Los cuelga-mascarillas más deseados son gallegos

Paloma Ucieda creó en Santiago la marca Mafalda Mariola, por el nombre de sus dos hijas, y empezó a recibir pedidos de toda España


Dice que «se los quitan de las manos». Paloma Ucieda Mitchell es muy aficionada a la bisutería. Desde hace años elabora collares y otros complementos para amigas y familiares. Lo lleva en la sangre porque su madre, ya jubilada, regentó durante mucho tiempo la tienda de bolsos y complementos Pepa en la compostelana calle Alfredo Brañas, enfrente del Araguaney. Paloma le ayudó cantidad de veces. Pero nunca pasó de ahí, de una afición heredada y un hobby divertido. Hasta que en julio hizo un cuelga-mascarillas y colgó una foto en Instagram. Creó la marca Mafalda Mariola, por el nombre de sus dos hijas, y empezó a recibir pedidos de toda España. No pasaron ni tres meses y no da abasto.

PEDIDOS DE TODA ESPAÑA

«Tuve que recurrir a una socia, Mayra Fernández, que tiene la tienda My Piel en Compostela y vende también allí los cuelga-mascarillas. Yo tengo otro trabajo y lleva mucho tiempo preparar todo. Hacerlos, sacar las fotos, preparar los envíos, comprobar los pagos… Nos las solicitan de toda España y hoy mismo llegó un pedido de Andorra. Como son personalizados, hay que ir uno a uno», destaca. Los clientes los piden de diferentes colores, con adornos, con el nombre… «Los precios van desde los 6 hasta los 15 euros dependiendo de lo que quieran», informa. Paloma ofrece una alternativa de diseño y artesanal para evitar guardar la mascarilla en el bolso, en el codo o en el cuello. «Es reutilizable. Ojalá que algún día lo podamos utilizar solo para colgar las gafas o como un simple collar», comenta la creadora de estos deseados cuelga-mascarillas. «Lo curioso es que tengo más pedidos de fuera que de Galicia», apunta. Será que los gallegos pasamos de llevar más cosas encima.

SIETE CÓCTELES A LA COMIDA

Hace un par de años, cuando éramos normales, recuerdo haber asistido a una comida singular. Fue un almuerzo en el hotel Finisterre de A Coruña y el menú consistió en un imponente cocido preparado por Diego López, de la Molinera de Lalín, acompañado por unos vinos especiales, los del Consejo Regulador de Vinos de Jerez. Fino, manzanilla, amontillado con cachola, garbanzos y lacón fue una combinación que dudo mucho que vuelva a probar algún día. Me encantó. Desde entonces decidí ser más valiente a la hora de enfrentarme a propuestas gastronómicas novedosas, aunque no incluyan vino y cerveza en el menú. Por ejemplo, la que las últimas semanas pusieron en marcha en el restaurante Overa de A Coruña su cocinero Carlos Pérez y el veterano barman-coctelero-leyenda Manolo el del Pirata. Cocina japogallega acompañada por siete cócteles bautizados con los nombres de: caballito de mar, agua de rosas, Hong-Kong Sling, perla negra, sorbete de gin tonic, oishi y expresso Martini. El camarero fue explicando los detalles de cada uno mientras servían sashimi de rodaballo en caldeirada, salmón curado en alga kombu o un increíble rollito de chorizo criollo hecho al vapor, al igual que unas gyozas de gamba y panceta y otra de cerdo asado y limones encurtidos. Para finalizar, sopa de setas, atún picante y sushi de merluza a la bilbaína, de xarda y jengibre y de atún rojo. ¡Ah!, por si resultaba escaso, al menú añadieron una codorniz asada con miso negro y cebollitas del país y, como postre, torrija. Y lo mejor de todo es que acabé de comer y fui capaz de levantarme y hablar con absoluta normalidad y sin necesidad de cuelga-mascarillas.

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