«Perdí a mi bebé a los 8 meses de embarazo y aquí está Inés»

Luisa tuvo que parir a Miguel, que ya no tenía latido, en la semana 36 de gestación. Era su primer hijo y ahora es su «bebé estrella». Él le puso en el camino a su niña Inés, que va a cumplir tres meses. Luisa publica un libro en el que cuenta su experiencia


Cada vez que Luisa escucha a una madre quejarse de sus hijos o del cansancio que supone darles el pecho o de lo poco que se duerme, le recorre un escalofrío por el cuerpo. «Me acuerdo de mi bebé y de lo que daría yo por que no me hubiera pasado lo que me pasó», me cuenta con un nudo en la garganta. Luisa y Miguel se casaron en noviembre del 2017 sabiendo que querían tener hijos, enseguida ella se quedó embarazada y su gestación fue considerada de riesgo por un problema en la sangre. «Pero nada complicado, tenía una enfermedad como tantas mujeres», me explica con esa naturalidad de quien esperaba que su vida fuera como se la había imaginado.

Luisa López tiene ahora 36 años, pero lo que ha vivido en estos últimos meses la hacen sumar muchos más. Tanto que, siendo todavía muy joven, no deja de insistir en que jamás será la misma. «Nunca», dice rotunda. No quiere rodeos, quiere explicar y contarles a otras mujeres que, cuando menos te lo esperas, la vida te golpea fuerte y te deja sin aliento. Le sucedió a ella. Después de un embarazo sin excesivos problemas, cuando ya su hijo estaba a punto de nacer, de pronto el corazón de su bebé dejó de latir en la semana 36. «Recuerdo que había ido el jueves al médico y estaba todo bien; sin embargo, el fin de semana le dije a mi marido: "El bebé no se mueve, hace días que no lo noto". Pensé en ir de nuevo a la consulta, pero como justo tenía una revisión el miércoles siguiente decidí esperar para que me hicieran la ecografía ese día».

«ESTABA A TÉRMINO»

«Estaba en la recta final del embarazo, casi a término, y los miedos que tenía al principio habían desaparecido. Después de que cumplí la semana 20, ya pensaba que era tirar millas, y salvo las subidas de tensión que me daban, yo no estaba preocupada. Me atendían en la sanidad pública y en la privada, estaba vigilada, así que no pensaba en que me podría suceder nada malo ni a mí ni a mi bebé», relata Luisa. A su lado, su marido Miguel la escucha con la inquietud de tener que revivir lo peor que les ha sucedido en la vida: la muerte de su bebé, de su primer hijo, justo antes de nacer. «A esa ecografía del miércoles yo ya fui muy nerviosa, de alguna manera notaba que algo no iba bien. Justo veníamos de firmar la compra de un coche; ya sabes, por aquello de que ampliábamos la familia, y algo en mi interior me sacudía. En cuanto llegué a la consulta, me pusieron el ecógrafo y solo se escuchaba silencio. La doctora entonces me dijo: ‘¿Desde cuándo no notas al bebé?'. Ahí ya supe lo que pasaba. Pero te quedas tan impactada, tan en shock que no te lo crees. Tienes toda la ropita lista para ir al hospital, todo planeado y de pronto, todo se da la vuelta y te ves hablando de si lo vas a incinerar, a enterrar... Te vuelves loca. Yo estaba tan bloqueada que después del impacto no pensaba que aún tenía que parir a mi hijo. Ni se me pasó por la cabeza en ese momento, solo que Miguel había muerto, así se llama».

Luisa habla en presente porque Miguel, aunque haya nacido sin vida, es y será siempre su primer hijo. Sin embargo, las sensaciones se mezclan en ella cuando recuerda ese momento de confusión, nada más comunicarle la noticia de que había fallecido por esas subidas súbitas de tensión de ella. «Fue un infarto en la placenta, dejó de tener riego, y aunque una vez que sucede, te imaginas todo lo que habrías podido hacer: desde programar un parto antes a haber apurado a la hora de ir al médico, en realidad nunca nadie nos alertó de que corríamos el riesgo de que muriese. Me tocó a mí y es terrible. Lo peor que me ha pasado en la vida».

En medio de ese caos, y ya en el hospital, a Luisa la informaron cuidadosamente de cómo se iba a producir su parto. Por fortuna, tuvo un trato exquisito del personal y todos la ayudaron a tomar un montón de decisiones que ella no era capaz de asumir. «Sinceramente, creía que no iba a poder parir en esas circunstancias. Estaba vacía, pensaba que por qué no me hacían una cesárea y me evitaban ese trago. Pero luego, cuando sabes lo que es, agradeces ese parto. Para mí fue maravilloso a nivel vital, como experiencia, y reconozco que es necesario ver a tu bebé, estar con él. Yo no fui muy valiente porque lo tuve poco tiempo y enseguida quise que se lo llevaran, pero pude hacerle fotos y darle una parto digno, que era lo que se merecía. Ahora, echando la vista atrás, me arrepiento de no haberlo tenido más conmigo, pero yo estaba muy débil emocionalmente. Fíjate cómo te sientes que mientras empujaba para parirlo pensaba que iba a nacer vivo. Es durísimo».

TODO POR LA TENSIÓN

Durísimo fue también para el padre, que mientras ayudaba a Luisa en el parto no dejaba de mirar el aparato que marcaba su tensión. «La doctora antes de ir a quirófano me dijo que con esos picos tan altos había que esperar lo peor, así que ya no era solo el fallecimiento del niño, sino que temíamos por Luisa», relata mientras recuerda el silencio absoluto que hubo en el paritorio.

«Yo todo eso no lo supe —indica Luisa—, después de despedirme del bebé, solo pensaba en llegar a la habitación y dormir. Allí, sin embargo, estaba mi familia esperando, mis padres, mis hermanas, porque la angustia y el dolor fue de todos. También de mis suegros, que desde Ourense esperaban noticias».

El tiempo a partir de ese momento cuenta distinto. «Sentirte madre sin tu hijo es muy difícil de encajar. Al principio no puedes ni pensar, estás hundida, metida en tu dolor», recuerda. Pero fueron pasando las dieciséis semanas de la baja de maternidad y Luisa empezó a escribir un blog que la ayudó a soltar todo lo que llevaba dentro. «Fue mi salvación, mi liberación, porque yo no podía soportar que cada vez que entraba en un sitio o me encontraba con alguien, se hiciera el silencio. Era un tema tabú. Mis amigos, mi familia, nadie quería hablar. Y yo, en cambio, tenía esa necesidad de decirles a todos que sí era madre, que había tenido un hijo, que había parido, que Miguel estuvo en mis brazos, que es mi niño y siempre lo será». Con esa voluntad y esa fuerza, se afanó en visibilizar un proceso que desgraciadamente les sucede a muchas mujeres. «A mí me ayudó abrirme, a sacar mi dolor y a canalizar el duelo para encarar la vida. No te queda más remedio, por eso luego surgió la posibilidad de escribir el libro, Mi bebé estrella, como una continuación de ese blog que me ayudó tanto», expresa. «Espero que lo que cuento en él pueda ayudar a otras mujeres y colaborar a que se entienda cómo nos sentimos». La ilustración de la portada está basada en una foto de su hijo Miguel, el hermano mayor de Inés, a la que sus padres achuchan como el tesoro que es.

Ella ha colmado de felicidad a esta pareja, que jamás dudó en tener más niños. «Recuerdo que un médico me recomendó que esperara al menos un año y eso nos cayó como un jarro de agua fría, así que los dos pensamos que en cuanto yo estuviera bien, lo intentaríamos». Inés no se hizo esperar. Luisa se quedó embarazada rapidísimo y la vida se abrió paso. «Cuando supe que era una niña me alegré porque de alguna manera le daba su sitio a Miguel», señala sin dejar de recordar la angustia que vivió también durante los nueve meses de gestación. «Estaba muy vigilada, requetemirada, pero tienes mucho miedo. Tanto que en cuanto vi que ya podía nacer y que estaba bien, no me arriesgué y se programó el parto». ¿Y la tensión? ¿Siguió subiendo?, le pregunto. «Estaba controlada, pero es la pescadilla que se muerde la cola, te pones nerviosa y sube. Además, yo no dejaba de pensar que me podía volver a ocurrir».

¿Y ahora, tendréis más hijos? «¡Sííí!», responden al unísono mientras Luisa aprovecha para lanzar un mensaje de esperanza a cualquier mujer que esté pasando por lo mismo: «Tengo un bebé estrella y otro arcoíris, la vida no lo pone siempre fácil, pero si tienes voluntad, todo llega. Hoy veo a Inés y no puedo ser más feliz».

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