El hombre que se hartó de las gafas empañadas


A unos le molesta más que a otros. Pero Nicolás es de los que no lo soportan. Trabaja con su mujer en Enza di Piazza, una empresa ubicada a las afueras de A Coruña que se dedica a la elaboración de dulces de primer nivel. Él, que toda la vida fue emprendedor y empresario, se dedica al reparto por toda la comarca y echa una mano en todo lo que puede. Y siempre con la mascarilla y las gafas. «Es incomodísimo porque no me queda más remedio que usar los lentes, porque si no, no veo, y la mascarilla es obligatoria. Y claro, se me empañan constantemente», comenta. Tengo amigos que se la ajustan muy bien a la nariz y consiguen compaginarlas bastante bien, pero lo habitual es que se te empañen. O te quitas las gafas o te bajas un poco la mascarilla, que no es recomendable. Nicolás, que reconoce que es un manitas, acaba de patentar el NC 19. Un nombre un tanto pretencioso pero muy comercial. Son sus iniciales y el apellido del covid. «Me hablaron de un jabón o un gel, pero no me iba bien. Probé con muchas cosas. Vi vídeos de gente, incluso de algún médico, que se ponía un poco de fixo en la parte baja de la gafa, pero no es lo que yo buscaba», recuerda. El NC 19 es una junta de goma, como la que llevaría una mampara de baño. Son unos deflectores que tienen la ventaja que se pueden poner y quitar y dan resultado. «En algún momento puede ser que los cristales se empañen un poquito, pero nada que ver con lo de antes», analiza. Todo lo hizo él, trabaja mucho más cómodo, y ahora solo falta por saber si el invento se convertirá en negocio. «Una empresa de gafas está estudiando el tema. Habría que buscar el sitio donde fabricarlos. Hice unos cuantos prototipos y ahora los tienen que desarrollar los técnicos, que yo no lo soy», afirma el hombre que se hartó de las gafas empañadas. Recuerdo cuando me llamó a mitad de agosto para hablarme del tema. Pensé que era una idea tan brillante como de poco recorrido, pero Nicolás está dispuesto a sacarle partido a su invento, que inició fruto de la necesidad.

CAMIÑO DE MUXÍA

La romería da Virxe da Barca no se pudo celebrar, como tantas y tantas fiestas. Pero seguro que el año que viene hay más suerte y menos pandemia. Hacía tiempo que no iba a Muxía. Unos amigos, Juan y María, son unos entusiastas de O Camiño dos Faros, posiblemente la mejor iniciativa turística-deportiva-paisajística puesta en marcha en Galicia en los últimos años. En cuanto pueden, arrancan hacia A Costa da Morte, aparcan el coche y echan a andar hasta un restaurante que previamente reservaron. Buscan lo mejor. «Todo final tiene que tener un trofeo», comentan mientras caminamos por un sendero en dirección a la playa de la Cruz de Muxía. Allí hay un hostal, justo a la entrada del localidad, que lleva el nombre del pequeño arenal. Fuera tiene un cartel que parece sacado de los primeros capítulos de la serie Cuéntame, pero dentro es un coqueto y moderno establecimiento hotelero.

Desayuné allí y me sirvieron las tostadas más ricas que recuerdo haber tomado en mucho tiempo. Antes de salir les comenté a los dueños que el luminoso del exterior no le hacia justicia al interior. «Ya lo sabemos, lo vamos a cambiar», avanzaron. Entre el empuje del Camiño, que cada vez cuenta con más adeptos, el tirón del parador de Muxía, y que las carreteras mejoraron bastante, esta zona es un destino fantástico en esta época en la que se prefieren los viajes cortos. Comimos en A Casa do Peixe una palometa roja de primer nivel, aunque se me empañaron las gafas cuando trajeron la cuenta. Deseando que llegue la próxima etapa.

Por Pablo Portabales PERIODISTA

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