Menuda puñeta tener 20 años este mes de agosto. A la 1 de la madrugada, en casa. La cara cubierta con una mascarilla. La amenaza del confinamiento siempre encima. Los bares cerrados. La incertidumbre de si habrá universidad. Las restricciones para viajar por el mundo. Las dificultades para el sexo ocasional. El dedo acusador de quienes los hacen responsables de Pandemia. Las playas con semáforos. El trabajo precario y los alquileres inalcanzables.

Tener 20 años hoy es de una mala pata histórica. Un ejercicio personal de memoria nos devolverá la textura precisa de cómo vivimos los nuestros para comprobar que Todo Esto es contradictorio con la esencia misma del ser joven, de lo que corresponde y se debe hacer cuando se tienen 20 años, alocados y divinos, una frontera en la que es justo y necesario traspasar los límites si no se quieren traspasar veinte años después con el riesgo cierto de ridículo.

Pero Pandemia ha obligado a los jóvenes a vivir una vejez prematura en la que un desfase nocturno es un pecado de lesa humanidad. La generación covid vive desde marzo con la testosterona y las expectativas congeladas. Si se pudieran canalizar las energías de una generación entera daría para iluminar una ciudad, esas ciudades que cierran a la una y que a esa hora entran en un silencio pastoso muy poco juvenil.

Los grandes damnificados de Pandemia serán los jóvenes. Viejos precarios laborales driblan a esta hora las consecuencias económicas y psicológicas de un frenazo histórico que les dejará cicatrices. La noche ha sido un poderoso agente igualador, una túrmix de clases sociales bajo el mismo techo. Con los antros cerrados, la juerga es hoy rígida y selectiva. Apenas transcurre en burbujas domésticas en las que son improbables los intrusos. Fuera se intuyen miles de orejas y ojos preparados para la denuncia.

La generación de la Transición, esa que irrumpió con estruendo en unas estructuras que necesitaban confinar a los actores del franquismo y que a los treinta estaba dirigiendo el país, ha sido injusta con los jóvenes. Les está costando abandonar y entregar el relevo. Y extienden sobre los veinteañeros de hoy una crítica complaciente que reduce a los muchachos a una caricatura ramplona. Pero la prueba del coronavirus tiene una dimensión incalculable. Imposible predecir qué adultos serán cuando les toque hacerse cargo. De momento, qué puñeta tener hoy 20 años.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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Juventud covid