que llegue al ámbito judicial. Hay una violencia soterrada que también existe. De hecho, algún caso ha llegado al juzgado y se ha hecho todo lo posible porque se sobreseyera, con negociaciones entre unos abogados y otros.

Cambiaría la ley para regular el derecho a no declarar contra un pariente, para que no se pudiese retirar la denuncia por maltrato en ciertos casos

-Iria García y Elisa Abruñedo también se distanciaban en edad.

-Sí, Iria tenía 28 años, fue en el 2012. El viernes la tuvimos en el juzgado de violencia con las declaraciones, pidió por el Ministerio Fiscal una orden de alejamiento, yo la dicté. Y el lunes por la mañana apareció degollada. La había degollado.

¿Y tú cómo te quedas?

-Helado, absolutamente desconcertado. Porque claro, siempre imaginas teóricamente que pueden pasar cosas. Pero lo que no te imaginas es que se llegue a ese extremo, porque afortunadamente, aunque parecen muchos y cada caso es un drama, del conjunto de violencias de género que hay en España, que son miles y miles, acaban en homicidio o asesinato una cifra reducida. Puede ser una media anual de 60 personas. Claro, frente a los miles de casos el porcentaje es bajo, aunque cada caso es un drama. Entonces no piensas tú que te va a pasar a ti con tus protegidas y, cuando pasa, es un trago muy amargo.

-Esa orden existía, ¿qué ocurrió ahí? ¿Es imposible proteger a una persona permanentemente?

-Sí, además depende del grado de peligrosidad. Porque la orden se dicta en base a un parámetro principal, como es el de la posibilidad de ser agredido, la existencia del peligro. Si tú descartas el peligro no puedes dictar la orden de protección, porque limita los derechos del investigado y tienes que justificarlo. Si te dicen que hay peligro tienes que valorar si realmente lo hay o no, si hay una posibilidad de que suceda.... Claro, en abstracto siempre hay esa posibilidad, pero te fías de la valoración del riesgo que te hace normalmente la policía en su atestado, que ya tiene un apartado que se llama valoración policial del riesgo. Y puede ser desde bajo, muy bajo, medio, alto o extremo. Si te ponen extremo, ya dictas las medidas más contundentes.

-¿En este caso era extremo?

-No, qué va. No era elevado. Si lo fuera ya probablemente el fiscal hubiera pedido una medida de prisión, eso es lo normal. Claro, como sabes, el juez de instrucción o de violencia no puede dictar una prisión que no haya sido pedida por el fiscal. Pero el fiscal en ese momento consideró oportuno solicitar una orden de protección, y así se hizo, lo que pasa es que fue insuficiente. Porque contra la determinación de una persona de matar a otra, salvo que se lo impidas con medios como la prisión, donde si está encerrado no puede hacerlo, todo lo demás digamos que es un obstáculo relativo. Si estaba determinado a hacerlo lo va a hacer, y así lo hizo. Como no tienes una bola mágica, no puedes predecirlo. Y tampoco puedes ser maximalista diciendo: a cada denuncia que se presente, automáticamente prisión, porque así estamos totalmente seguros de que no habrá riesgo. Sí, es cierto, pero no puedes meter en la cárcel a los miles y miles de personas contra las que se formula una denuncia cada año, sería totalmente inviable.

-El juez en realidad tiene las manos mucho más atadas de lo que parece.

Claro, el juez está atado. Antes no, en tiempos, el juez de instrucción decidía la prisión de cualquier imputado, no tenía que pedírsela nadie, pero ahora es obligatorio que la pida bien el fiscal o bien la acusación particular si hay constituida. Pero si una acusación, pública o particular, no te lo pide, tú como juez no puedes acordar una prisión. Es imposible.

-Ese caso lamentablemente se cerró al coger al asesino. Pero el de Elisa Abruñedo, asesinada y violada en en un monte cercano a su casa en el 2013, sigue abierto. Es un misterio quién la mató.

-Sí, el de Elisa no es técnicamente de violencia de género en el sentido de la ley, porque la ley solo habla de pareja o expareja. Como aquí no se sabe quién fue y se descartó en la investigación nada relacionado con la pareja, es decir, su marido no fue y no se conoce que ninguna persona relacionada íntimamente relacionada con ella lo fuera, se supone que lo hizo un extraño, alguien a quien no conocía. Técnicamente, eso no es violencia de género en el sentido legal. Es verdad que existe hace tiempo un movimiento con origen en asociaciones feministas que postulan una reforma de la ley en el sentido de incluir como violencia de género cualquier acto de un hombre sobre una mujer que tenga que ver con motivo de la condición de esta como mujer. Se quitaría el ámbito puramente matrimonial o relacional para ampliarlo a todos los supuestos en que sea un hombre sobre una mujer y por razones de esa pretendida superioridad que algunos hombres entienden sobre ella. Desde esa perspectiva, podríamos considerarlo como violencia de género, pero con la ley 1/2004 actual en la mano que lo restringe a pareja o expareja, no.

-Pero ni siquiera fue un crimen cuidadoso.

-La verdad es que fue casi una casualidad que no se dejaran demasiadas pistas, algunas se dejaron, y las investigó la Guardia Civil durante mucho tiempo y me consta que lo sigue haciendo, pero efectivamente no fue un crimen demasiado limpio. Lo que pasa es que por la razón que sea, ha tenido suerte el asesino en no ser todavía hallado. Pero yo confío en que tarde o temprano aparecerá.

-¿Cómo ves de dotados los juzgados para atender a esta materia?

-A diferencia de Ferrol, en A Coruña sí existe un juzgado de violencia específico sobre la mujer. Y en ese sentido está mejor dotado, porque como sabes Instrucción 2 de Ferrol llevaba eso, pero también llevaba todo lo demás, y los esfuerzos del juez y de la oficina judicial estaban divididos en todos los frentes. Aquí el juez y los fiscales dedican todas sus energías a la misma cuestión, entonces es una situación más favorable. Como todos los juzgados, no solo de género sino de cualquier tipo, estamos muy lejos de un escenario óptimo. El número de jueces por habitante en España es muy inferior al de la media europea, y la ratio asuntos-juez mucho más elevada. Entonces se producen las demoras judiciales consabidas, y la respuesta más tardía siempre es una por respuesta judicial. Cierto es que en los asuntos de violencia de género hay una cierta prioridad, y se miran de una manera especial. Pero claro, ojalá tuviéramos muchos más medios. No solo ya estrictamente judiciales, a nivel de juzgados o de fiscalías, sino también de equipos de valoración forense. Porque si tienes que hacer una valoración del entorno familiar en el que se produce el episodio, a veces se producen demoras de meses hasta que el juez tiene la información precisa para dictar medidas cautelares o definitivas. Ya no solo en el ámbito penal, sino también en el civil con el divorcio o la separación de hecho si no están casados, asignación de vivienda, de pensión, custodia de los hijos, patria potestad... Para que el juez tome esas decisiones necesita un equipo que incluya médico forense, psicólogo forense, un educador, un trabajador social...

Yo confío en que tarde o temprano aparezca el asesino de Elisa Abruñedo

-¿Habría que crear más juzgados específicos?

Sería una buena medida comarcalizar los juzgados de violencia. Lo ideal sería que en cada partido judicial hubiese uno específico de violencia, pero probablemente sea inviable en partidos judiciales muy pequeñitos donde solo hay un juzgado. Pero a lo mejor sí comarcalizarlo en varios partidos judiciales que tenga un juzgado específico de violencia de género, como tiene A Coruña o como tiene Vigo, que son los únicos partidos judiciales gallegos que sí tienen uno. Santiago, Ourense, Ferrol y Lugo no lo tienen. Podría ponerse en esas capitales integrando algún otro partido judicial de la provincia. Claro, no sé si es una carta a los Reyes Magos.

-Ahora que ya has dicho qué modificarías a nivel de dotación, ¿qué cambios introducirías en la ley?

-Pues mira, uno muy importante que introduciría es regular de una manera específica o autónoma el tema de la dispensa de la obligación de declarar, porque es uno de los escollos que nos encontramos. Esto está relacionado con el llamado ciclo de la violencia, donde hay una etapa de enamoramiento donde todo es maravilloso, luego se va generando una tensión que acaba en una explosión de la violencia con agresiones y demás. Luego viene otra vez el pedir perdón, la etapa de luna de miel... es un ciclo que se va perpetuando. Muchas veces esto genera, junto también a una especie de síndrome de Estocolmo que padece a veces la mujer maltratada, que si la denuncia se ha producido en el momento álgido, en el que vas a degüello contra tu maltratador, lo denuncia, buscas testigos y quieres que se acabe todo. Pero después pide perdón, le perdonas y llega el desarrollo del juicio. El juez te pregunta y tú dices: «No quiero declarar». Y efectivamente, no lo haces porque la ley te ampara. Es tu pariente y, según el artículo 416 de la ley de enjuiciamiento criminal, tienes derecho a no declarar contra él. Y si es la única prueba, víctima-testigo nada más, no le queda otro remedio al juez que absolver. Sabiendo perfectamente, o intuyendo, que ahí hay un delito.

-¿Habría que prohibir la retirada de este tipo de denuncias?

Habría que regular eso. Hay quien sostiene que debería de excepcionarse la excepción para los parientes, y que no puedas no declarar contra tu expareja. A lo mejor es excesivo, es una posición maximalista. Yo quizás sin irme al extremo, porque no me gustan las soluciones generales, sí introduciría algún elemento específico en relación a esta figura general. No prohibiéndola directamente, sino matizándola. Por ejemplo, si te has erigido en acusación particular que luego ya no puedas cambiar de opinión y se te informe desde el principio de que si te acoges a una posibilidad, de declarar o de no hacerlo, no podrás cambiar.

-Tú última etapa ya ha sido en la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de A Coruña.

Sí, llevo de todo. Además de los delitos que llevas cuando la pena es mayor de cinco años y se ven en primera instancia por la Audiencia, llevamos las apelaciones de los juzgados penales y de los juzgados de instrucción. Los jurados también, que son con juez único. Un poco de todo menos violencia de género, que es la sección Primera quien los lleva, salvo que sean asesinatos y homicidios, que lo llevamos cualquiera de las secciones. Por el medio de esto, acabo de obtener la plaza en el juzgado de lo Penal número 3 de A Coruña.

-Enhorabuena, vuelves a tus orígenes, como penalista.

-Todavía no tomé posesión porque no salió en el BOE, pero saldrá seguramente en diciembre la resolución publicada, y tomaré posesión. Hasta ahora he estado en comisión de servicios. En el 3 me encontraré lo típico de un Juzgado de lo Penal, que no hay violencia de género tampoco porque va todo al número 6, por lo tanto llevaré todos los restantes delitos. Yo siempre he sido penalista, y profesor titular de Derecho Penal en la universidad, aunque ahora no puedo ejercer por incompatibilidad y estoy en excedencia. Mi formación va por ahí, soy doctor en Derecho Penal.

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