Mónica Castelao (Cruz Roja): «Las familias deben ser sensibles y con gran capacidad de adaptación»

Son más de 300 las familias que se animan en Galicia a realizar acogimientos de menores sin tener ningún vínculo con ellos. Pero siguen haciendo falta muchas más porque cada caso es único. Eso sí, tienen que tener muy claro que nunca va a ser su hijo


Mónica Castelao es la encargada del programa de Familias Acogedoras de la Cruz Roja en Galicia. Un proyecto que lleva a cabo la Xunta y de cuya gestión se encarga esta institución. En su cabeza y en su corazón lleva a los 218 menores que ya tienen una familia acogedora y a los 71 que todavía la necesitan. Porque, como bien dice, esta modalidad de acogimiento «es un puzle con muchas piezas» y siempre hay que encontrar lo mejor para el niño. El eslabón más débil.

—¿Cuándo es necesario encontrar una familia de acogida para un menor?

—Cuando un niño o un adolescente no puede estar con su familia, la Administración, en este caso la Xunta, que es la que tiene la potestad, presenta varias alternativas. Por un lado, está el acogimiento familiar, y por el otro, el residencial. En el familiar siempre se intenta primero con su familia extensa. Es decir, unos abuelos, unos tíos, alguien en su familia que pueda hacerse cargo de ese niño. Cuando no hay nadie en la familia extensa que pueda hacerlo es cuando se recurre al acogimiento en familia ajena, y ahí es donde entra Cruz Roja. Son personas que no conocen al niño de nada, pero que se han ofrecido de forma voluntaria.

—¿Y luego están los centros?

—Sí, es la otra alternativa. Se ha demostrado que un niño necesita una familia, un entorno normalizado para que esa crianza sea lo más saludable. Por eso también en los centros, cada vez se tiende más a los microcentros, a lo que se llaman casas de familia, y no a grandes centros, como había en el pasado. Aún quedan algunos, pero cada vez se tiende más a un entorno más reducido para ocho o diez niños.

—¿Acabarán por desaparecer?

—No, porque son una alternativa válida. Quizá acaben quedándose en centros pequeños. No siempre podemos dar solución con las familias de acogida o con la rapidez y la urgencia que algunos niños necesitan. La urgencia puede ser a cualquier hora del día, en fin de semana, puede ser un grupo grande de hermanos... Los hermanos deben continuar juntos, pero hay ocasiones que son cuatro o seis y no llega de repente una familia acogedora de un día para otro que se pueda hacer cargo. También están las edades de los chavales, las dificultades que pueden tener por la situación que están viviendo o la que ellos tenían un poco de partida...

—¿Qué tiene que tener una familia para convertirse en acogedora?

—En general, cualquier familia podría llegar a ser acogedora. Pero al final tampoco es así. Deben ser familias sensibles, con gran capacidad de adaptación y estables en todo su entorno. No buscamos familias con grandes ingresos, ni que tengan que tener un límite, pero sí con unos ingresos estables y que la incorporación de un nuevo miembro no vaya a desestabilizar esto o a ponerlos en riesgo. También estables a nivel emocional, y a nivel laboral. Si tú estás con cambios continuos de trabajo que te obligan a moverte de ciudad, eso no favorece que puedas estar en una situación de acogimiento.

—¿Tienen posibilidad de adoptar a los menores que acogen?

—La adopción va por otra vía. Primero por la gran diferencia que hay entre las dos medidas. En adopción tú tienes un hijo y el niño rompe el vínculo con su familia de origen. En acogimiento familiar, el niño no va a ser tu hijo. Eso se trabaja con las familias para que lo tengan claro desde el primer momento. Después, cada situación acaba siendo diferente y muchas veces no se sabe cómo va a evolucionar. Una familia que acoja a un bebé de renuncia nunca va a ser su familia adoptiva. Eso lo podemos confirmar totalmente. Pero, por ejemplo, una familia que acoge a un chaval de 14 o 15 años, cuando llegue a la mayoría de edad, ellos deciden si continúan con la convivencia y si lo formalizan mediante una adopción. Son situaciones completamente diferentes. Pero si una familia quiere tener un hijo, el acogimiento no es la vía. Se va a frustrar y va a ocasionar daños a su propia familia y al niño. Aunque también hay situaciones excepcionales que, con el transcurso de los años, puedan acabar adoptando. Pero no es el camino ni la realidad en el 98 % de las situaciones de acogimiento.

—¿Qué tipos de acogimiento hay?

—En familia extensa (abuelos, tíos y demás). Ahí está Aldeas Infantiles coordinando un proyecto de apoyo a estos familiares. Y también tienen una asociación que les presta cobertura. Luego hay otro proyecto para acoger a chicos que han estado bajo una medida judicial, porque les ha llevado a delinquir o algún tipo de situación así. Y por último está el acogimiento por familia ajena sin estar bajo medidas judiciales que, salvo lo que se haga directamente por los equipos de Protección de Menores de la Xunta, se encarga Cruz Roja de gestionarlo.

—¿Y el acogimiento en familias ajenas siempre se hace de la misma manera?

—No, hay varios tipos. Además, un acogimiento pasa por diferentes momentos y debemos adecuarnos a las edades y a las necesidades de esos niños. El más común es el acogimiento pleno, la convivencia de 24 horas con el niño, pero también hay acogimientos de fines de semana y de vacaciones; y acogimientos de días. Los de fines de semana o vacaciones suelen ser complementarios a un acogimiento residencial. El niño está en un centro, pero pasa los fines de semana y las vacaciones con una familia. Y el acogimiento de días suele ser complementario mientras convive con su familia de origen. Puede ser, por ejemplo, una mamá sola que tiene un horario laboral incompatible con el cuidado de su hijo pequeño y no tiene red familiar de apoyo y tampoco dispone de recursos económicos para pagar a un cuidador. Ahí se decide un acogimiento en familia ajena durante el día. Se realiza durante unos meses hasta que la madre pueda salir adelante. Son pocos los casos que tenemos así, pero todos los años hay dos o tres en algún punto de Galicia.

—¿Hay un tiempo máximo para cada acogimiento?

—Lo más habitual es el acogimiento temporal, que puede durar como máximo dos años. Y después está el permanente, que, simplemente, es que se va a alargar más de dos años, pero no quiere decir que se vaya a quedar siempre en esa familia. Por ejemplo, un chaval con 14 o 15 años suele ser un acogimiento permanente hasta la mayoría de edad. O un caso en el que el papá o la mamá no pueden hacerse cargo del niño por una enfermedad incapacitante, también suelen ser casos que se quedan en acogimiento permanente durante muchos años porque hay ese contacto con la familia de origen, no se pierden esos vínculos, pero se sabe que la solución es un poco irreversible. Y luego están los acogimientos de urgencia que se producen de forma muy rápida, como máximo durarán seis meses. Puede ser un bebé de renuncia y puede empezar de un día para otro y hasta que se determine qué va a pasar con él está con esta familia.

—¿Todos se hacen de un día para otro?

—No, un acogimiento temporal o permanente se empieza de forma progresiva. Son varios días o semanas para que esté funcionando. El de urgencia sí es en 24 horas, o menos, porque hay que dar respuesta. Tiene que ser una familia con posibilidad de hacerlo. Por ejemplo, un bebé de cuatro o cinco días de vida que acaba de salir del hospital. Ahí la familia que acoge tiene que tener disponibilidad horaria para esa atención de 24 horas. En otros casos, una familia que se deba regir por un horario laboral, el menor de acogida ya estará en el cole para que se puedan aplicar las medidas de conciliación de cualquier familia. Aunque tenemos muchas familias, no todas sirven para todos los casos. Y después, la situación personal de cada niño. Como marca la ley, el interés del menor siempre está por encima. Es decir, qué característica tiene ese niño y qué familia puede llegar a cubrirla.

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