La picaresca se agudiza en tiempos de pandemia

Saltarse la norma a la torera. La Policía nos pone sobre la pista de las anécdotas más ingeniosas de los últimos meses. Porque en esto de la pillería no hay quien nos gane. ¡Ay! Si el Lazarillo levantara la cabeza...


Admitámoslo. Somos pillos por naturaleza. Tiene que haber un gen que desde hace más de cinco siglos nos invita irremediablemente a saltarnos la ley a la torera. Hecha la ley, hecha la trampa; las normas están para no cumplirlas y podríamos seguir con una retahíla de dichos populares sobre el asunto. Porque... ¿hay algo más nuestro que hacer de nuestra capa un sayo? Si no que se lo digan al director de Seguridad Ciudadana de A Coruña, Carlos García Touriñán, que nos relata mil y una anécdotas de la picaresca española del siglo XXI, desde que se iniciaron las restricciones hasta hoy. Seamos claros, todos llevamos un lazarillo dentro y también es bueno echarle un poco de humor a la situación. ¡Que ya toca!

Con el pan bajo el brazo

Y, en esta ocasión, no se trataba de bebé recién nacido. Si no de un vecino que durante el estado de alarma del pasado mes de marzo salía todos los días a comprar pan a la misma hora. Hasta ahí todo bien. El problema es que ya llevaba la barra de casa: «Fue al principio, en las fases 1 y 2, cuando solo dejaban salir para hacer la compra. Hacía esa jugada. Y la primera vez te la puede colar, pero después comprobamos que lo que hacía era pasear. Tuvimos que hacerle un seguimiento», explica Touriñán que indica que el pícaro pillado in fraganti recibió una sanción administrativa.

El amor todo lo puede

Pero no solo de pan vive el hombre. Porque el amor todo lo puede y todo lo mueve. Prueba de ello fue la de otro vecino, de «muy, muy avanzada edad», que hace unas semanas decidió saltarse el toque de queda a la una de la madrugada. La policía lo pilló fuera de su barrio y él alegó que iba a ver a su novia: «El comentario que hizo ya no te lo voy a decir. Solo te digo que cuando me contaron el caso me dijeron en broma que tenían dudas de si multarlo o darle un premio». Pero a pesar de ganarse la simpatía de los agentes, recibió una sanción.

De una en una

Que durante el confinamiento mas estricto las visitas al súper fueron lo más recurrente y que cualquier excusa era buena para ir a la tienda es una obviedad. Pero puestos a rizar el rizo, hay quien no tuvo pudor en hacerse la permanente entera. Porque una cosa es ir varias veces a la tienda y otra muy distinta es acudir al supermercado a por una pieza de pieza de fruta, y al rato, a por otra, y así sucesivamente: «Y cuando digo una es una, literal. El tique a lo mejor era de unos céntimos. Hasta se quejaban las cajeras».

Un clásico

Y luego está la de pasear al perro, otro clásico del confinamiento, pero que a día de hoy también sirve de excusa con el toque de queda: «El otro día nos encontramos a una persona a las dos de la mañana paseando al perro. La primera vez dijo que salía a esa hora de trabajar, y le coló, pero luego cuando lo ves otro día, ya le preguntamos que a qué hora salía y comprobamos el trabajo que tenía. Vimos que no era posible que saliera de trabajar a esa hora. A lo mejor estuvo viendo la tele o lo que sea y antes de echarse a dormir pues decidió bajar al perro porque tenía esa costumbre de antes. Pero te da la disculpa de que viene de trabajar a esa hora cuando no es cierto».

Salir a toda costa

El anuncio de Feijoo el pasado 30 de octubre sobre el cierre perimetral de las siete ciudades gallegas pilló a todo el mundo con el pie cambiado, incluso a los agentes. De ahí que durante esa jornada hubiese cierta comprensión con aquellos que habían puesto pies en polvorosa: «La orden se publicó solo media hora antes de que se pusieran los controles y hubo gente que intentó salir de la ciudad porque a lo mejor tenía un viaje programado o incluso había quien no se había enterado de la noticia. Bueno, no sé si se enteraron o no, pero  es posible. Lo que hacíamos era no dejarlos salir porque no puedes, pero tampoco los sancionábamos si se daban la vuelta».

Los no convivientes

Luego además de la salidas, un caballo de batalla recurrente durante todo ese fin de semana, y todavía lo es hoy en la actualidad, son las reuniones de los no convivientes: «Hay gente que lo sabe hacer muy bien, pero es cierto que durante los primeros, la gente tenía claro que no podían estar más de cinco personas, pero no que tenían que ser solo convivientes. ¿Qué ocurre? Que al principio se les avisa, pero ahora ya no hay disculpa para que todo el mundo lo sepa».

El policía de balcón

Es una figura infalible para detectar a no convivientes, según explica Touriñán. Pero este colaborador policial que surgió en la época más dura del confinamiento y también se puede puede equivocar: «Todos los días nos entra en el ayuntamiento nueve o diez denuncias sobre gente que está haciendo deporte de forma individual, al aire libre y sin mascarilla. Pero es que pueden hacerlo así. Es una de las excepciones. En gimnasios, no, ni en locales cerrados, pero sí al aire libre. Pueden ir a correr o en bici sin mascarilla. Hay gente que no lo sabe y  lo denuncian o te llaman para decírtelo».

El acosado

No solo denuncian los que cumplen de forma estricta las normas y quieren que todos los demás también cumplan, «que es muy loable», sino también aquellas personas que por motivos médicos están exentos de llevar mascarilla. En ocasiones, aseguran sentirse acosados: «Hay gente que los mira mal y en más de un caso los han insultado o incluso han llegado a tener algún problema con ellos. Denuncian que se sienten acosados  por no llevar mascarilla». Y, en ese sentido, envía un mensaje de tranquilidad: «Tenemos que entender que hay gente que va por la calle sin mascarilla y que puede ir, bien porque haga deporte o bien porque tiene un certificado médico que lo avale». .

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