«Queriamos casar xa, antes de que el se fose de novo»

Una boda exprés. Mary y Gonzalo van a contracorriente. Mientras los novios de toda España tratan de aplazar sus enlaces para el 2021, ellos se pusieron las pilas para que no pasara de este verano. Había un motivo


Mary y Gonzalo no tenían pensado casarse, al menos no por no el momento. Pero llegó el confinamiento, y lo que no tenía ni trazas, se convirtió en una necesidad, en una urgencia. Mientras miles de novios vieron cómo sus planes se venían abajo por culpa del covid, y se apuraban por conseguir una buena fecha para el 2021, esta pareja de Carballo se movía para organizar el enlace cuanto antes este mismo verano. En poco más de un mes todo estaba resuelto: cátering, vestido, lugar del banquete, decoración, flores... No se crean que fue algo así a lo loco, un arrebato de «mañana nos casamos con lo puesto». No, no. No faltó ni el más mínimo detalle. Gran parte de culpa la tuvo Tamara, amiga de los novios, y quizás futura organizadora de eventos, porque solo hay que ver la que lio casi solita. Pero vayamos por partes.

Volvamos a la urgencia del enlace, porque tiene una explicación. Gonzalo es marinero, se dedica a la pesca del atún en Ecuador. Pasa varios meses embarcado, sin más contacto que un teléfono vía satélite por el que se comunican un par de veces a la semana porque si no, no sale a cuenta. Mientras Mary sigue con su día a día. Trabaja como auxiliar en una clínica dental e intenta llevar la separación lo mejor que puede porque confiesa que «é moi, moi duro». «Para el é máis duro porque é el o que o está vivindo, pero claro, ti estás aquí esperando a que veña que leva cinco meses e medio sen vir e non sabes cando vai poder volver, nin canto tempo nin nada», explica.

Como cualquier pareja de novios que lleva tres años y medio de relación, después de un tiempo va teniendo cada vez más cosas en común. Y a raíz del confinamiento, cada gestión que Mary se proponía hacer por su cuenta se complicaba porque requerían la presencia de Gonzalo, con el que legalmente no tenía ningún lazo. Sin ir más lejos, esta vez se fue en febrero con la intención de regresar en mayo, pero le cogió el período de alarma por el medio, y no lo hizo hasta julio. Entre medias, 154 días que se hicieron eternos. Ella, lejos de su familia y de él. Para el más mínimo trámite bancario tenía que movilizar a la familia de Gonzalo, con el follón que esto suponía en pleno confinamiento. Así que lo más sencillo era pasar por el altar, un paso que le daría libertad a Mary para actuar en nombre de ambos las largas temporadas que él pasa fuera de casa. «Traballo fóra nunhas condicións que non son como estar en España; pasa calquera cousa e ela está...», señala Gonzalo, que confiesa que retrasarlo por la situación actual no era una opción porque nunca quisieron una boda multitudinaria. «Queriamos casar xa, antes de que el marchase de novo», dice Mary.

Los preparativos se hicieron entre tierra y mar. Mary ideaba, le comentaba a Gonzalo, y él, como tampoco podía a hacer mucho más, aceptaba. «Eu chamaba cada tres días e cada vez era unha cousa nova, xa o sabía todo o mundo... non me deu tempo a nada. Cando eu cheguei case estaba todo listo», dice Gonzalo.

La fecha de la boda también era otro enigma, ya que aunque él regresara en julio sabía que en cualquier momento podía sonar el teléfono para embarcar de nuevo. La fijaron para el 22 de agosto, y salió todo a pedir de boca, como si el destino saldara una deuda pendiente. Los novios tenían claro que querían que fuera una boda muy sencilla, contrataron un cátering para que se encargara del churrasco y pulpo y poco más. Con Gonzalo embarcado, Mary trabajando todo el día y que no querían mucho bombo, no le dieron muchas más vueltas. Cuando Gonzalo llegó a puerto, la prioridad era disfrutar al máximo de los días libres, porque no sabían hasta cuándo se iban a prolongar, así que los preparativos pasaron a un segundo plano. «Eu realmente son un pouco desastre e tocabame traballar nove horas ao día, non me ía encargar de nada, eu tiña o catering e punto», dice Mary.

Eso por su parte, porque enseguida entró en juego Tamara, que no iba a permitir que ese día especial pasara sin pena ni gloria. Cierto que iba consultando con la novia pequeños detalles para ver si eran de su gusto, pero ella solita se lo guisó. Acondicionó una casita de piedra que sus suegros tienen en Seaia, Malpica, y montó un atrezzo que ni la wedding planner más cotizada del momento. «La boda iba a ser muy sencilla pero me metí yo por medio, y le pedí a Ruibal, un amigo al que se lo quiero agradecer, unas mesas que son unas nasas, porque él trabaja en el mar... Además abrí el baúl de los recuerdos, porque mis suegros emigraron a Londres, maletas de piel, lámparas de bronce con mármol, sillas vintage... Ellos no se imaginan ni la mitad de las cosas, van a flipar», comentaba Tamara días antes de la celebración. Cuatro días después, los novios fliparon. «Tamara tomouno moi en serio, se non fose por ela seguramente non tería sido tan acolledora e tan bonita como foi», dice el novio. Los tres, Tamara, Gonzalo y Mary coinciden a la hora de elegir uno de los momentos más especiales: cuando los recién casados bailaron con sus padres.

Mary y Gonzalo contaban con despedir a los invitados e irse para casa, pero no, de nuevo los amigos lo impidieron. Unos días antes de la celebración, les dejaron en el felpudo un regalo muy especial, dos noches en la suite presidencial de un hotel de Malpica. Al día siguiente, ella se reincorporó al trabajo y hace tan solo unos días que él partió de nuevo. «Non é a cousa máis bonita do mundo irme agora, igual se fose noutras circunstancias sería doutra maneira, pero tal como estamos é duro. Canto antes o faga, antes consigo o que quero, e pódense pensar outras cousas», dice este recién casado que, aunque hace años que vive del mar, después de un parón lo retomó de nuevo hace casi dos. Sueña con un trabajo en tierra, pero tampoco le importaría seguir navegando si fuera más cerca de casa. «Agora marcho á outra punta do mundo. Antes aínda podiamos tocar terra uns días para dar unha volta e cambiar de aires, pero agora non creo, teremos que estar todo o tempo no barco». Tiempo tendrá para contarle a sus compañeros que lo que se imaginaba como «unha churrascada, quizais un pouco máis elegante para xuntar aos amigos de sempre e familiares próximos» acabó convirtiéndose en un día inolvidable. De no querer casarse han pasado a querer hacerlo una vez al mes.

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