La dueña de Presto Vivace de A Coruña ficha a sus tres hijos

Tienen 28, 20 y 18 años. Comparten juventud y apellido. Los hermanos Silvia M., Leticia y Fernando Goás acaban de incorporarse al equipo directivo de la escuela de música


a coruña

Tienen 28, 20 y 18 años. Comparten juventud y apellido. Los hermanos Silvia M., Leticia y Fernando Goás acaban de incorporarse al equipo directivo de la escuela de música Presto Vivace de A Coruña. Un conservatorio privado de enseñanza de música y danza que fundó su madre, Cristina Goás. «Se puede decir que nacieron aquí. Silvia tenía 3 años cuando abrí y los pequeños se pasaron en la escuela toda su vida y siempre han sido muy creativos», resalta la mamá. La mayor, con formación en Humanidades y bailarina de latinos, codirigirá el centro y se encargará de las relaciones externas. La segunda, que estudia el grado superior de Composición en el conservatorio de Castilla y León, es la directora pedagógica y su objetivo es consolidar los contenidos musicales. El pequeño, experto en danzas urbanas y estudiante de Políticas, dirigirá la escuela de danza. «Yo voy cumpliendo años y, por mucha experiencia que tengas, hay cosas que no ves. Si conjugas una trayectoria de 25 años con la juventud creo que el resultado será muy bueno. Además, ante la situación que nos toca vivir, necesitas nuevas ideas, contenidos diferentes, y un espíritu siempre positivo», analiza la fundadora. Dice que los chavales conocen de siempre al equipo de 25 profesores y que algunos de ellos fueron los docentes de los ahora directivos de la empresa familiar. En vista de lo complicado que se presenta el inicio del curso escolar para todos, también para conservatorios como este, Cristina decidió poner a sus tres hijos al frente del negocio. Ellos están dispuestos a luchar contra todo lo que haga falta. La madre fichó a sus vástagos.

LA PLAYA DE ORTIGUEIRA

Todos los arenales cambian en función de la marea. Yo prefiero, por ejemplo, Playa América con marea baja. Me parece una maravilla caminar del náutico de Panxón hasta monte Lourido. Hay otras más atractivas cuando sube la marea. Pero la de Morouzos, en Ortigueira, es la que mejor resiste las subidas y bajadas del mar. Es imponente cuando está alta y un paraíso en la bajamar. En las subidas y bajadas siempre ofrece matices diferentes. Es un parque natural interminable con el agua a una temperatura extraordinaria. Me pegué un baño prolongado después de comer en A Cabana do Fos, a pocos metros del pinar y de la playa. Conocí el local cuando su estética era más propia de un chiringuito y compruebo que cada año va mejorando. Ya es un restaurante con todas las de la ley y con una cocina muy buena. Una pena que, una semana después de haber estado por allí, un camarero dio positivo en coronavirus y tuvieron que cerrar de manera temporal. Un nuevo palo para unos hosteleros, que como todos, llevan meses intentando capear el temporal de la pandemia. Cuando vuelva a abrir tengo ganas de probar las sardinas lañadas, que creo que es de los pocos sitios que existen en Galicia que conservan esta especialidad en la carta. Siempre merece la pena regresar a Ortigueira y redescubrir Morouzos una y otra vez.

Por Pablo Portabales PERIODISTA

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