María, maltratada: «Pese al daño que me hacía, tenía mono de él; me anuló del todo»

«Me obligaba a hacer sexo oral hasta vomitar», relata María, que estuvo dos años y medio con un maltratador: «Fue una segunda pareja»


María hace mucho que no se pone tacones, hoy se siente extraña con su pantalón ajustado y su cazadora de cuero, porque para ella esta nueva forma de vestir es un reflejo de su recuperación. Le falta todavía, pero está en el camino. «Me siento mejor, estoy yendo al psicólogo y a acupuntura, aún me queda alguna gente a la que tengo que pedir perdón». Esa palabra, perdón, sale varias veces en la conversación. María, que ha cumplido los 37, ha tenido que empezar a aplicárselo a sí misma después de dos años y medio de estar enganchada a una relación con un hombre que le ha «jodido la vida». «A mí y a mis dos hijos», sentencia con la voz temblorosa. «La niña va también al psicólogo y no quiere por nada del mundo que me acerque a Coruña, donde vive él, tiene muchísimo miedo de que me haga daño». «El miedo paraliza, el miedo bloquea, el miedo te frena», repite varias veces María para que entendamos por qué seguía vinculada a este hombre, mucho mayor que ella, pese a todo lo malo que le hacía.

María estuvo dos años y medio con él, no se casaron ni es el padre de sus hijos. «Fue una segunda pareja, lo conocí a través del trabajo. Al principio de la relación era detallista, cariñoso, y me hacía sentir única, pero ya desde muy pronto supe que era una mujer maltratada». ¿Cuándo te diste cuenta?, le pregunto. «Enseguida. Lo pillé en mentiras, engaños, y empezó a controlarme la forma de vestir. Me llamaba la atención si llevaba puesto un vestido, decía que se me veía todo, y tenía que tener mi teléfono siempre a la vista: él me puso el correo, las contraseñas, leía los mensajes», recuerda María, que asegura que en ese estricto marcaje se incluía la ropa interior. «Tuve que dejar de usar tanga, no quería que los llevase. Dejé de acompañar también a mi hija al catecismo porque decía que me miraban los vecinos, que los provocaba». A María esas conductas no le parecían normales, era consciente, pero se callaba.

«HABLABA MAL DE MÍ»

«¿Sabes lo que pasa? Que te dan una de cal y otra de arena, un día era malo, y al día siguiente era bueno», se justifica mientras relata que en ese despojarse de todo, no solo de la ropa, terminó por perder amistades, a su familia y por supuesto su trabajo. «Le habló mal a la empresa de mí y no me renovaron el contrato, él se encargó de dinamitar mi reputación. Hablaba mal de mí en mi trabajo y también iba diciendo por ahí que me follaba a todo el mundo, al jefe de mi hermano, a maridos de amigas... Tuve que ir a justificarme delante de mujeres por cosas que yo jamás había hecho», se quiebra.

«En ese momento empecé a ser dependiente también económicamente de él; cobraba una ayuda de 400 euros, pero él decía que tenía poder (se consideraba un jefe) y me prometía que me daría un empleo, que lo conseguiría, aunque por supuesto nunca llegó». «Yo no podía tener amigas, ni mucho menos amigos, no podía de ninguna manera saludar a un hombre. Si hablaba con un vecino, al día siguiente tenía un follón. Zorra era lo más bonito que me decía, y además de los insultos constantes, llegaron las amenazas: que iba a empapelar la aldea de donde soy con todos los hombres con los que había estado». «Pero tú sabías que eso no era verdad, ¿no te enfrentabas?», le insisto. «Él me pidió fotos íntimas, vídeos, que yo le mandé, y me amenazaba con hacer público todo eso. Tengo 300 folios con mensajes de whatsapps [me los enseña] que he mostrado como prueba delante del juez y conversaciones grabadas en las que me decía que me iba a quemar dentro del coche y que me iba a separar la cabeza del cuerpo, que le daba igual ir a Teixeiro [a la cárcel]».

«¿Cuándo temiste por tu vida?». «Muchas veces, un día vino insultándome desde casa unos tres kilómetros. ‘Puta, zorra, eres la puta más grande de España, andas con este, con aquel'. En ese momento pensé: ‘Se acabó, me mata, me voy al río', porque fue cerca del río donde estábamos. Él me levantó la mano, pero no sé cómo hice, fue un impulso, que lo encaré y él se quedó. Luego me pidió perdón». Cuando llegaste a casa después, ¿no pensaste en dejarlo?, le pregunto. «Nooo, aún pasó año y medio por lo menos. Esto no se lo puedes contar a nadie, pensarán que estoy trastornada del todo. Un hombre que me ha jodido la vida al completo, que me dejó sin trabajo, sin familia, que le hizo daño a mis hijos, ¿cómo puedes tener mono de él? Pues lo tienes. Tienes necesidad, por eso eres dependiente y estás ciega», explica con rabia María.

Su hermano intentó ayudarla, pero ella lo apartó, no lo escuchó y han roto relaciones. «Aún tengo a mucha gente por recuperar, es difícil, con mis padres era todo apariencia, yo lo tapaba». María ha sufrido tanto que en este recuerdo de algo que ha terminado aún recientemente, el 4 de mayo, sabe que tiene un proceso largo y un juicio por delante. «Saqué fuerzas gracias a unas vecinas con las que me crie, que son como familia. Ellas me pusieron en contacto con Ana, de Mirabal, y fue ella quien me guio en todo esto, porque yo dudaba todos los días, tenía miedo por mi vida y por mis hijos».

SEXO ORAL HASTA VOMITAR

«Una vez —coge aire—, me obligó a ponerme de rodillas en el parque de Vioño para que le pidiera perdón por algo que no había hecho. Pero no sé cómo hacen que te lo crees, te humillas hasta ese punto». «En el sexo oral me empujaba la cabeza hasta que yo vomitaba», María no puede seguir hablando. Es Ana quien la levanta con el ánimo de la justicia: «Pero ya está. Además, acabamos de saber que ya tenía otra denuncia por violencia de género».

«Fue un shock brutal para mí saber eso», se empodera María. «Él tiene ahora una orden de alejamiento, aunque me ronda, anda por mi zona, pero no me ha vuelto a escribir, lo bloqueé. Antes, si no le cogía al momento, llamaba a mi hijo, y hasta a casa de mis padres a las 6 de la mañana».

Ahora María está empezando a recuperar antiguas relaciones, ya ha conseguido un trabajo y tiene nuevos amigos, pero no puede pensar en una pareja, «sería un sinvivir, la acribillaría», se justifica. Y me enseña la carta a Papá Noel de su hija para esta Navidad: «Te pido que a nadie de mi familia le hagan daño ni lo lastimen». María rompe a llorar.

«Me maltrató de todas las formas posibles sin ponerme la mano encima»

SANDRA FAGINAS

Montse y María cuentan hoy su desgarradora experiencia para alertar a otras mujeres y ayudarlas a ver la luz al final del túnel. El 25 de noviembre ellas celebran a todas las que han conseguido sobrevivir

Están vivas y por fin han cogido aire para hablar. No quieren que ninguna otra mujer sufra más, no quieren que ningún otro hijo llore más; por eso, aunque aún tienen mucho dolor dentro y mucha lucha por delante, dan hoy la cara. Necesitan expresar lo que han padecido para que las entendamos y asumamos su sufrimiento como propio sin juzgarlas, porque solo desde la comprensión y el conocimiento podremos reeducarnos y salvarnos todos. El próximo día 25 está dedicado a las víctimas de violencia de género, pero como bien expresa Ana Saavedra, fundadora de la asociación gallega Mirabal, que las ayuda en todo y en todas circunstancias, también es el día de las mujeres que han sobrevivido y han seguido su camino con fuerza. Para ellas está dedicado este relato de amor y de dolor, va por mujeres como Montse y María, que vivieron en el infierno y por fin se han ganado el cielo.

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