75 años siendo amigas

Para toda la vida. Desde siempre y para siempre. Así es la amistad de estas dos mujeres que se conocen desde la cuna. Sus padres eran uña y carne y ahora lo son hasta sus sobrinos. Se quieren y se pelean como hermanas. Son inseparables


Esta es la historia de dos mujeres que se hicieron amigas antes de nacer, porque sus padres ya eran uña y carne. Es una historia de amistad infinita, desde siempre y para siempre. Las coruñesas Ana García Oleaga y Dolores Armendáriz Alberdi llevan 75 años siendo amigas inseparables, con vidas e historias similares. Juntas en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la risa y en el llanto. De hecho, este año están de celebración, puesto que son sus «bodas de platino».

De pequeñas jugaban a las tabas y ahora al chinchón. Y tanto les gusta sacar la baraja que a la vivienda de Dolores la conocen como «el club social» de Vioño, por estar ubicada en este barrio de la ciudad herculina. A veces, se les suman otras «amiguitas» (así se llama su grupo de WhatsApp) en O Farelo (un bar cercano al mercado de San Agustín, en A Coruña), pero las incondicionales son ellas dos. «Somos amigas desde que nacimos. Nuestros padres vinieron solteros desde Bilbao para trabajar en A Coruña. Fue antes de la guerra y, en aquella época, había poco trabajo en el País Vasco. Un día, paseando por la Torre de Hércules, mi padre vio que el padre de Dolores llevaba una chapela, supuso que también sería vasco, y lo saludó. A partir de ahí se conocieron y se hicieron inseparables. Como nosotras», relata Ana. La madre de una se convirtió en la madrina de la otra; y luego una se convirtió en la madrina de la hija de la otra. Y así todo, porque ahora incluso hasta sus sobrinos trabajan juntos.

Ellas nacieron con diecisiete meses de diferencia, pero ya con el carné de amigas en el bolsillo. Juntas estrenaron los primeros juegos, juntas hicieron la comunión y juntas compartieron esas ganas que tienes de comerte el mundo cuando eres joven. Hasta sus maridos son amigos íntimos también. Y eso que uno es de Monterroso y el otro de Coruña. «Se conocieron por nosotras. Podía ser que ellos no congeniasen, pero resulta que se llevan genial», corean.

DEMASIADAS CASUALIDADES

Estudiar en colegios distintos no fue óbice para que su conexión emocional se fortaleciese todavía más. Una fue a las monjas y la otra, al instituto. Con el paso de los años, una se convirtió en enfermera y la otra trabajó en el almacén de artículos de mercería que todavía hoy sigue funcionando y regenta su familia. Pero siempre siguieron siendo las mejores amigas.

Hoy, ya jubiladas, disfrutan de la amistad y de la vida, según como esta les va viniendo, que de vez en cuando golpea duro. «Si nos sacan el ADN, seguro que hay algo sanguíneo. Porque yo creo de verdad que estamos conectadas», sostiene Dolores. «¡Ay, mira! Ahora ya no, eh, que si no hay que repartir las herencias con tus hijas, ¡ja, ja!», bromea Ana, y añade: «Es que son tantas las similitudes que hay entre nuestras vidas... Cuando nuestras madres enfermaron, las dos fue de lo mismo; cuando a mi padre le pusieron un marcapasos, al suyo también se lo pusieron, ¡porque no iba a ser menos....!; los maridos, igual. Si el marido de una se pone enfermo, el de la otra también. ¡Y de lo mismo! ¿Que al de ella lo operan de una hernia? Pues al mío también. Le cuento otra anécdota muy graciosa: «La única vez en mi vida que se me dio por comprar chuletitas de conejo, ¡de conejo!, para una comida que celebramos juntas en una finca en Dexo, me apareció ella con las mismas chuletitas, que también las había comprado por su cuenta», cuenta Ana.

Así lo corrobora Dolores: «Es que yo jamás en mi vida había comprado chuletitas de conejo y ese día las llevé. Como ella. Tenemos muchísimas coincidencias». Y se siguen riendo. Sigue Ana: «¡Ay, sí! Este tipo de cosas nos pasan continuamente. Nuestra vida ha sido siempre así».

SE DESESCALARON JUNTAS

Poco más y se confinan juntas. «Eso no, pero en la desescalada sí que pasamos todo el tiempo que pudimos juntas. Nos íbamos a la finca de ellos. Ahora llevamos desde junio todos los días jugando a las cartas por la tarde. ¡De cabrona para arriba y para abajo todo el tiempo! Ja, ja...!», bromea Armendáriz. «El otro día, mi nieta Julia, que tiene solo nueve años, nos soltó: ‘Pero ¿cómo es posible que llevéis 75 años juntas?'», relata Dolores. La niña, demostrando una asombrosa capacidad para cuantificar la dimensión real del asunto, no daba crédito. Es que no son ni 30 ni 40 ni 50 de amigas. ¡Son 75 años! Por eso, en la redacción del periódico, decidimos juntar a estas dos mujeres para celebrar la amistad más sólida y duradera. Es como nuestro particular «Día de la amiga» en el YES. «A ver, que también nos peleamos como gatos, ¿eh? Tal cual si fuéramos hermanas», sostiene Ana, otra vez entre carcajadas. «Yo incluso tengo con Dolores más similitudes que con mi hermana, porque con ella son seis años de diferencia y con mi amiga, solo unos meses. La verdad es que nos lo sabemos todo la una de la otra», añade Ana.

Estas dos mujeres no son de las que esperan a que la vida las sorprenda. Ellas son de las que ríen y hacen reír; de las que saben ver el lado bueno de las cosas aun cuando apenas lo hay; y de las que siempre están ahí cuando se las necesita.

¿Cuánto reconforta una amistad tan sólida? «Muchísimo, sobre todo en los momentos difíciles», responde Dolores. «Nunca ha habido entra nosotras envidias ni celos», apostilla Ana. Si una tiene algún problema con la otra, lo hablan, se arregla y punto.

Son amigas que se admiran y se respetan. Amigas que se saben diferentes, pero que se encuentran hasta en los desencuentros. Amigas para siempre y desde siempre. Una historia de amistad infinita. Ellas son eternamente amigas.

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