Sebastián Quintana: «Un niño puede ahogarse en 27 segundos y en solo 15 centímetros»

Este canario recorre el mundo intentando crear cultura de la prevención y seguridad acuática. Quiere que el ahogamiento, al que llama «la muerte silenciosa», deje de serlo. Para ello, lanza varios consejos: nada de flotadores, vaciar a diario las piscinas de los bebés y la regla de los 20-30


A los 9 años, Sebastián Quintana (Gran Canaria, 1960) se ahogó. Estaba en una piscina natural con unos vecinos cuando se fue a una zona que no hacía pie y se hundió. Sufrió una parada cardiorrespiratoria de la que afortunadamente se recuperó. Pero esa experiencia vital, en la que confiesa «experimenté la muerte», le sirvió no solamente para convertirse en un muy buen nadador, sino también para liderar una plataforma con la que recorre el mundo concienciando sobre la seguridad acuática. La campaña «Canarias 1.500 kilómetros de costa», que ha obtenido distintos reconocimientos desde que se lanzó hace 7 años, recoge las 16 situaciones de riesgo más comunes a las que se enfrenta un bañista.

-Dices que 27 segundos son suficientes para que un niño se ahogue.

-En 27 segundos un menor de hasta año y medio de edad se puede ahogar en 15 centímetros de agua, un niño de 8-12 años en tres minutos, y un adulto en cuatro.

-Nos imaginamos ahogamientos en playas y piscinas, pero 15 centímetros también puede ser una bañera.

-Claro, claro. Se ha triplicado o cuadriplicado casi la venta de piscinas tanto inflables como desplegables, ya que debido a la situación del covid-19 la gente quiere estar en su entorno más íntimo y existe cierto temor a ir a piscinas públicas o playas. Nosotros estamos avisando de que en lo que va de año a nivel nacional hemos rebasado los 300 fallecidos por ahogamientos, entre ellos más de 60 niños. Advertimos un incremento, ¿por qué? Porque llenamos la piscina de agua, el niño se da el bañito y luego seguimos con nuestra actividad diaria, preparamos la comida, vemos la tele, y ahí sigue la piscina, ese pequeño cubículo con agua las 24 horas, y es un auténtico peligro porque no se plantea ninguna opción de vallarla. Nosotros recomendamos que ese tipo de piscinas se vacíen diariamente y las que son desplegables que ya tienen hasta 70 centímetros de profundidad, que tengan una tapa con el peso suficiente para que si el niño quiere acceder no pueda.

-Y cada año se repiten.

-El problema además, en este tipo de piscinas, es que el suelo es resbaladizo, el niño resbala, se da un golpe en la cabeza y pérdida de conocimiento. Y se acabó. Aquí hubo un caso hace año y medio, el marido se fue a jugar al golf en la misma urbanización, y la madre se quedó con el bebé de año y medio. Cada bungaló tiene una pequeña piscina, ella fue a calentar el biberón, y cuando volvió no lo encontraba, hasta que se dio cuenta de que estaba en el agua. Fue evacuado en helicóptero, pero no se pudo hacer nada. La vulnerabilidad de los menores en el medio acuático es absoluta y no somos conscientes, en las playas o en entornos acuáticos, vemos a los padres wasapeado...

-Entre flotador, manguitos o chaleco, ¿con qué van más seguros los niños?

-Lo más seguros son los churros, esos flotadores alargados, pero siempre que haya un adulto al lado. Y cuando son pequeños con chaleco, que esté homologado y que se ajuste. Muchos padres dicen le voy a comprar el chaleco para que le dure tres veranos, si no está bien sujeto y va ceñido puede suponer un peligro porque se le puede salir. Los dos elementos de flotabilidad de mayor seguridad son los churros y los chalecos, los manguitos nada, los flotadores en forma de donut son absolutamente peligrosos. Otros, que tienen dos agujeros para meter las piernas, tenemos numerosos casos que se han dado que el niño queda boca abajo y no tiene posibilidad de volver a ponerse erguido porque vuelcan. Además, no sé si viste hace poco las imágenes de una niña en Grecia a tres millas de la costa...

-Sí, en un unicornio ¿no?

-Sí, nosotros también hemos advertido del riesgo de utilización de este tipo de flotadores por parte de menores porque el unicornio, por esa forma que tiene, tanto el cuello como la cabeza actúan de vela, con lo cual el menor pesa poco y en una playa con un poco de oleaje, va a ser arrastrado mar adentro a muchísima velocidad.

-¿Dónde se dan más ahogamientos: en las playas o en las piscinas?

-El 75 % de los ahogamientos se dan en zonas de costa. España tiene 8.000 kilómetros, incluyendo los dos archipiélagos, hablamos de 6.000 playas. Principalmente las muertes se producen por tres causas: no hacer caso a la bandera roja; acudir a playas sin vigilancia, queremos ir a la playa paradisíaca pero, ojo, si te metes en un problema no va a haber ningún profesional del socorrismo, yo prefiero llamar guardavidas que socorristas, el término está muy devaluado; y la tercera causa es la corriente de retorno, te estás bañando y cuando quieres regresar a la orilla, no solamente no avanzas sino que estás siendo arrastrado mar adentro. En ese momento el bañista piensa que va a aparecer en altamar y empieza a nadar a toda velocidad, ve que no avanza, pierde las energías, le entra el pánico, y en décimas de segundo te vas al fondo.

-Pensé que me ibas a decir la falta de vigilancia o los despistes.

-Eso es otra cuestión. Nosotros apelamos a ampliar las plantillas de toda España, pero también tenemos claro que no hay una mínima cultura de la seguridad acuática. Nuestra plataforma colabora con Bandera Azul, hacemos estudios conjuntos, y una de las conclusiones es que el 85 % de las actuaciones de los socorristas son preventivas, es estudiar el comportamiento del bañista y comprobar que en pocos segundos esa persona es de riesgo, que no tiene habilidad para meterse en el agua. Ahí está la principal labor del socorrista que es la prevención.

-Cuando se trata de menores, ¿detrás está la falta de atención de los padres?

-Sí, es la principal causa. Hay una fórmula que se llama la 20-30, que dice que cuando el niño esté en la piscina tú no debes estar más de 20 segundos sin vigilarlo y que en caso de que le pase algo seas capaz de llegar en menos de 30 segundos. Yo siempre pongo un ejemplo a todos los chicos a los que les doy charlas. Les digo: «¿Ustedes dejarían una cartera con 50 euros en un banco y aplicarían la fórmula 20-30?». Todos dicen: «No». Pues con la vida de un hijo menos todavía. Hay que meterse en el agua con el menor.

-Esto no va de edades, ¿cuándo podemos saber que están seguros en el agua?

-Prácticamente nunca. La especie humana es terrestre, nos metemos en el agua, un medio que no es el nuestro. Igual que decimos cuando vamos solos: «Perdona, no te importa vigilarme la mochila, la cartera o la bolsa para que no me la roben», pues nosotros recomendamos que cuando una persona, sea adulto o menor, se meta sola en el agua, siempre le diga a alguien que se va a dar un baño para que vigilen. Un infarto en el agua provoca la muerte en un minuto. Al sobrevenirte una parada en el agua, te vas a ir en silencio, morir en un incendio o un accidente de tráfico genera un escenario, coches, ambulancias... ahogado, no. Yo puedo ir a Sanxenxo ahora y decirte que hace un rato se ahogaron tres personas en la playa y tú no ves nada, está todo exactamente igual. Por eso digo: «Quien se ahoga se va en silencio».

-¿Cuál es el perfil del ahogado?

-El prototipo es un hombre, de cada 10 fallecidos ocho son varones, aunque se está produciendo un incremento en el número de mujeres después del covid, de entre 55 y 75 años que se baña en la playa en horario de tarde, y que en el 80 % de los casos esa playa no está vigilada o tiene servicio de socorrismo, pero ese ahogamiento se produce bien antes de que empiece o una vez que ha terminado.

-¿Lo que te pasó de niño ha sido clave para volcarte con esta causa?

-Sí, me ocurrió con 9 años, recuerdo absolutamente todo. Estaba en una piscina natural en el norte de Gran Canaria, yo no sabía nadar, y de repente me metí en una zona donde no hacía pie. A pocos metros había una madre con un bebé en una colchoneta y le decía: «Mira, mira, mueve los brazos como ese niño que está jugando». Era yo, y me estaba ahogando. Tuve una parada cardiorrespiratoria y cuando me desperté estaba sobre una roca vomitando agua.

-¿Quién te salvó?

-Mi madre siempre les decía a los vecinos: «Llevaos a Chano a la playa». Había ido con Paco, que tendría 15 o 16 años, y se despistó, pero también fue quien me sacó. Yo experimenté lo que es la muerte, el terror que sentí no se me olvidará. Paco me salvó sin tener ni idea de nada, luego recuerdo que decía: «Chano, no se lo digas a tus padres que me matan». Me recuperaron, me llevaron al hospital, y a la semana siguiente me apuntaron a clases de natación y creo que me he convertido en un muy buen nadador.

-¿Le cogiste miedo al agua?

-No, porque tuve la gran suerte de que morí. Yo pasé de ese estado de desesperación, de saber que me iba y que nadie me rescataba, el mayor sufrimiento que he podido sentir, me abandoné, porque veía que no tenía fuerzas, que no podía seguir, me fui al fondo, y experimenté una sensación de una plenitud maravillosa. Había una luz que me envolvía y estaba en paz absoluta. Sin embargo, tengo un compañero que me acompaña ahora en las charlas al que rescataron en la fase de terror, y se quedó en eso, sigue con psicólogos y con un síndrome postraumático importante. Yo tuve la suerte de vivir la otra parte.

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