Sergi López: «Woody Allen, si la escena funciona, se pone como una moto»

Fue coruñés durante un año, se confiesa «poco cinéfilo» y estrenó en el Festival de Málaga, primera gran cita del cine en la temporada covid, «La boda de Rosa», de Icíar Bollaín

Sergi López con Icíar Bollaín en «La boda de Rosa»
Sergi López con Icíar Bollaín en «La boda de Rosa»

Sergi López (Vilanova i la Geltru, Barcelona, 1965) ha estrenado este viernes, 21 de agosto,  junto a Candela Peña y Nathalie Poza en el Festival de Málaga, primera gran cita del cine en temporada covid, La boda de Rosa, de Icíar Bollaín, un canto a la libertad de la mujer, una reivindicación de su derecho a escribir el guion de su vida. Él es natural, anecdótico, cercano. Y me cuenta que su hija acaba de estar con su furgoneta por Galicia y le ha mandado «unas fotos que te mueres. ¡Se ha enamorado!».

 -Tú ya estuviste por aquí hace unos años, en el FIOT, junto a Rafael Álvarez, «el Brujo».

-Perdona, perdona... yo estuve viviendo en A Coruña. Tenía 5 o 6 años, y estuve ahí un año o año y medio. Mi padre trabajaba en una fábrica de Pirelli y nos fuimos todos para Galicia cuando lo mandaron a trabajar ahí. El recuerdo que tengo son unas fotos que aún guarda mi madre, en el pasillo que teníamos en el piso de A Coruña... Ya después de mayor vine a rodar con Raúl Veiga (Arde, amor), y además es que ahí se come muy bien. No soy gallego, pero fui coruñés un tiempo...

-¿Cómo se presenta un estreno de cine en plena temporada covid?

-Bueno, en esta pandemia que vivimos es muy extraño. Con este virus que no sabemos dónde está y exactamente qué pasa, el Festival de Málaga se presenta... se presenta, ¡y ya es algo! Al menos, hay un estreno en Málaga, gran festival y gran plataforma para presentar películas de cine. Estamos contentos e ilusionados con La boda de Rosa, que refleja una cuenta pendiente que la sociedad tiene con las mujeres. Hay que atreverse ya a plantearse que el rol que la sociedad ha otorgado siempre a las mujeres no tiene por qué ser un lastre. No tienes que hacerte responsable de la felicidad de los otros. Lo que no puede ser es que la felicidad de los demás pase por encima de la tuya. Es pertinente en la época en la que vivimos saldar esta deuda ancestral con la mujer y los roles, siempre secundarios, que se le han otorgado. Es bonito estar en una película rodeado de mujeres que reivindican su capacidad de decidir, de darle la vuelta a la tortilla. Hay una capacidad profunda que soléis tener las mujeres, que es una virtud, pero que la sociedad machista ha utilizado como una debilidad: que es que la mujer tiene de manera natural una conciencia colectiva, de grupo. A los chicos nos ha tocado otro rol: tenemos que ser seguros, valientes, eficaces, encontrar soluciones... y a veces no eres el más seguro ni el más indicado para encontrar soluciones. Igual, cuando una cosa se habla, cada cual puede ocupar un espacio que le pertenece de forma natural. Esto lo hemos sufrido todos, pero las mujeres más.

-La familia de Rosa en esta película ofrece un cuadro grotesco, pero es una familia normal, con las inercias y los momentos de todas, ¿o no?

-Cada uno tiene sus cosas, pero el hecho de tomar una decisión drástica, de que Rosa (Candela Peña) corte un día con una dinámica, no tiene por qué ser una afrenta. Puede ser una ayuda.

-¿El giro que Rosa da a su vida también puede verse como un ajuste de cuentas con la memoria de su madre?

-Sí. Hay un reconocimiento del legado de la madre, de una madre como la mía, que ha hecho un esfuerzo brutal por todos y no ha tenido reconocimiento de nada. Mi madre sustentó el núcleo y eso que es extraordinario se veía como normal, como si eso de «sus labores» le fuera en el ADN. Esto no tiene tanto sentido en mi voz como en la de las mujeres, pero yo me siento metido. Mi personaje tiene que tirar pa'lante. Tiene que resolver, ¡pero no resuelve nada! Se le está hundiendo el barco y sin querer va metiendo más agua dentro.

-Un personaje habitual en la vida real, ese que dice «todo fenomenal» mientras sucede el desastre.

-Sí. Y como parece muy real tiene esa fuerza la película. Rosa, tomando una decisión inesperada, de alguna manera les hace un favor a todos. «No soy la madre de papá. Somos tres hermanos y él es el padre de todos», viene a decir Rosa, que les hace el favor de abrirles los ojos al resto. Desde fuera es algo evidente pero cuando estás dentro de la familia no... La familia es un concepto curioso. Cada uno conoce la suya.

-Potentes leyes familiares.

-Sí, con la coartada del amor no nos atrevemos a decir lo que pensamos, a comunicar nuestro sufrimiento. La culpabilidad es un gran chantaje. Hay muchas Rosas que se sienten responsables de la felicidad de los demás. Pero esta peli lo cuenta con humor... Hay aquí dos actrices, dos fuertes. ¡La Candela y la Nathalie son una bomba! Son dos bestias, actrices naturales. Cada vez soy más consciente del papel tan potente que tiene el cine, la ficción... Mi chica tiene una familia curiosa, o yo la encuentro curiosa; es distinta de la mía, y la mía, para ella, es la distinta. Con el tiempo te das cuenta de que ninguna familia funciona como una empresa alemana. La familia, siendo el lugar en el que siempre te quieres reconocer, nunca es perfecta. Les quieres, pero hay momentos en que les matarías; esto creo que nos pasa a todos, jajajaja.

-El retrato del mundo laboral, de los conflictos de pareja y de la soledad de los mayores es muy actual.

-Estos tiempos tienen mucho que ver con la normalización de la soledad. Parece que puedes vivir conectado a una pantalla, llevando una vida virtual, pero al final estás solo. Es uno de los grandes temas del mundo de hoy, con la tecnología y el confort... bueno, confort aquí en Europa, ¡que somos los guais! Al final lo único que te salva es el otro, el que no te abandonen, que no te encuentres encerrado solo en tu habitación. Estoy convencido de que con el tiempo habrá un Tinder de estos pero de amigos, gente que te llame, que te pregunte, con quien poder discutir. Alguien, alguien, alguien humano, no un algoritmo. La sociedad exige resultados, crecer... «Tira pa'lante». «¡Pero pa'lante... pa' dónde? Si esto se hunde».

-Es que nos han enseñado a tirar, y a que la procesión debe ir por dentro.

-Esta película habla de esto: ¡No, la procesión no puede ir por dentro! Hay que sacar lo que nos duele e intentar cambiarlo, que, claro, no es fácil.

-Has rodado unos días con Woody Allen. ¿Cómo ha sido?

-Ha sido una cosa minúscula, pero lo que más me ha sorprendido y conmovido es que Woody Allen y yo nos entendido muy muy bien en la escena, que es muy divertida. En el momento de la escena, de darle ritmo cómico, al tío se le iluminan los ojos... ¡y a mí me pasa lo mismo! Él te da indicaciones inspiradoras. A Woody Allen nadie le habla, nadie le saluda. Él no habla español y nos decía: «Si queréis, hablad español, me da igual, yo no lo entiendo...». Vi que en el fondo es un tío con el que comparto esto de ser saltimbanqui, comediante, cómico. Cuando una escena funciona, se pone como una moto... ¡se descojona! Me gustó mucho trabajar con él, cómo dirige, aunque no hable español. Es un grande en inteligencia y comicidad. Impresiona el talento.

-No te consideras muy cinéfilo.

-Soy más de cine que mis amigos, pero no soy cinéfilo. Y me gusta que me gusten cosas que no les gustan a otros...

-Uno de los primeros papeles tuyos que recuerdo es el de «El cielo abierto», de una ternura que eleva.

-No te lo vas a creer... o sí te lo vas a creer. Uno de mis mejores amigos, que no es nada cinéfilo, que muy del Barça y poco del cine, un día me dijo: «Yo estas pelis que haces así francesas, tan dramáticas, no sé... En cambio, la de El cielo abierto sí me ha gustado, es la que más me ha gustado de las tuyas. No fue la primera, pero sí de las primeras que hice en España, con Albadalejo.

-¡Tripitiste tercero de BUP!

-Sí, repetí tercero de BUP tres veces seguidas. Intento escondérselo a mis hijos, pero sí... Y la tercera vez que repetí, con 19, me dije: «Nada, me pongo a trabajar, que esto no es lo mío». Me puse a hacer teatro amateur y se iluminó todo. Pero la decisión en serio de ser payaso, actor, la tomé a los 25 años cuando me fui a París. Me cambió la vida. Los astros se conjugaron y la vida me ha sonreído siempre. Cuanto más dura y más robotizada, y deshumanizada, es la sociedad, más encuentro un milagro que a día de hoy me paguen por hacer bien el payaso. Me doy cuenta, y más cada día que pasa, de que lo mío es una pasada. A veces me dicen: «En España no trabajas mucho, ¿te sientes poco reconocido?». ¡Solo faltaría! Me da igual, me da igual que me llamen en Francia, España o China. Me siento afortunado.

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