Juan Sanmartín, jefe de paliativos del Chuac: «Cada vez se muere más gente sola, y no por el covid»

«Ahora los pacientes fallecen sin dolor, pero nuestro empeño es que lo hagan sin sufrimiento», matiza Sanmartín, que lleva 25 años cuidando el proceso final. «Está bien decir que no hay que poner resistencia a la muerte, pero nos agarramos a la vida siempre»


Juan Sanmartín (Arzúa, 1954) ha aprendido de sus enfermos en estos casi 25 años en el servicio de cuidados paliativos del Hospital de Oza que lo más importante es el afecto. «Atender con cariño es lo que exigen unos pacientes que están próximos a la muerte». «Todos deberíamos prepararnos, saber cómo queremos ser atendidos y enfrentarnos a esa realidad, aunque seguimos dándole la espalda», asegura Sanmartín, que estos últimos meses ha vivido situaciones muy duras. «Ha habido gestas heroicas para intentar que las personas no se murieran sin despedirse de sus familiares; móviles, tablets..., hemos usado toda la tecnología a nuestro alcance».

-Trabajar con gente que se va a morir es durísimo. ¿Es así para usted?

-Sí, visto desde fuera parece un trabajo duro. Desde dentro, es duro, pero es un trabajo profesional que quizás exige un poco más de esfuerzo que otro. Atender a personas con un pronóstico de vida muy corto se hace difícil personalmente.

-Todos tenemos claro que nos vamos a morir, ¿pero seguimos dándole la espalda incluso en el momento final?

-La sociedad actual vive de espaldas a la muerte, es un tópico, pero también de espaldas a la enfermedad. Por eso cuando sucede algo nuevo, nos sorprende de manera excesiva. Los pacientes que llegan al hospital son personas muy enfermas, con patologías crónicas en estado avanzado y sí tienen una situación clínica complicada, con un pronóstico de vida muy acortado. También vemos pacientes que pueden ser dados de alta, porque tienen una crisis de necesidad, y otros que están en el último mes de vida y que ya no vamos a trasladar al domicilio.

-En ese proceso natural que es morirse, ¿seguimos poniendo físicamente resistencia? ¿Es mejor dejarse ir sabiendo que el final ha llegado?

-Sí, lo de no poner resistencia lo decimos con bastante naturalidad, e incluso lo aconsejamos a los demás, pero luego cuando lo ves desde el punto de vista personal, hay un agarrarse a la vida que es muy natural, muy natural. Se trata de encontrar en la última fase una esperanza, y creer que te vas a curar, y que vas a retrasar la muerte. El sentimiento de retrasarlo lo máximo es muy habitual. Aceptar lo que te está sucediendo es una frase muy bonita, pero la realidad es durísima. La aceptación de la muerte deberíamos reflexionarla incluso cuando estamos sanos.

-Explíqueme eso.

-Prepararse para la pérdida funcional o psicofísica, la mayoría de la gente tiene mucho miedo a perder la autonomía y el estado mental. El deterioro cognitivo es muy temible, tanto por parte del paciente como de los cuidadores.

-Cuando estamos sanos, ¿qué deberíamos hacer? ¿Qué tendríamos que prever?

-Tenemos muy pocas predicciones en caso de que nos falle algo. No pensamos en que cuando venga la enfermedad nos vamos a desenganchar de la profesión, puede que tengamos que arreglar nuestro trabajo, incluso que podemos ser despedidos. Va a costarte dinero, y tienes que saber cómo quieres ser cuidado. Para eso hemos avanzado en el Registro de Voluntades Anticipadas, un instrumento fantástico, donde expones los cuidados que tú consideras de dignidad.

-¿Cuáles son para usted esos cuidados?

-Respetar las instrucciones y los planes de cuidado que tenga la persona enferma. Morirse sin sufrimiento, desde luego, rodeado de tus allegados. Y digo allegados porque ahora las familias son distintas. Y en un sitio digno, en tu casa, o en una institución que te proporcione los cuidados adecuados.

-Uno puede dejar expresado quién quiere que lo visite en el último momento, ¿por ejemplo?

-Sí, claro. Las familias ahora son multifuncionales, no hay a veces solo una pareja, sino varias, varios miembros distintos. Estamos en una transformación social y eso se transmite en el entorno de la enfermedad. En la muerte se junta todo, es una especie de río adonde conduce todo. Y ahí es donde se mezcla lo que has vivido: con quién, cómo lo has hecho... Hemos visto finales muy distintos.

-Hay gente que muere sola, y otra que lo hace rodeada de cariño. Dos maneras muy diferentes, ¿observa esas diferencias en cómo le afecta al enfermo?

-Sí, nosotros ya venimos observando, y así lo refleja también la literatura internacional, que cada vez existe un mayor número de personas que fallecen solas. Esa persona que ha perdido su círculo de cuidado es un paciente que si llega al hospital recibirá atención solo. Vemos lo que llaman en inglés, death alone, ‘muerte sola'. Estamos ante una sociedad añosa, que se muere a los 87 o 92, y la pérdida del clan familiar es lo más habitual.

-Entiendo que no hay nada más doloroso. Uno quiere estar rodeado, ¿alivia?

-Nosotros ya lo habíamos señalado antes de la crisis del covid: que estábamos atendiendo a pacientes que no tenían familiares y que no sabíamos a quién avisar. Están solos durante la hospitalización. Pero lo lamentable con la crisis del covid es la desaparición de las familias por normativa dentro de los hospitales. Se prescinde del acompañamiento en las fases críticas. Esto ha sido una experiencia a mayores que hemos sufrido y ha sido de lo más duro. Ahora tenemos que decir por teléfono la evolución de un familiar o comunicar por la misma vía el fallecimiento sin que ni siquiera lo hayan podido ver.

-¿Ahora tampoco pueden acompañar a los pacientes? ¿O solo en caso de covid?

-Nosotros hemos hecho un esfuerzo dentro del programa de paliativos para que se hiciese una excepcionalidad y se permitiese la estancia y la visita a los pacientes que están clasificados como paliativos. Pero la normativa general dice que están prohibidas las visitas. Aquí, con todas las medidas de seguridad necesarias, dejamos a las familias para que puedan despedirse, si es el caso.

-En estas circunstancias, todo el personal sanitario habrá hecho de transmisor entre familia y paciente. Me imagino casos como «le puedes leer esto a mi padre, a mi madre», «dile que le quiero»...

-Sí, son gestas heroicas. Hemos pasado recados, móviles, tablets... para que se pudiesen ver. Hemos utilizado toda la inteligencia artificial que se ha podido para que los familiares se despidiesen en el momento crítico. Lo terrible es que en algunos casos no pudieron ni hablar por teléfono. ¡Pero estamos hablando de cosas muy tristes!

-¡Es su trabajo! Dígame una positiva.

-Llevamos trabajando 24 años aquí, así que estamos muy contentos de llegar a cumplir el año que viene los 25.

-En este tiempo habrá visto muchos avances. ¿La gente muere con menos sufrimiento?

-No dejamos de avanzar, y de corregir los fallos. No dejamos de estar motivados para seguir avanzando en la lucha y en la pelea del sufrimiento innecesario. Y proporcionar los mejores cuidados al final de la vida sigue siendo nuestro empeño después de estos 25 años.

-Lo más gratificante es ver que la persona no ha sufrido. ¿Me confirma que uno se muere sin dolor?

-Sí, tiene que ser excepcional para que eso suceda. Tiene que ser un dolor muy rebelde o una atención muy deficiente. El control del dolor en paliativos fue un motivo de inicio, cuando arrancamos fue nuestro gran lema. Ahora el dolor no es el problema, sino el sufrimiento excesivo o el sufrimiento innecesario. No solo físico sino también psicológico. Eso es lo que hay que evitar.

-¿Qué ha aprendido en estos años de los enfermos en el proceso final?

-Muchísimo. La medicina preventiva prácticamente se aprende hablando con el enfermo, si le escuchas, si intentas entender lo que él te quiere decir. Me ha enseñado a ser reflexivo, cuidadoso, educado. El buen trato cordial es un valor que los pacientes requieren y exigen al médico y al personal asistencial. Un trato de afecto y cariño. Tienes que trabajar con esa afectividad, eso no me lo enseñaron en los libros. Y también cómo enfrentar la adversidad. Personas con espíritu alegre por seguir viviendo, ellas te dan una lección de vida.

-Eso lo hemos visto mediáticamente con Pau Donés, por ejemplo.

-Claro. Son ejemplos que tienes que seguir. Lo de Pau Donés es para estudiarlo, cómo es capaz de ir adaptándose con el paso de las semanas, de los meses, cómo va organizando la despedida siendo él lo que siempre fue. Pero no es un ejemplo único, la gente común me da cada día lecciones de cómo se enfrenta el final de la vida.

-¿Le confiesan de lo que se arrepienten? ¿Hay un patrón común cuando llega el final?

-Todo el mundo hace un balance. Hay quienes lo tienen positivo: «Yo he vivido bien y estoy tranquilo». Y hay quien lo tiene negativo y eso es lamentable. Porque fue incapaz de reordenar el perdón, el arrepentimiento de una vida que tal y como le salió lo ha llevado a perder el afecto de sus amigos o de su familia. Hay muchos arrepentimientos y ajustes de sentimientos, pero sobre todo el tema del perdón se repite: o no pudieron perdonar o no fueron perdonados.

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